Seguidores

viernes, 18 de noviembre de 2011

UN DIOS SALVAJE



Película: Un dios salvaje. Título original: Carnage. Dirección: Roman PolanskiPaíses: FranciaAlemaniaPolonia y EspañaAño: 2011.Duración: 79 min. Género: Comedia negraInterpretación: Jodie Foster (Penelope Longstreet), Kate Winslet (Nancy Cowan), Christoph Waltz (Alan Cowan), John C. Reilly (Michael Longstreet), Elvis Polanski (Zachary), Eliot Berger (Ethan). Guion: Roman Polanski y Yasmina Reza; basado en la obra teatral homónima de Yasmina Reza. Producción: Saïd Ben Saïd. Música:Alexandre DesplatFotografía: Pawel Edelman. Montaje: Hervé de Luze. Diseño de producción: Dean Tavoularis. Vestuario: Milena Canonero. Distribuidora: Alta ClassicsEstreno en Francia: 7 Diciembre 2011. Estreno en España: 18 Noviembre 2011. Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.

Dos niños de unos once años se enfrentan con violencia en un parque. Labios hinchados y algún diente roto…. Los padres de la “víctima” han invitado a su casa a los padres del “matón” para resolver el conflicto. Lo que comienza siendo una charla con bromas y frases cordiales adquiere un tinte más violento a medida que los padres van revelando sus ridículas contradicciones y grotescos prejuicios sociales. Roman Polanski dirige esta película que lleva a la gran pantalla “Un dios salvaje”, obra de teatro de Yasmina Reza.

Los planos que abren y cierran Un dios salvaje parecen un homenaje al plano de clausura de Caché (Michael Haneke, 2005). Ambas películas hablan de cómo la civilización occidental gestiona (mal) su sentimiento de culpa ante un acto de violencia. Cualquiera diría que Roman Polanski vuelve a hablar de sí mismo, aunque lo que importa aquí no son los rastros autobiográficos que se detectan al desenmascarar las buenas intenciones de lo políticamente correcto,sino las tablas que el director de Repulsión (1965) demuestra a la hora de poner en escena una obra de teatro de un solo escenario.
Adicto a los espacios cerrados como metáfora de las prisiones del alma, disfruta de lo lindo decorando el apartamento en que dos parejas intentan demostrar que son los mejores padres del mundo. Pone barreras y espejos que permitan que la relación entre los cuatro protagonistas tenga una dimensión geométrica, con sus puntas y sus aristas, afiladas por un montaje frenético que alza la voz a medida que aumenta la crispación. Es muy divertido el modo en que juega con lo inverosímil (¿por qué los invitados no se marchan a los dos minutos?) para convertir una sátira un punto frívola en una versión neoyorquina de El Ángel Exterminador (Luis Buñuel, 1962).(FOTOGRAMAS).



Una divertida comedia sin miedo a satirizar la sociedad bienpensante y buenrrolista que nos hemos inventado con el infundio de lo políticamente correcto. Polanski regresa con toda la artillería de su talento para poner su probada astucia como director al servicio de la adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza. Y da una lección de cómo adaptar teatro al cine sin hacer teatro filmado, bidimensional o plano. Un dios salvaje es una película plena de sentido cinematográfico tanto en su planteamiento visual como en el dinamismo de sus diálogos, servidos de lujo por su cuarteto protagonista.
Teniendo en cuenta esos mimbres, la película es por un lado una comedia desternillante y al mismo tiempo un dibujo o testimonio de nuestra sociedad, pero junto con su indudable eficacia como pieza de humor de ritmo envidiable, es todo un  laboratorio para aprender cómo contar cosas en el cine.
Habituado a explotar los espacios interiores por los que pasean sus personajes con el máximo de rendimiento cinematográfico (ejemplos no faltan en algunas de sus películas más interesantes, como El cuchillo en el agua, Repulsíon, El quimérico inquilino, La muerte y la doncella, La semilla del diablo…), Polanski saca el máximo partido a las evoluciones de los cuatro monos supuestamente sabios pero inevitablemente imbéciles que habitan esta historia de apariencias tras la que se oculta un puñado de verdades demoledoras. Pero en lugar de darnos la brasa, la paliza o la plasta con un discursillo en plan homilía, como hacen algunos pregoneros que entienden mal el cine de autor o torturan al personal con sus pajas mentales sobre la existencia, Polanski se alía con el texto de Yasmina Reza y hace de su película algo parecido a esos espejos que nos devuelven nuestra propia imagen deformada hasta provocarnos la risa, sin ocultar una de las verdades que definen a la comedia en cualquiera de sus formas: que detrás de cada risa se oculta siempre un punto de tristeza, cuando no una seria tragedia, como por ejemplo en este caso habernos convertido en una tribu de gilipollas que cada día progresan más en agilipollar a nuestra civilización.
Lo bueno de la película de Polanski es que toda su autocrítica y el abundante vitriolo que vierte sobre sus personajes en esta metáfora tan fácilmente aplicable a las miserias de nuestro presente, entre las cuales posiblemente la más grave sea esa preocupación ya francamente insana sobre las apariencias que deberíamos haber superado como sociedad, nos llega servida a lomos de un encadenamiento trepidante de situaciones hilarantes y diálogos hirvientes que son un brillante duelo de esgrima entre los personajes............(ACCION DE CINE).



.........“Un dios salvaje” domina su espacio ─la práctica totalidad de la historia transcurre en un salón─ con una sencilla composición de las imágenes que equilibra la participación del cuarteto protagonista apoyada en unas buenas fotografía, dirección artística y montaje. Por supuesto, los actores están muy bien en sus respectivos moldes, en cierta medida imprevisibles y entregados a interpretaciones que tanto en sus grandilocuencias como en sus más mínimas gestualidades suponen un festival para el espectador; eso sí, una vez más, Waltz destaca sobre sus compañeros ─qué ojo tiene Tarantino a la hora de descubrir talentos─, reinando por encima del Bien y del Mal. Foster y Winslet cumplen con contundencia, como se espera, y John C. Reilly, aunque a veces parece que esté esperando a Will Ferrell, nuevamente demuestra que sirve para todo papel que se le proponga, y eso es muy difícil. Ahora bien, obligada en versión original.(LA BUTACA).



......Parece difícil pensar en un nombre mejor que el de Polanski para la adaptación de esta obra, no es la primera vez que el realizador polaco adapta una obra de teatro, ya lo hizo anteriormente con La Muerte y la Doncella o MacBeth. Pero sobre todo si algo caracteriza a Polanski es el juego y provecho que sabe sacar a los espacios pequeños y cerrados, desde sus apartamentos en Repulsión, El quimérico Inquilino y La Semilla del Diablo a más recientemente la casa de El Escritor. Pese a que prácticamente durante todo el metraje los cuatro protagonistas permanecen en el mismo lugar, Polanski con una sabia elección de planos y encuadres consigue hacer desaparecer toda la sensación de teatralidad que una película como ésta podría acarrear.

Cómo ocurría en El Ángel Exterminador de Buñuel, una extraña fuerza parece que hace imposible que los invitados puedan abandonar el piso, pese a la disposición a irse nada más comenzar la película, éstos permanecen dentro en todo momento, los ataques no comienzan desde el principio (“Los cuatro somos personas civilizadas” dice Michael al comienzo sin saber lo que se les avecina), si no que poco a poco la situación se va volviendo insostenible y aunque ya empieza a dejar atisbos y momentos bastante sangrantes, no es hasta el comienzo del segundo round, marcado por una divertida aunque esperada vomitona cuando los trastos no comienza a volar. Los papeles se cambian continuamente, lo que empieza a ser una lucha entre parejas, de repente se vuelve en maridos contra mujeres para virar poco a poco a un todos contra todos, el ritmo se va a acelerando en todo momento y las carcajadas son incesables, un cúmulo de situaciones histriónicas mezcladas con un guión brillante y divertidísimo, que va soltando perlas en cada frase que sueltan los protagonistas, y sobre todo un excelente timing cómico, hacen que sin darnos cuenta los escasos 80 minutos del metraje pasen por nuestros ojos sin apenas habernos percatado, cuando llega el momento Polanski sabe como tocar el gong final de una manera magistral, una última carcajada para cerrar una impecable obra maestra que funciona con una precisión casi mecánica.  

Un Dios Salvaje es sobre todo una película humanista, un viaje de no retorno hasta lo peor del ser humano, llevado a cabo con cuatro personajes fantásticos, que no atacan de forma gratuita si no por una corrosiva necesidad de defenderse desde sus impulsos más salvajes, y lo que es peor hace que el espectador sienta hasta normales cada una de sus (exageradas) reacciones. Es normal que el intento de civismo de Penelope se vea crispado ante el pasotismo de Alan que parece más bien poco interesado por lo que se está hablando y no deja de estar pegado a su teléfono móvil. Que el cóctel mortal de Nancy la haga explotar (literalmente) desde sus entrañas, y que Michael se sienta vulnerable y atacado hasta que por fin decide abrir la botella de whisky. Por supuesto su reparto funciona a las mil maravillas y aunque la mayor pega que se le puede poner es que parece difícil creernos a Jodie Foster junto a John C. Reilly en el momento que éste comienza a destapar su patetismo y mediocridad nos encaja a la perfección. Es de hecho Foster la que más sorprende con un histrionismo nada esperado, pero es Waltz el que se lleva la mejor parte del guión con el personaje más bestia de todo el guión al que el actor le aporta una malévola sonrisa y una forma de recitar sus frases casi susurradas al cuello de la camisa y una fantástica e impertérrita expresión de cinismo.

Polanski sorprende con una comedia de lo más divertida y con un don para ello que hace parecer que lleva toda la vida haciéndolo de la mano de Woody Allen. Un Dios Salvaje no sólo es divertidísima si no que es tan burra y salvaje como su propio título indica, una auténtica carnicería humana en el que los golpes y patadas van al ritmo de frases brillantes en un non-stop total. Polanski firma una de las películas más delirantes de los últimos años, sin lugar a dudas una nueva obra maestra que sumar a la filmografía del director polaco.

Lo mejor: Cuando el alcohol empieza a circular y todo se empieza a descontrolar.
Lo peor: Quedarse con ganas de más.
Nota: 8,5  (EL SEPTIMO ARTE).

Durante décadas, Polanski ha hecho películas aterradoras sobre la angustia de sentirse aislado y confinado: en el yate de Cuchillo en el agua, en el gueto en El pianista, en un casoplón en El escritor y en los apartamentos deRepulsiónLa semilla del diablo y El quimérico inquilino. Ahora ha hecho una película hilarante sobre algo aún peor: la angustia de estar aislado y confinado con otras personas. 
Un dios salvaje es como una sitcom buñueliana:la puerta al mundo exterior está abierta pero, como sucedía en El ángel exterminadornadie es capaz de irse. Y Polanski se aprovecha de ello para diseccionar con extrema finura las pretensiones socioculturales y las fachadas de progresismo ideológico de la pequeña burguesía y revelar así la avaricia, el odio y la estupidez del ser humano. Se trata, es cierto, de un objetivo manido, pero el director compensa la familiaridad temática a base de ingenio exquisitamente grosero.
A medida que el encuentro entre dos parejas de padres preocupados por un conflicto entre sus respectivos hijos degenera en un furioso fuego cruzado de puyas, todo –una botella de whisky, un móvil que no deja de sonar, un libro de arte, una docena de tulipanes amarillos, una vomitona– se convierte en un arma cargada, un medio para justificar los argumentos propios y descalificar los del otro. Y Polanski, pese a trabajar con un texto claramente teatral –la aclamada obra de Yasmina Reza–, vuelve a mostrarse como un orquestador impecable, capaz de crear tanta fricción entre el primer plano con el fondo y los cuatro cuadrantes de la pantalla que su estética refleja, con precisión quirúrgica, la creciente tensión de las dinámicas entre los cuatro personajes.
Puede que la guerra doméstica aquí retratada sea más convencional que los contornos espinosos de, por ejemplo, ¿Quién teme a Virginia Woolf?pero si hay poca metáfora en los intercambios verbales es porque el tema esencial del texto original son precisamente las superficies, cómo nuestros juicios se nutren del modo en que los demás visten, decoran sus casas, y con qué frecuencia contestan el teléfono en nuestra presencia. En todo caso, habrá quien diga que es una película menor de Polanski. No se lo crea. (CINEMANIA).

No hay comentarios:

Publicar un comentario