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viernes, 25 de noviembre de 2011

UN MÉTODO PELIGROSO




Película: Un método peligroso. Título original: A dangerous method. AKA:The talking cure. Dirección: David CronenbergPaíses: Reino Unido,Alemania y CanadáAño: 2011. Duración: 99 min. Género: Drama.Interpretación: Keira Knightley (Sabina Spielrein), Viggo Mortensen(Sigmund Freud), Michael Fassbender (Carl Gustav Jung), Vincent Cassel(Otto Gross), Sarah Gadon (Emma Jung). Guion: Christopher Hampton; basado en la novela “A most dangerous method” de John Kerr y la obra de teatro “The talking cure” de Christopher Hampton. Producción: Jeremy Thomas. Música: Howard Shore.Fotografía: Peter Suschitzky. Montaje: Ronald Sanders. Diseño de producción: James McAteer. Vestuario: Denise Cronenberg. Distribuidora: Universal Pictures International SpainEstreno en Reino Unido: 10 Febrero 2012. Estreno en España: 25 Noviembre 2011Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.


Un método peligroso” cuenta una historia de descubrimiento sexual e intelectual basada en acontecimientos reales a partir de la turbulenta relación entre el joven psiquiatra Carl Jung (Michael Fassbender), su mentor Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Sabina Spielrein (Keira Knightley). A este trío se añade Otto Gross (Vincent Cassel), un paciente libertino decidido a traspasar todos los límites. Esta exploración de la sensualidad, de la ambición y del engaño llega a su momento cumbre cuando Jung, Freud y Sabina se reúnen antes de separarse definitivamente y acabar cambiando la dirección del pensamiento moderno.


En la fría y aparentemente aséptica Un mé­todo peligroso hay una imagen brutal que -no por casualidad- se repite dos veces. Es una escena que revela el desequilibrio de una enferma que llegaría a ser una prestigio­sa psiquiatra y la confusión y falta de fir­meza de un ya reputado psiquiatra que se de­ja arrastrar por la locura de su paciente. Pien­so que en esta escena Cronenberg resu­me el núcleo de su película: el riesgo de un nuevo método psiquiátrico, con interesan­tes hallazgos y no pocos peligros.
Mucho ha tardado el realizador canadiense -siempre dispuesto a adentrarse en univer­sos morbosos y con una tendencia irrefre­nable a poblar sus películas de personajes con la psique destrozada- en abordar la vi­da de Sigmund Freud, el creador del psicoa­nálisis.
En concreto, Cronenberg lleva a la gran pan­talla la obra de teatro de Christopher Hampton que, basándose en hechos reales, re­crea las relaciones que mantuvo Freud con uno de sus más valiosos seguidores, Carl Jung, y con una paciente de éste, Sa­bi­na Spielrein.
La película arranca con un Freud instalado en la cincuentena y con una amplia obra a sus espaldas, un Carl Jung joven, casado y a punto de tener su primer hijo, y una Sa­bi­ne post-adolescente y en el borde de la rui­na psíquica. Tanto en la obra de teatro co­mo en la película, se introduce otro perso­naje: Otto Gross, un psiquiatra drogadicto, desequilibrado y defensor de teorías liber­tarias sobre el sexo que convence al sensa­to Jung a lanzarse a una relación con su pa­ciente.

Un tono distante y contenido

Al contrario que en el resto de su filmogra­fía -llena de excesos- y a pesar de lo esca­broso de algunas situaciones, Cronen­berg adopta aquí un tono distante y conteni­do, podría decirse que hasta frío. Lo que cuen­ta en la película tiene un interés induda­ble y, a la vez, sobrecoge; especialmente si se piensa que la historia no se aparta exce­sivamente de lo que ocurrió en realidad.
Freud aparece como un filósofo tan brillan­te como cerrado en su cosmovisión: un hom­bre dispuesto a llevarse por delante a to­do aquel que cuestione su sistema. En el ex­tremo contrario, Jung es un hombre también brillante, pero mucho más vulnerable e inseguro. Sabine es una mezcla explosiva de intuición y desequilibrio. La postura de Cro­nenberg hacia los tres personajes está tan lejos de la hagiografía como de la crítica feroz.
La cinta expone, muestra, disecciona. Es­ta aparente frialdad para exponer hechos tan terribles hace que la historia sobrecoja más. Detrás de tres de los insignes psiquiatras que echaron a rodar el psicoanálisis ha­bía tres personas con severas fisuras -casi fa­llas- en su personalidad, en buena medida propiciadas por el propio método que inven­taron.
Como ya hizo en Promesas del Este y Una his­toria de violenciaCronenberg ha vuelto a contar una historia terrible con una pues­ta en escena cuidadísima y una pareja de intérpretes muy solventes, Viggo Mor­ten­sen (su actor fetiche) yMichael Fass­ben­der (un valor en alza). El ya referido to­no gélido, el tempo lento -para mi gusto, de­masiado- y un discurso aparentemente asép­tico no restan dramatismo a lo que cuenta... quizás, lo potencian.(FILA SIETE).



Hay un par de escenas en Un método peligroso que al cronenberguiano de pro le recordarán tanto a esa escena de la fundacional Vinieron de dentro de... (1975) donde la enfermera Forsythe (Lynn Lowry) decía eso de la enfermedad es el acto de amor de dos criaturas extrañas, incluso la muerte es un acto erótico, como a ese momento de Crash (1996) donde Vaughan (Elias Koteas) aleccionaba a Ballard (James Spader) sobre el accidente automovilístico como acto liberador de energía lúbrica. Pese a las apariencias, esta película no es un paso de Cronenberg en dirección al cine académico, sino el film al que le ha estado abocando toda su trayectoria creativa.
Resulta curioso que este relato haya tenido que recorrer la Historia, un libro de no ficción firmado por John Kerr y una adaptación teatral de Christopher Hampton antes de afirmarse como lo que siempre ha sido: la película de David Cronenberg que, por fin, convierte en discurso y apasionante drama el subtexto psicoanalítico que siempre ha sustentado su personalísima poética. Aquí está todo: el pulso entre la razón y el deseo, la sistematización de lo irracional, el subconsciente como forjador de identidad… e incluso la problemática mutación de la ciencia (Freud) en un nuevo misticismo (Jung).(FOTOGRAMAS).



Sexo, mentiras y discos de gramófono.Mientras David Cronenberg juega a descubrirnos la diferencia entre sexo oral y sexo hablado, la inquietud se adueña del cinéfilo: ¿es éste nuestro Cronenberg o nos lo han cambiado? Es hora de que el crítico trate infructuosamente de poner orden. Sembrando más desconcierto: ¿de qué Cronenberg hablamos? En esta terapia más peligrosa que Billy Crystal yDe Niro, encontramos al Cronenbergextremo. Ojo, el del OTRO extremo. Nada de Crash, ni de eXistenZ, ni siquiera deSpider, olvidémonos por supuesto de La mosca. 
Ni siquiera ha adoptado el aire de falsa calma chicha de Una historia de violencia y Promesas del Este.Poco hay de aquella inquietud tramposa (excepto quizá Vincent Cassel), basada en una dirección clasicista, que hacía que muchos críticos de Cronenberg, los que le habían llamado raro como si fuese un insulto, pensasen que había visto la luz: ya hacía cine ortodoxo. O eso pensaban ellos. Entonces llega el cineasta canadiense y aprieta el paso para descolocar incluso a los que estaban encantados con ese director extraño al que por fin se le entendía todo. Más pretendidamente convencional todavía, va el tipo y adapta una obra de teatro que firmaría James Ivory, pero sin preocuparse del lado de la mesa en el que va el plato de la mantequilla. Y si el detallismo manierista no está a la altura del servicio de Lo que queda del día, es porque las palabras empiezan a adueñarse de todo el espacio hasta que ni siquiera importa si estamos en Zúrich, en Viena, en el puerto de NY o en casa recibiendo cartas a estilográfica. Al revés que en aquellas películas formalistas, aquí nadie se guarda nada.
Y empiezan a surgir nuevas dudas: es un Cronenberg tan normal que es aún más raro. Como si él mismo se hubiese sometido a la terapia de su película y contuviese el volcán, liberado de su interés estético. Al principio nos despista con las apariencias y un curioso Michael Fassbender, que ofrece un Carl Gustav Jung casero, goloso reprimido (¿hay algún dulce que no pruebe?) y monógamo, mientras Keira Knightleysigue el camino inverso: empieza dando miedo en una apoteosis del mohín que deja paso a una recomposición total de su personaje. Eso es cuando el Freud de Viggo Mortensen ya ha echado sal a este huevo que no estaba tan recocido. 
¿El sexo lo es todo? Pues sí, pero tampoco, observa Cronenberg entre guiños que explican además el futuro de los judíos. La conversación se eleva más allá de la terapia individual de un cineasta que nos turba a plena luz del día, con la palabra, sino a una terapia colectiva que arrasará al espectador más incauto: sólo al final se acercan las posturas sobre el sexo y la muerte de los dos genios de la psicoterapia con un fundido a negro. El que nos espera a todos. Avisados quedamos.?(CINEMANIA).

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