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lunes, 5 de diciembre de 2011

LA CONSPIRACIÓN




Película: La conspiración. Título original: The conspirator. Dirección: Robert RedfordPaís: USAAño: 2011. Duración: 123 min. Género: Drama,históricoInterpretación: James McAvoy (Frederick Aiken), Robin Wright(Mary Surratt), Kevin Kline (Edwin Stanton), Evan Rachel Wood (Anna Surratt), Danny Huston (Joseph Holt), Justin Long (Nicholas Baker), Tom Wilkinson (Johnson), Alexis Bledel (Sarah), Toby Kebbell (John Wilker), Colm Meaney(general David Hunter). Guion: James D. Solomon; basado en un argumento de James D. Solomon y Gregory Bernstein. Producción: Brian Peter Falk, Bill Holderman, Robert Redford, Greg Shapiro y Robert Stone. Música: Mark IshamFotografía: Newton Thomas Sigel. Montaje: Craig McKay. Diseño de producción: Kalina Ivanov. Vestuario:Louise Frogley. Distribuidora: DeAPlanetaEstreno en USA: 15 Abril 2011. Estreno en España: 2 Diciembre 2011Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.


Tras el asesinato de Abraham Lincoln, ocho personas son detenidas y acusadas de conspirar para matar al presidente, al vicepresidente y al secretario de Estado. La única mujer que se encuentra entre ellos, Mary Surratt (Robin Wright), regenta una pensión donde el autor del magnicidio —John Wilkes Booth— y sus cómplices se reunieron y planearon los atentados simultáneos. Mientras Washington se recupera de las heridas de la Guerra Civil, el abogado Frederick Aiken (James McAvoy), un héroe de guerra unionista de 28 años, accede a regañadientes a defender a Surratt ante un tribunal militar. Sin embargo, el joven abogado sospecha que su cliente podría ser inocente, y que está siendo utilizada como señuelo y rehén para capturar a su propio hijo, John, el único conspirador que escapó a la orden general de busca y captura. Con el país entero en contra de Surratt, Aiken es el único dispuesto a destapar la verdad y salvarle la vida.


........El primer elemento de esa maestría es la sobriedad. En primer lugar en el guión, en los diálogos. La película es capaz de explicar muchas cosas del momento que atraviesa el país con una cualidad casi periodística para reducir la información al quién, cómo, cuándo, dónde, por qué, y sacar de ello un titular y una entradilla. Lo cual es coherente con el papel que según nos explica el epílogo jugará con posterioridad al asunto que se nos cuenta el protagonista de la película. Un ejemplo es la frase de Edwin Stanton cuando le dicen que el vicepresidente quiere presentar sus respetos tras el atentado: “¡Apártele del licor! Presentará sus respetos cuando yo se lo diga”. Se dice mucho con muy poco: sobre el poder que ejerce Stanton en ese momento, sobre el papel de segundón político del vicepresidente, sobre el vicio por las bebidas espirituosas del buen hombre… Estoy seguro de que a los seguidores de la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca este fragmento les habrá traído tan buenos recuerdos como a mí.
Luego esa sobriedad en guión y diálogos, con personajes que dicen mucho con muy poca frase, se extiende al tratamiento visual. Un ejemplo es la escena que muestra a la hija de la acusada recogiendo la piedra que han tirado contra la ventana de su casa y poniéndola sobre la repisa de la chimenea junto a otra piedra más grande que los agresores anónimos tiraron anteriormente.  Sirve para investir de arrolladora dignidad a ese personaje atrapado por la ira, los deseos de venganza y la tendencia al linchamiento de nuestra sociedad, pero además nos muestra cómo es y cómo va a ser la vida de esa joven inocente perseguida por los actos de su hermano.  Es uno de esos momentos en los que el cine consigue convertirse en un espejo perfecto para reflejar la realidad. Y sin palabras. La imagen lo dice todo sobriamente. La película está repleta de esos momentos basados en las miradas de los personajes tanto como en la mirada del espectador, como ese plano general de los miembros de la compañía teatral agrupados tras las rejas de la celda cuando el protagonista acude por primera vez a la cárcel para ver a su defendida. Redford transmite no ya en una escena como la de la piedra, sino incluso en un solo plano el terrible momento que viven esos personajes de los que no volveremos a saber nada, que quedan así congelados en esa mirada, como náufragos perdidos en los giros kafkianos del laberinto del proceso judicial.
Finalmente encontramos la manera en la que Redford aborda todos y cada uno de los elementos que integran la intriga del relato judicial propiamente dicho. El enlace perfecto entre todos los elementos de la trama, con momentos intensos en los que domina la sobriedad y una manera muy sencilla de explicar y dejar claras las cosas al espectador. En el primer encuentro del defensor con su defendida, en la celda, una luz casi beatífica envuelve al abogado, investido en su ánimo de prístinos y casi virginales deseos y ambiciones de justicia social, incluso contra una persona a la que no quiere defender porque la considera culpable del más horrible crimen. Frente a él, la acusada parece habitar en las sombras. Pero posteriormente la película va a ocuparse de reducir esa distancia inicial entre los personajes y acercarlos físicamente, al tiempo que invierte el tratamiento de la luz sobre los mismos, de forma que ella irá saliendo de la oscuridad hacia la luz y él viajará desde ese falso halo que le cubría en principio hacia una paulatina oscuridad, a medida que avanza el proceso. Más tarde, cuando ambos están el patio de la cárcel, Redford consigue que ella acabe poniéndose visualmente por encima de él merced al juego de plano contra plano, y en la celda, en el momento en que ella confiesa, él acaba estando desdibujado en un segundo plano para no quitarle protagonismo a ella, pero no desaparece, sólo queda desdibujado, porque él es nosotros que escuchamos esa confesión de la acusada. Finalmente, en lo referido a la columna vertebral del relato, que es la relación entre el abogado y su defendida, es interesante fijarse en cómo se filman los planos de entrada y salida del abogado del juicio y de la cárcel, que tienen su propio significado en el relato.
El desenlace de esa primera escena de encuentro entre abogado y defendida que he mencionado es otra clave de sencillez que además de abrir paso a la entrada en el relato de otro personaje que hace avanzar la trama y la intriga, sirve para dejar claro el cruce de caminos, el terreno de frontera en el que está entrando el abogado: la acusada le pide que vaya a visitar a su hija, y él recibe el encargo atrapado en el quicio de la puerta de la celda, a mitad de camino entre el encierro de ella y la libertad hacia la que se dirige. Otro aspecto interesante es el juego de planos que integran la escena en la que registra la habitación del hijo, empezando por la entrada en la misma con un ligero contrapicado desde dentro de la habitación, hasta la revelación de la nota escrita. O la manera en la que, durante el juicio, Redford deforma visualmente el flashback del tipo que está declarando en falso, para evidenciar la mentira y romper el curso del relato con ese falso testimonio.
Cada momento de la película merece ser revisado para aprender de la manera en que el director aborda esta impecable narración de clave judicial.
Lo dicho: una de las mejores películas del año.(REVISTA ACCIÓN)



Oculta tras su aureola de sex symbol como actor, a juzgar por las películas que ha dirigido, Robert Redford siempre ha tenido más vocación de profesor de Historia de EE UU que otra cosa. Menos Gente corriente (1980) y El hombre que susurraba a los caballos (1998), casi todas pueden catalogarse como "episodios nacionales". Vamos, que de haber nacido en España, se habría pasado la vida peleando con Garci por ver quién hacía la siguiente adaptación de Benito Pérez Galdos. Y precisamente es a algunos de los filmes de la última época del español –Luz de domingo, La herida luminosa, El abuelo– a lo que recuerda La conspiración, un drama que intenta esclarecer una de las injusticias que siguieron al asesinato del presidente Lincoln. Lastrada por unclasicismo tiranousáurico, con una dirección de fotografía tan viejuna y mortecina que se descartaría incluso en producciones televisivas de época, La conspiración no pertenece a este tiempo. Lo peor, sin embargo, es que en ése al que pretende remitir –el del cine histórico de William Wyler que Peter Bogdanovich (Una señorita rebelde) o Martin Scorsese (La edad de la inocencia) pretendían homenajear– sería poco menos que un producto del montón. Los actores libran cada uno la batalla por su lado –Kevin Kline parece querer esconderse tras su espectacular maquillaje– y la trama político-judicial-secesionista acaba de enturbiarlo todo. ¿Te perdiste en algún momento de JFK? Ármate de coraje si no fuiste de intercambio académido a un instituto yanqui (o sudista).Dando la lección así, leyendo del libro y sin interactuar con los alumnos, ¿cómo espera que aprendamos algo, señor Redford?  (CINEMANIA).


........Porque si la cinta disfruta de unas más que inspiradas interpretaciones, con un siempre solvente James McAvoy, un prácticamente irreconocible Kevin Kline como Stanton, y unos eficaces Tom Wilkinson o Danny Huston, es quizá el apartado femenino el que brilla con más intensidad. No sólo por la portentosa madre encarnada por Robin Wright, sino también por una Evan Rachel Wood que, en el papel de la hija de la acusada, muestra también una enorme capacidad para añadir un alto grado de emotividad en su interpretación, sin caer nunca en el exceso sentimental. Pero en todo caso, y sin llegar al nivel de nuestra adorada ex princesa prometida, capaz de imbuir a su personaje de la elegancia, la dureza, el convencimiento y la dignidad que sólo una madre que busca proteger a sus hijos puede hacer, incluso aunque eso vaya en contra de sus intereses. Y si sus palabras nos golpean, sus silencios y su mirada maternal hasta el extremo nos conmueven.(LA BUTACA).



Como ha señalado ya la crítica americana en ocasión del estreno del film, no resulta extraño entender qué le vio el liberal y siempre políticamente comprometido Robert Redford al juicio contra los asesinos del presidente Lincoln, primer magnicidio perpetrado en el entonces joven país, como materia prima para una película. Con su defensa a ultranza de la razón de Estado por encima de la Constitución, el secretario de la Guerra Edwin Stanton parece sencillamente Dick Chenney; se habla de que el presidente Andrew Jackson empina más el codo de lo que debiera (como hace tiempo George Bush Jr.); la idea de venganza pública contra una enorme agresión ahogó cualquier atisbo de respeto por los derechos civiles...
Todo eso es cierto; también, que la implacable carga cinematográfica que contiene el film, con su suspense (¿cuántos de sus espectadores conocían de antemano el destino final sufrido por la acusada Mary Surratt?) y su funcional, absorbente estructura de film de jucio corren el riesgo de desvirtuar lo que en verdad interesa de la propuesta: no tanto la inocencia o no de Surratt cuanto la necesidad de defender, en tiempos turbulentos, la Constitución por encima de las decisiones de los políticos. Es humanamente envolvente, perfectamente ajustada a un tempo narrativo impecable, más esclarecedora que un tratado de ciencia política... no se le puede pedir más.(FOTOGRAMAS).

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