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viernes, 17 de junio de 2011

UN CUENTO CHINO

Película: Un cuento chino. Dirección y guion: Sebastián Borensztein.Países: España y Argentina. Año: 2011. Duración: 90 min. Género:Comedia dramática. Interpretación: Ricardo Darín (Roberto), Huang Sheng Huang (Jun Quian), Muriel Santa Ana (Mari), Enric Rodríguez (Roberto joven), Iván Romanelli (Leonel). Producción: Ferardo Herrero, Juan Pablo Buscarini, Pablo Bossi e Isabel García Peralta. Música: Lucio Godoy. Fotografía:Rodrigo Pulpeiro. Montaje: Fernando Pardo. Dirección artística: Laura Musso y Valeria Ambrossio. Distribuidora: Alta Classics. Estreno en Argentina: 24 Marzo 2011. Estreno en España: 17 Junio 2011. Apta para todos los públicos.
“Un cuento chino” es una comedia que narra el encuentro fortuito entre Roberto (Ricardo Darín) y un chino llamado Jun (Huang Sheng Huang) que deambula perdido por la ciudad de Buenos Aires en busca de su tío, el único familiar que tiene vivo. Roberto se topa con Jun en el momento en que este último es arrojado a la calle desde el interior de un taxi, tras haber sido asaltado por el chófer y sus secuaces. A partir de entonces comienza una forzada y extraña convivencia entre ambos, pues Roberto no habla chino y Jun ni una palabra de español.
Comedia dramática del poco conocido realizador argentino Sebastián Borensztein (Sin memoria), que también se ha ocupado del guión de esta coproducción entre su país y España.
Como era de esperar, Ricardo Darín se convierte en el rey absoluto de la función, al componer un personaje cascarrabias, poco comunicativo, obsesivo y apático, pero de buen corazón y en el fondo entrañable. Sobre el papel se trata de un tipo que podría resultar desagradable, pero el inolvidable protagonista de El hijo de la novia demuestra una vez más que insufla humanidad a cualquier tipo humano.
Darín se luce especialmente en los momentos más surrealistas y divertidos, como su relación con un cliente que le hace la vida imposible, y su enfado en la embajada china. Muriel Santa Ana -la novia- y Ignacio Huang -Jun- le dan correctamente la réplica.

Premeditadamente sencillo, el film es totalmente predecible y cuenta con una puesta en escena muy simple. Pero mantiene la elegancia, su visionado resulta ameno, tiene momentos divertidos, y da que pensar en cierta medida sobre la necesidad de la comunicación, y de compartir la vida cotidiana.(DE CINE 21).

Con un actor como Ricardo Darín tienes media película resuelta o, incluso, algo más.Eso es así. Si, además, le sumas una historia bien cerrada en la que parece que no pasa nada mientras todo pasa, tienes la película entera. Y aquí, con un Darín menos charlatán y algo más contenido que otras veces, es lo que ocurre con Un cuento chino, la historia de un ferretero (Darín) amargado, solitario, neurótico, lleno de manías con reminiscencias (¿quizá demasiadas?) al Jack Nicholson de Mejor, imposible. De hecho, como a aquél, alguien inesperado le cambia sus austeros ritmos de vida. En este caso, es el chino del título, quien viene de protagonizar un cuento: su prometida muere aplastada por una vaca caída del cielo. Con este suceso comienza la película y entramos directos en el espíritu de la película. Las cosas extraordinarias que le pasan a gente ordinaria te las puedes creer si te llevan de la mano del costumbrismo mejor entendido. Como si te estuvieran contando un cuento. Justo la intención del director Sebastián Borensztein (La suerte está echada), explícita en los sueños de Roberto, el ferretero (imaginándose en sus recortes de sucesos), en la música, en ese chino que no habla más que chino.? Pero a ratos salimos de esta fábula hilarante, de esta comedia negra llena de ternura para conocer la realidad y el porqué de la soledad del protagonista (allá en la guerra de las Malvinas) y perdemos algo de interés en el cuento. Y es entonces cuando vuelve Darín y nos reclama toda nuestra atención para llegar a un final lleno de perdices.(CINEMANIA).

Tratándose de Ricardo Darín ya podíamos apostar a que esta comedia de personajes y contrastes iba a ser algo más que esa habitual, local, dosis de cine popular y populista tan caro a la platea argentina. Y, sí, lo es: combina, en su justa y agridulce medida, el modelo humorístico incombustible de extrañas parejas con un bonaerense Walter Matthau y un Jack Lemmon oriental, y la introspección dramática en ese punto en el que lo grotesco deja de ser cómico y se torna trágico. Atravesada por ramalazos de excentricidad trash (esos accidentes soñados que son como descartes de Destino final para lectores de Fontanarrosa), lo que tenía todos los números para ser la cara más amable, aunque con trasfondo sórdido, de El prestamista (Sidney Lumet, 1965) acaba derivando hacia el optimismo desaforado y el buenrrollismo. Seguramente había que contentar a todo el mundo, que ser pelotudo y tierno vende más que exorcizar los fantasmas malvinos con el formato de una sitcom gruñona moderadamente xenófoba.(FOTOGRAMAS).

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