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viernes, 2 de diciembre de 2011

JANE EYRE





Película: Jane Eyre. Dirección: Cary Joji FukunagaPaís: Reino UnidoAño:2011. Duración: 120 min. Género: DramaromanceInterpretación: Mia Wasikowska (Jane Eyre), Michael Fassbender (Edward Rochester), Jamie Bell (St. John Rivers), Judi Dench (Sra. Fairfax), Holliday Grainger (Diana Rivers), Sally Hawkins (Sra. Reed), Tamzin Merchant (Mary Rivers), Imogen Poots (Blanche Ingram), Sophie Ward (Lady Ingram). Guion: Moira Buffini; basado en la novela de Charlotte BrontëProducción: Alison Owen y Paul Trijbits. Música: Dario MarianelliFotografía: Adriano Goldman. Montaje: Melanie Ann Oliver. Diseño de producción: Will Hughes-Jones. Vestuario: Michael O’Connor. Distribuidora: A Contracorriente FilmsEstreno en Reino Unido: 9 Septiembre 2011. Estreno en España: 2 Diciembre 2011Calificación por edades: Apta para todos los públicos.


Jane Eyre (Mia Wasikowska) huye de Thornfield House, donde trabaja como institutriz contratada por el acomodado Edward Rochester (Michael Fassbinder). La aislada e impresionante mansión, así como la frialdad del Sr. Rochester, ponen a prueba la resistencia y fortaleza de la joven, educada en un orfanato. Pero al reflexionar sobre su pasado y recuperar su curiosidad natural, Jane regresará a Thornfield House y al terrible secreto que esconde el Sr. Rochester.


Buena adaptación de la popular novela de Charlotte Brontë, Jane Eyre es un ejercicio de cine clásico con los medios holgados del cine moderno. Una adaptación ejemplar en contenido a la que, a fin de cuentas, hay poco que echarle en cara en ese sentido. Los expertos en la novela podrán argumentar mejor su fidelidad al texto original, que es mucha, pero, cuando toca narrar un drama de estas características hay un par de puntos en los que esta adaptación flojea, sobre todo cuando la historia es tan dada al romanticismo y a la tristeza, elementos que deberían emocionar al espectador que acude a ver la película.
No es problema de los actores, ni muchísimo menos. Mia Wasikowska, la Alicia de Tim Burton, clava el papel, lleno de miradas y calma, de tristeza contenida y soledad, de ansias ocultas y miedos terribles. Es muy difícil retratar un personaje como Jane Eyre sin caer en el hieratismo y ella lo logra con una facilidad pasmosa. Michael Fassbender y Jamie Bell cierran un gran año para ellos con los dos personajes masculinos centrales, y la fuerza de Fassbender trasciende la pantalla, con una química espectacular con la protagonista y un carisma arrollador. De Judi Dench no hay mucho que se pueda decir que no se haya dicho ya, y si encima se cuenta con apariciones como la de Imogen Poots o Sophie Ward, el reparto queda más que cubierto, para dar al espectador un ramillete de interpretaciones de escuela británica (el acento inglés de Fassbender es impecable) que son motivo más que suficiente para ir a ver la película.
Además Cary Fukunaga se aparta de florituras y se dedica a narrar la historia con un aire clásico, cercano a los melodramas de los años 50, con mucha calma y sosiego, con mucho juego de miradas y una cámara que nunca entorpece la acción, que narra a la perfección, que es guía y observadora de lujo del torrente de emociones que tiene la historia. Apoyado en una producción impecable, el director deja fluir la historia a través de los personajes, haciendo del paisaje un miembro más del reparto, con una iluminación perfectamente medida y con mucha calma. Es un drama clásico, así que quien espere una historia trepidante se ha confundido de película.
Y aun así hay algo que no termina de encajar en la película. Cuestión de guión o de dirección, resulta una película fría, distante, poco humana. Retrata una historia de pasiones y amores imposibles con una frialdad de cirujano, casi sin emoción, como si no quisiera que el espectador se involucrase en la historia. Sin espacio para el humor o para dejarse llevar por las emociones. Incluso en una escena tan importante como el descubrimiento de la esposa de Rochester o cuando St. John exige matrimonio a Jane… es distante. Apática. Calculadora.
Es eso lo que aleja a Jane Eyre de una gran adaptación. La ausencia de agallas, de hacer cine desde las tripas, como bien dice mi compañero Miguel Juan Payán. Y es eso lo que la convierte en una buena adaptación, pero deja el sabor de boca de algo que podía haber sido mucho más. Una obra perfecta a medio construir.(REVISTA ACCIÓN).



En una película muy distinta a Sin nombre (2009), su aplaudido debut, un thriller realista y de denuncia, el californiano Cary Fukunaga firma una adaptación fiel del clásico de Charlotte Brontë. No encierra su film voluntad modernizadora, no es una jugada a lo María Antonieta (2006), sin intención de desmerecer la magnífica cinta de Sofia Coppola. Y, pese a la distancia en el tiempo de la historia que explica y lo específico de su marco, esta adaptación de Jane Eyre resulta cercana en lo emocional por una razón sencilla: el director y su guionista no se demoran en explicaciones contextuales, y reproducen con fidelidad el cuerpo sentimental de la novela, ya moderno en el momento en que fue escrita.
Lo hacen a partir del texto, con una descripción poderosa de los personajes (el reparto no puede ser más perfecto) y de sus emociones confesas y reprimidas. Y mediante la puesta en escena. Con el apoyo del director de fotografía, Fukunaga, que rueda con elegancia y brío, se lleva a un plano formal las emociones de la historia, filtra en la atmosfera el deseo, el secreto, la resignación sentimental, el desamparo y el miedo de los personajes. En relación a esto último, Jane Eyre flirtea con tanta sutileza como lucidez con el terror.(FOTOGRAMAS).



Sin duda el momento es propicio para recuperar este relato clásico que mezcla los ritos de paso de una niña que se convierte en mujer, paranoia psicológica, apuntes sobrenaturales y amor trágico, pero afortunadamente Cary Joji Fukunaga no va a la moda. En lugar de un oportunista remedo de Crepúsculo, el director ha convertidoJane Eyre en una épica íntima y meditabunda, que funciona como indagación sobre el conflicto entre libertad y servidumbre y como sutil reflexión sobre lo que significa elegir el propio camino sin miedos ni hipocresías. En el proceso, probablemente haya superado la docena –como mínimo– de versiones fílmicas previas que desde los años del cine mudo se han venido haciendo del venerado texto. 
Fukunaga entiende perfectamente que, según Charlotte Brontë, ni el amor es indoloro ni los finales felices llegan sin tormento. Jane se expone a la vergüenza y el ridículo porque ama a Rochester, y él, porque la ama a ella, se revela como un criminal y un hipócrita que oculta un terrible secreto en el ático. En las páginas de Brontë, la suya es una historia de amor imposible, pero también un relato gélido y salvaje sobre la destrucción, la locura y la pérdida, y esta película captura con precisión ese espíritu dividido, en parte por el énfasis que pone en los aspectos góticos de la novela, en su terror subterráneo y su atmósfera casi pesadillesca.
El problema es que pese a que se trata de una recreación rítmicamente precisa, intelectualmente sustancial y llena de poética –más bien a causa de ello–, parece en última instancia encerrada en esa cárcel de inteligencia y buen gusto. Es un trabajo al que poco se puede reprochar pero del que poca emoción arrebatada puede obtenerse. Tal vez esa contención cerebral sea el factor clave que lo distingue y lo eleva por encima de las excesivamente melodramáticas versiones previas, y eso de por sí es algo bienvenido. Pero es una lástima que, quizá porque Jane es en todo momento consciente de los estratos sociales y los años que la separan de Rochester, el calor o pasión entre ambos hayan sido enmascarados y amortiguados. Esta Jane Eyre carece de los truenos y relámpagos que provoca la pasión. ­ (CINEMANIA).

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