sábado, 30 de julio de 2011

EL MUNDO ES GRANDE Y LA FELICIDAD ESTÁ A LA VUELTA DE LA ESQUINA



Película: El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina.Título original: Svetat e golyam i spasenie debne otvsyakade. Dirección:Stephan Komandarev. Países: BulgariaAlemaniaEslovenia y Hungría.Año: 2008. Duración: 105 min. Género: DramaInterpretación: Miki Manojlovic, Carlo Ljubek, Hristo Mutafchiev, Anna Papadopulu, Nikolay Urumov, Vassil Vassilev Zueka. Guion: Stephan Komandarev, Dusan Milic, Yuri Datchev e Ilija Trojanow. Producción: Stefan Kitanov, Karl Baumgartner, Tanassis Karathanos, András Muhi y Danijel Hocevar. Música: Stefan Valdobrev. Fotografía: Emil Christov.Montaje: Nina Altaparmakova. Diseño de producción: Anastas Yanakiev. Vestuario:Marta Mironska. Distribuidora: Pirámide FilmsEstreno en Bulgaria: 10 Octubre 2008.Estreno en España: 29 Julio 2011Apta para todos los públicos.

“El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina” es la historia de un chico búlgaro que fue criado para convertirse en un hombre alemán. Tras un accidente de coche, Alex no recuerda ni su nombre. En un intento por curar su amnesia, su abuelo viaja a Alemania y organiza un viaje espiritual que llevará a Alex hacia su pasado, a su país de origen. Mientras viajan por el tiempo y por el espacio, cruzando media Europa, juegan al backgammon, el juego más sencillo y sin embargo el más complejo de todos. El juego lleva a Alex a recordar quién es y además simboliza su historia: el destino es el dado que tenemos en nuestras manos y la vida es un juego a medio camino entre la suerte y la habilidad.

Segundo largometraje del realizador búlgaro Stephan Komandarev, que debutó en 2000 con Pansion za Kucheta, y desde entonces ha rodado un telefilm y dos documentales. En la cinta tiene una gran importancia el backgammon, un juego antiquísimo de especial arraigo en los Balcanes.
El rey del backgammon, Bai Dan -que tiene este título porque ha ganado una especie de campeonato con sus vecinos- recibe la triste noticia de que su nieto -que tuvo que dejar Bulgaria cuando era niño con sus padres en busca de un destino mejor- ha sufrido un accidente. Cuando llega a su lado, resulta que está amnésico y ni le conoce. Pero Dan decide irse con él en bici tándem, de regreso a Bulgaria, para ver si regresando a casa comienza a recordar.
El director usa la metáfora de la amnesia del protagonista joven para alertar de la conveniencia de no olvidar los errores del pasado, en concreto del totalitarismo comunista. Su film es pretendidamente sencillo y con momentos tan edulcorados como los pasteles que fabrica la abuela del film.
Pero es bastante inteligente su revisión crítica del pasado de Bulgaria, marcado por la represión, y el film no viene a decir que con la caída del Muro se hayan acabado todos los problemas, sino que es consciente de las dificultades que tiene la sociedad occidental, como se ve en una secuencia con emigrantes a los que funcionarios corruptos mantienen más de lo necesario en un complejo. Reflexiona también sobre otros temas de interés, como la identidad personal, y la búsqueda de las propias raíces.
Además, el director aprovecha muy bien el limitado presupuesto y logra correctas interpretaciones de su ajustado reparto, con el gran Miki Manojlovi (Underground) como el abuelo apasionado del backgamon, y el joven pero experimentado Carlo Ljubek (R.A.F. facción del Ejército Rojo) como su nieto.(DE CINE 21).



El mundo es grande, si, pero la verdad es que la felicidad está muy lejos de la triste Bulgaria de los años 80. Bulgaria, un país que se sitúa “donde se acaba Europa”, un país del que casi no sabemos nada. Eso es lo mejor de esta película. La posibilidad de descubrir una geografía y una historia que desconocemos por completo: la de una sociedad sometida al atraso mas feroz de los satélites del comunismo. Un mundo del que escapan los padres de Sashko cuando él tiene siete años buscando una vida mejor en esa Europa imaginada donde se supone que la felicidad está a la vuelta de la esquina. Claro que eso lo tendrá que descubrir poco a poco el Sashko adulto después de un accidente donde mueren sus padres y él pierde la memoria. Será su abuelo Bai Dan el que le conduzca en un viaje de reconocimiento a través de centro Europa. Mientras Sashko y Bai Dan pedalean hacia su hogar en una bicicleta doble, una serie de flashbacks recrearán el viaje a la inversa que Sashko hizo con sus padres cuando era pequeño. Cuatro años ha tardado en estrenarse esta película y lo hace ahora, a escondidas, en pleno verano, sumergida entre superhéroes verdes y capitanes americanos. Bienvenida sea, porque aunque no podamos decir que es un gran film, por lo menos si es algo diferente en nuestras aburridas carteleras.(FOTOGRAMAS).
Hay actores cuya presencia justifica de por sí el pago de una entrada. Uno de ellos es este serbio de rostro inconfundible, referencia inevitable para todo aquel que pretenda aproximarse al mejor cine producido en territorio balcánico durante los últimos 30 años, guerra mediante. La novedad estriba en que en esta ocasión dirige el búlgaro Stephan Komandarev, un tipo inteligente porque sabe renunciar a toda pretensión autoral en beneficio del talento de Mika y del precioso material literario de Ilija Trojanov. Pero esta apuesta por un estilo luminoso y transparente no significa que la película carezca de estilo, y como prueba baste reseñar los dos únicos planos en los que el realizador se aparta del foco de la narración: en el primero, un travelling de alejamiento nos sugiere un desenlace fatal tras las cuatro volteretas del automóvil; en el segundo plano de fuga, hacia el final de la película, la cámara se queda con el rostro del antiguo comisario político, convertido ahora en candidato democrático, sobre un gigantesco cartel: los tiempos han cambiado, pero el mundo sigue igual. Entre medias, asistimos a una road movie por las carreteras "donde Europa termina pero nunca empieza", pero a la vez presenciamos (en oportunos flashbacks) el éxodo originario de la familia de Alex desde su Karlovo natal. Dos viajes para recuperar dos memorias: la histórica y la personal, y todo al vitalista ritmo de Bai Dan, sosias del gran Manojlovic y maestro del backgammon. (CINEMANIA).

viernes, 15 de julio de 2011

HARRY POTTER Y LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE:PARTE 2



Película: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte II. Título original:Harry Potter and the Deathly Hallows: Part 2. Dirección: David YatesPaís:Reino UnidoAño: 2011. Duración: 130 min. Género: Aventurasfantástico.Interpretación: Daniel Radcliffe (Harry Potter), Rupert Grint (Ron Weasley),Emma Watson (Hermione Granger), Ralph Fiennes (lord Voldemort),Michael Gambon (Albus Dumbledore), Bill Nighy (Rufus), John Hurt (Sr. Ollivander),Helena Bonham Carter (Bellatrix Lestrange), Robbie Coltrane (Rubeus Hagrid), Imelda Staunton (Dolores Umbridge), Jason Isaacs (Lucius Malfoy), Alan Rickman (Severus Snape), Maggie Smith (Minerva McGonagall), Timothy Spall (Peter Pettigrew), Julie Walters (Sra. Weasley), Tom Felton (Draco Malfoy), Bonnie Wright (Ginny Weasley),Matthew Lewis (Neville), Tom Felton (Draco Malfoy), Evanna Lynch (Luna Lovegood),Mark Williams (Arthur Weasley). Guion: Steve Kloves; basado en la novela de J.K. RowlingProducción: David Barron, David Heyman y J.K. Rowling. Música: Alexandre DesplatFotografía: Eduardo Serra. Montaje: Mark Day. Diseño de producción: Stuart Craig. Vestuario: Jany Temime. Distribuidora: Warner Bros. Pictures International EspañaEstreno en Reino Unido: 15 Julio 2011. Estreno en España: 15 Julio 2011.

La fecha crucial se acerca. Cuando cumpla diecisiete años, Harry perderá el encantamiento protector que lo mantiene a salvo. El anunciado enfrentamiento a muerte con Lord Voldemort es inminente, y la casi imposible misión de encontrar y destruir los restantes Horrocruxies más urgente que nunca.
Ha llegado la hora final, el momento de tomar las decisiones más difíciles. Harry debe abandonar la calidez y seguridad de la Madriguera para seguir sin miedo ni vacilaciones el inexorable sendero trazado para él. Consciente de lo mucho que está en juego, sólo dentro de sí mismo encontrará la fuerza necesaria que lo impulse en la vertiginosa carrera para enfrentarse con su destino.



....  Como ya deje bien claro en mi crítica de la primera parte de este díptico final, mi gusto cinéfilo no transita por los mismos páramos por los que lo hace la imaginación de J. K. Rowling cuya obra desconozco; ni siquiera desde entonces he conseguido intentar ver todos los largometrajes que conforman la saga al completo y, a excepción del filme de Cuarón, nada de lo que había visto hasta ahora me había inclinada hacia algo parecido al entusiasmo que se desprende de todo visionado gozoso... de ahí que, precisamente, mi ánimo no me impulsara lo suficiente como para solventar dicha carencia que en parte ha tenido que ser salvada de oídas y por terceras personas. Había. Porque lo cierto es que dados los precedentes se podría decir que tras ser testigo del que cabe reconocer como evento cinematográfico del verano, tampoco nos pasemos, he salido de lo más entusiasmado... que no directamente entusiasmado, aunque casi.

Y es que me da, esa es mi impresión, que con un final hacia el que conducir todos sus esfuerzos y un volumen dividido en dos -del que el afortunado vencedor ha sido esta Parte 2 que gana por goleada a la más densa, espesa y ¿torpe? Parte 1- sus responsables por fin ha conseguido algo parecido a lo que JJ Abrams consiguió con su 'Star Trek': contentar tanto a fans como a no fans, entregando un filme muy equilibrado y ajustado en el que se rinde respeto a los primeros ofreciéndoles un vibrante pasatiempo a los segundos. Una de cal y otra de arena, y si con la Parte 1 toco cual sea la mala de esa expresión, con esta Parte 2 ha tocado la contraria. A la cuarta va la vencida y David Yates por fin se ha disfrazado (o le han disfrazado) de cineasta en su última oportunidad al frente de la franquicia, puede que no por casualidad el único título de la misma que no acarrea consigo la responsabilidad de servir ni como puente hacia la siguiente etapa de la historia ni de condensar toda una novela en una única unidad cinematográfica, y que se presenta no sólo como un vehículo tan profesional como los otros que sabe cumplir con su responsabilidad para con su pasado, sino que además se forja un posible futuro como película propiamente dicho, lo suficientemente además como para erigirse en el mejor título de la franquicia con permiso de, una vez más, ese prisionero de Azkabán, lo que no es óbice para catalogarla como la entrega más espectacular que reluce a través de un 3D cuya conversión, cierto es, luce dignamente como si hubiera sido filmada como tal, prueba evidente del mimo y respeto a un punto de partida que ha permitido que la saga nunca haya sido ni perfecta, de acuerdo, pero tampoco y para nada un mero compromiso comercial.

La evidente problemática que siempre acecha en el compromiso de adaptar un texto cuya longitud excede su improbable condensación dentro un metraje fílmico razonable se ha logrado sortear, al menos en esta su segunda mitad, gracias a la decisión comercial no tan descabellada desde un punto de vista artístico -en vista del resultado- de repartir las 638 páginas de la novela en dos entidades bien diferenciadas, y que permiten hacer de esta última una producción equilibrada, sólida, de clara y fácil exposición narrativa, especialmente efectiva a la hora de plantear un desarrollo dramático muy convincente salpicado de constantes y espectaculares set pieces, combinando a la perfección su compromiso tanto para la historia como para el entretenimiento. Claro es que esto no se podría haber logrado de no existir un precedente en forma de otros siete largometrajes, un más que suficiente 'background' para respaldar esta apuesta final por un largometraje más centrado en la acción directa de resolver los diversos frentes abiertos en la trama.

Evidentemente, la película sigue teniendo algunas limitaciones tan propias de la saga como de otras adaptaciones de textos más grandes que el celuloide: momentos en los que la magia es una buena excusa para sortear y/o aligerar momentos de la historia de forma un tanto arbitraria (y que si bien los lectores defenderán en parte por encontrarse dichas respuestas en los libros no cabe obviar que toda adaptación cinematográfica debe poder valerse por sí misma); personajes que apenas se les da algo de margen más que para cumplir con el expediente (como el interpretado por David Thewlis); o situaciones y escenas resueltas de forma aparentemente tan sencilla y precipitada que apenas si da para saborearlas como algo más que un simple y nimio escollo ocasional en el camino final del héroe...; y por supuesto esa dependencia innata y excesiva hacia el personaje central de un Harry Potter dueño y señor de la escena y lo que haga falta, monopolio dramático de un relato al que poco se le permite alejarse de su sombra.

Pero a veces no es tanto la cuestión de lo que se cuenta sino de cómo se cuenta, que se cuente lo que se cuente se haga con eficacia, maña y la suficiente habilidad como para que no pensemos, simplemente nos dejemos llevar. Y 'Harry Potter y las reliquias de la Muerte: Parte 2' lo logra, y con creces. Un final tal vez esperado como lo era el del 'Episodio III', lo es con sus carencias como lo es que con sus virtudes, y aunque a la cinta propiamente dicho quizá le falta algo de sustento que dé algo más de forma a la calma que precede a la tormenta, no hay que olvidar que ya hemos tenido siete entregas de "calma". Este capítulo final es una tormenta visceral, emocional, particularmente espectacular y con un mayor índice de épica en un sólo plano que toda 'Transformers 3', y donde no sólo destaca un nivel técnico de excelente caligrafía visual ni la meritoria buena labor de sus intérpretes, sino también el acierto de la notable partitura compuesta por Alexandre Desplat para la ocasión, un excelente acompañamiento a sus imágenes que sobrevive además como una partitura independiente de gran sonoridad.

A la franquicia de Harry Potter cabe reconocerle muchas cosas, tal vez no desde un punto de vista meramente cinematográfico que podamos considerar como entusiasta, pero si desde el punto de vista de la producción en sí misma, de los logros que se esconden tras su creación y concreción, de haber recuperado un cine juvenil y fantástico de calidad, de haber tratado de ofrecer un espectáculo digno a la vez que se cuidaban la historia y los personajes, y de la solidez de una franquicia que respeta a la audiencia y se mantiene con solvencia desde el primer día hasta el último -aún con altibajos- tanto a nivel comercial como a nivel artístico. En resumen, puede que ninguna de las sucesivas entregas de Harry Potter se hayan caracterizado por ser grandes obras del séptimo arte ni películas a tener en cuenta a finales de año para competir con los trabajos de cineastas de pura cepa, pero tampoco lo pretendían ni lo necesitaban ni le hacían falta dichos reconocimientos, más difícil todavía resulta convertirse en todo un evento mundial... y aún más mantenerse a lo largo de los años con la misma fuerza.

Con este broche final Harry Potter y sus amigos (y enemigos) le ponen un verdadero broche de oro a una saga emblemática a la que unos y otros, fans y no fans, echaremos de menos. Y lo hace con lo que todo blockbuster veraniego debería ser pero casi nunca alcanza: una elaborada y hábil obra de entretenimiento con un trasfondo llamado historia y unos títeres llamados personajes. Aprende Michael Bay, esto si es épica, esto si es emoción... esto si es puro cine, no del bueno sino del otro, de ese que se disfruta con el corazón y no con la cabeza. Gracias Harry. Gracias.

Nota: 7.0


Lo Mejor:
- Decir que es un dignísimo final se queda corto.

Lo Peor:
- El inherente a toda producción del estilo: hay tanto que ver y por conocer alrededor de Harry como hay tanto que se queda por ver y por conocer alrededor de Harry.(EL SEPTIMO ARTE).


Ahora que ya se empiezan a disipar las cenizas tras la batalla final y el tren (de la franquicia) llega a su destino, David Yates se perfila como el director que mejor ha sabido comprender la esencia de las novelas de J.K. Rowling: su complicado equilibrio entre la épica y la calma, su voluntad de trascender los márgenes de la fantasía infantil a través de la referencia culterana, su amor por cada uno de los personajes. Las Reliquias de la Muerte, vista en conjunto, carece del sentido de la maravilla de los capítulos firmados por Chris Columbus y Alfonso Cuarón, pero traduce con mayor fidelidad el espíritu del original literario en su ejemplar uso de los silencios y en su dosificación del torrente emocional que desencadena el duelo definitivo entre Harry y un Voldemort que nunca había resultado tan deliciosamente perverso. La división en dos partes del capítulo final ha hecho realidad la mayor fantasía del amante del cine de aventuras: la Película-Clímax, la dilatación extrema (y algo extenuante) del gran final. Con todo, Yates vuelve a dar el do de pecho en los momentos íntimos, como la revelación de Snape o esas manos que se buscan en medio del Apocalipsis. En suma, un notable broche para una saga que encierra su significado secreto en las últimas palabras del (ya) añorado Dumbledore.(FOTOGRAMAS).

Lo que más llama la atención de esta última parte es su oscuridad. Argumentalmente es comprensible, pues las fuerzas del mal se abaten cada vez más sobre el mundo, y parece que sólo un milagro podrá ya detenerlas, pero donde la falta de luz es más agobiante es sencillamente en el tratamiento fotográfico del portugués Eduardo Serra. Todo el metraje se desarrolla en una penumbra excesiva, de modo que a veces resulta hasta cansino mirar la pantalla, donde las imágenes siempre están en perpetua oscuridad. Por supuesto, y como era de esperar hay unos maravillosos efectos especiales, y es de justicia afirmar que la larga secuencia del ataque a Hogwarts es un espectáculo impresionantemente desde el punto de vista técnico.
Por lo demás, en esta película no hay grandes alardes de los personajes, incluso Hermione y Ron tienen pocos momentos de gloria, más allá de las muestras de amor que se profesan. Aunque hay excepciones, y alguna conmovedora: muy logradas están las escenas protagonizadas por una imprevista y aguerrida profesora McGonagall (Maggie Smith), por el archiconocido y tenebroso profesor Snape (Alan Rickman) y por las heroicas apariciones del alumno Neville Longbottom (Matthew Lewis). Y hay, claro, una presencia eminente de Voldemort (Ralph Fiennes) y de Harry Potter, quien descubrirá su pasado de una vez por todas... A partir de ahora lo que falta es ver cómo se desenvolverán en el futuro los jóvenes actores Daniel RadcliffeEmma Watson y Rupert Grint, que tendrán que emprender caminos separados. Pero eso ya es otra historia.

La película, en fin, pone la guinda de despedida a una saga de ocho películas que han ofrecido una imaginería espléndida de personajes y mundos fantásticos, una creación de amplísima magnitud que, a través del mundo de la magia como excepcional metáfora, ha contado en definitiva lo más clásico entre lo clásico: la sempiterna lucha entre el bien y el mal, entre las virtudes y los pecados que pueblan el corazón y los actos humanos.(DE CINE 21).

viernes, 8 de julio de 2011

BEGINNERS.PRINCIPIANTES




Película: Beginners (Principiantes). Título original: Beginners. Dirección y guion: Mike MillsPaís: USAAño: 2010. Duración: 105 min. Género: Drama,comediaInterpretación: Ewan McGregor (Oliver), Christopher Plummer(Hal), Mélanie Laurent (Anna), Goran Visnjic (Andy), Mary Page Keller(Georgia), Kai Lennox, Keegan Boos. Producción: Miranda de Pencier, Lars Knudsen, Leslie Urdang, Jay Van Hoy y Dean Vanech. Música: Roger Neill, David Palmer y Brian Reitzell. Fotografía: Kasper Tuxen. Montaje: Olivier Bugge Coutté.Diseño de producción: Shane Valentino. Vestuario: Jennifer Johnson. Distribuidora:Universal Pictures International SpainEstreno en USA: 3 Junio 2011. Estreno en España: 8 Julio 2011.

En “Beginners (Principiantes)”, Oliver conoce a la impredecible e irreverente Anna unos meses después de la muerte de su padre. Mientras, los recuerdos de su padre Hal —un hombre que, tras más de cuatro décadas de matrimonio, salió del armario a los 75 años— siguen aflorando. Ahora Oliver se esfuerza por amar a Anna con la valentía y el humor que él le enseñó.

'Beginners (Principiantes)'. El título ya deja más o menos claro cuál es el, en realidad, el macguffin del filme. Sí, macguffin, porque aunque lo pueda parecer el filme en realidad no gira en torno al amor por mucho que en ella tenga cabida, tanto hacia un padre (Plummer) como hacia un amante (Laurent), y en el que da lo mismo la experiencia que pueda tener uno que siempre nos sentiremos como unos "principiantes" -como en otras tantas cosas de la vida-. En realidad la segunda película de Mike Mills como tal, más conocido por su labor como director de vídeos musicales y que aquí se vale de su propia vida como terapéutica fuente de inspiración, gira en torno a la importancia del pasado y la infelicidad que de ello se deriva cuando se la malinterpreta, sensación parecida a la que podíamos encontrar en la mucho más aburrida 'Medianoche en París' de Allen, la misma que sufre el personaje de Ewan McGregor y la cual le conduce a una especie de hibernación pasiva cuya latente amargura no termina por liberarle de una vida en la que no es más un testigo en primera persona.

Pero esa es sólo una de las partes que sumadas en un mismo fresco dan como resultado esta falsa comedia dramática más cercana a un drama simpático que gira en torno, finalmente, a lo que es la vida en resumen, tan sencilla y compleja al mismo tiempo como absurda, volátil y especialmente agridulce, una escala repleta de grises para todos los gustos, momentos y lugares vista desde un punto de vista ácido no exento de un grado de tristeza. Con buena mano y caligrafía, una puesta en escena pragmática y discreta y un montaje muy calibrado, la cinta alterna de forma hábil dos aparentes tiempos narrativos que se conjugan a la vez en la cabeza del protagonista, saltando de uno a otro con naturalidad y en la que ejerce de mediador la figura de un Jack Russell Terrier, perro que como es costumbre cinematográfica roba los planos en los que aparece pero cuya participación está muy calculada para que no termine por robar la película. El descubrimiento del amor en el presente coincide con el redescubrimiento de su padre en el pasado a través de los recuerdos de diversos momentos más o menos fundamentales y cotidianos, especialmente a partir del momento en el que este sale del armario ya con la que fuera su esposa y madre del protagonista en el cementerio.

'Beginners (Principiantes)' es un producción de corte sencillo, adulta y elegante, un filme eminentemente de actores donde el trio principal brilla en cada una de sus composiciones (si acaso Melanie Laurent pierde por cuanto su personaje es el menos definido) y donde cada gesto ha de interpretarse como una insinuación con intencionalidad dramática que, en última estancia, busca la emotividad de un relato de ribetes íntimos cargado de emociones. Un filme de muy buenas intenciones, fluido, que se mantiene a distancia de caer en los tópicos y que trata con mimo algunos aspectos que en otras manos podrían aparentar ser una simple pose condescendiente, o directamente, significar algún tipo de problemática social. Y hasta aquí se lee muy bien, mejor de lo que se escribe.

¿Dónde está la trampa? ¿Cuál es el motivo por el cual haya castigado a una cinta aparentemente tan interesante? Sin dejar por ello de ser igualmente interesante en su aparente discreción acaba por sobresalir un frío distanciamiento emocional, un sentido narrativo heredado y un tanto impersonal que no remata lo que tan bien apunta tanto su libreto como sus actores. Además, fruto de un exceso de mesura por tratar de distanciarse en lo aparente, tanto de forma visual como argumental salvo alguna que otra excentricidad, Mills nos deja sin golpe de efecto alguno que rompa la monotonía en la que al final se instaura un filme que no rompe molde alguno y aunque muy válido en su plena corrección termina por resultar predecible por cuanto no logra, no al menos en su conjunto, voltear el relato lo suficiente como para que la veamos como si nunca la hubiéramos visto. Pero lo uno no quita lo otro y puede que yo también termine por pecar en lo mismo pues, al fin y al cabo, yo también soy un principiante a la hora de escribir un texto de estos... (EL SEPTIMO ARTE).


Tristeza, infinita tristeza. Es lo que trasluce este film escrito y dirigido porMike Mills (Thumbsucker), basado en su propia experiencia personal, la muerte de sus padres y la homosexualidad del progenitor recién descubierta, recreadas libremente. La nueva relación padre-hijo a partir de los "inputs" de la condición gay y la enfermedad de Hal al descubierto, más el progresivo conocimiento y amor de Oliver y Anna, son los ejes sobre los que se asienta la película. Pero todo traspasado por un "mood" pesado, insoportable, en que se diría que la felicidad es una quimera, un estado deseable pero no alcanzable. Conviven dolor, sufrimiento y tristeza, pero es sobre todo esta última la que pesa como el plomo.
Mills, con modos narrativos audaces, voz en off y collages que tratan de entender la época en que Hal no podía hablar abiertamente de homosexualidad, denuncia los prejuicios del pasado, el disparate que sería, desde su punto de vista, tratar de disimular, crear el ambiente falso de una familia "normal", donde no cabe que él sea gay y ella judía. Pero el cineasta es probablemente consciente de su confusión, de sus propias contradicciones, pues Hal quería a su esposa, de su amor nació Oliver, él quiso mantener la comedia, y se entiende que le fue fiel mientras ella vivió. Y si en la actualidad puede celebrar el orgullo gay, llevar banderas arco iris y poner anuncios de contactos para vivir una promiscuidad semejante a la de su pareja Andy, no está claro que esta "libertad" le haga más feliz que antaño.
Quizá lo que se detecta en esta exploración del amor, es la estrechez de miras con que se maneja el concepto, pues al final parece que lo deseable es la autosatisfacción personal del momento, el sentirse a gusto con uno mismo y más o menos comprendido por los seres queridos. Está ausente en todo momento el sentido moral, es como si no existiera, convenciones de épocas oscuras, y la entrega mutua sin condiciones en que consiste el amor se presenta con demasiadas limitaciones.
La película cuenta con tres personajes que permiten grandes interpretaciones, y Ewan McGregorChristopher Plummer y Mélanie Laurent aprovechan la oportunidad. Hay ciertamente momentos muy bien resueltos, como la fiesta donde se conocen Oliver y Anna, en que ella no puede hablar.(DE CINE 21).

A veces necesitamos decir adiós para ser capaces de decir hola, por eso Beginnershabla de cosas que empiezan a partir de cosas que acaban: es la historia de un padre septuagenario que sale del armario poco después de quedarse viudo y que muere de cáncer a los pocos años, pero sobre todo es la historia de su hijo, Oliver, y de cómo ambos cataclismos afectan a su incipiente relación con Anna.
Cómo aprende este hombre a gestionar el dolor es lo que conduce el relato hacia una inmaculada mezcla de flashbacks, experiencias en presente de indicativo y reflexiones atemporales sobre la posición que el yo ocupa en relación con otros humanos y con la historia de la humanidad. Aquí, el dolor personal nunca se convierte en mera excusa para la hagiografía del yo o el ego trip travestido de búsqueda de lo universal. La tardía homosexualidad pública del padre aparece conectada con imágenes de los movimientos por los derechos de los gays, un destello de luz desprende información de cómo el sol lucía en 2003, y un hermoso rostro nos recuerda qué era considerado bonito en 1938.
El director Mike Mills a menudo se apoya en digresiones formales para representar los pensamientos de su protagonista, pero no las utiliza como meros trucos de ilusionista ni para demostrar qué ocurrente y quécool es, sino, ante todo, para adentrarse en lo profundo. Es por eso que logra salir airoso hasta de mostrarnos a un perro que habla, porque incluso el chucho comunica tristeza y pérdida, y nos ayuda a entender que amar es muy duro si naciste en una familia construida sobre los secretos y las mentiras. A partir de eso, Beginners defiende la posibilidad de remodelar tu propia vida para dar cabida a la felicidad. Mientras retrata ese proceso, Mills encadena una serie de escenas que evocan esos mágicos primeros días en los que dos deprimidos mortales se enamoran y se comportan como personajes inmortales de una película de la nouvelle vague, haciendo graffitis y correteando en patines por la ciudad, escenas que resultarían intolerables si las angustias derivadas de este instante de feliz locura no fueran tan reales. Anna y Oliver poseen la libertad de vivir una relación llena de dudas y pasos en falso porque pertenecen a una generación, la nuestra, que no ha tenido que combatir en una guerra o ser perseguida por su sexualidad o su religión, y nadie esperó de ellos que tuvieran una familia formada antes de los 30. Y su experiencia hace que Beginners funcione como conmovedora reflexión sobre hasta qué punto se debate el ser humano moderno entre el placer de crear algo bonito con otra persona y el miedo terrible a perderlo, sobre cómo la gracia de un momento puede ser sepultada por el miedo, o la certeza, de que no durará. (CINEMANIA).



Se supone que uno de los momentos más duros de la salida del armario es aquel en el que quien ha adoptado una sexualidad a contracorriente comunica a sus progenitores su opción. Pero, ¿qué ocurre cuando un hombre de 39 años (McGregor), hijo de un viudo reciente de 75, oye de labios de su padre (Plummer) que siempre ha sido gay y, a pesar de haber querido mucho a su esposa, no está dispuesto a irse de este mundo sin asumir a fondo su homosexualidad? Este sugestivo punto de arranque es no obstante algo así como un macguffin, puesto que en realidad de lo que habla Beginners es de muchas otras cosas: del melancólico sentido de la vida del hijo, de la suerte del padre al encontrar un amante joven, de una historia de amor deslumbrante y, que sin embargo, parece condenada de antemano.
Con estos elementos, Mills borda una película que tiene muchos puntos de interés: la manera tan esquinada con que maneja el humor, una estructura en perpetua vuelta de tuerca y, sobre todo, la propuesta de unos comportamientos masculinos por completo alejados de la ideología patriarcal, algo que necesariamente se debe agradecer en medio de películas dirigidas por hombres que no siempre (en realidad, que casi nunca) parecen dispuestas a recorrer estos caminos.(FOTOGRAMAS)

sábado, 2 de julio de 2011

BLACKTHORN.SIN DESTINO






Película: Blackthorn (Sin destino). Dirección: Mateo GilPaíses: España,Francia y BoliviaAño: 2011. Duración: 98 min. Género: Western.Interpretación: Sam Shepard (James Blackthorn), Eduardo Noriega(Eduardo Apocada), Stephen Rea (Mackinley), Magaly Solier (Yana), Nicolaj Coster-Waldau (James de joven), Padraic Delaney (Sundance), Dominique McElligott (Etta). Guion: Miguel Barros. Producción: Andrés Santana, Ibon Cormenzana, Jerôme Vidal y Paolo Agazzi. Música: Lucio Godoy. Fotografía: J.A. Ruiz Anchía.Montaje: David Gallart. Dirección artística: Juan Pedro de Gaspar. Vestuario: Clara Bilbao. Distribuidora: Alta ClassicsEstreno en España: 1 Julio 2011. No recomendada para menores de 12 años.


Tras haber huido de Estados Unidos, el legendario forajido Butch Cassidy murió en Bolivia en 1908, tiroteado junto a su amigo Sundance Kid. Esto es lo que dice la versión oficial. Pero lo cierto es que ha pasado veinte años escondido y ahora quiere volver a casa. Sin embargo, pronto encontrará en su camino a un joven ingeniero español que acaba de robar la mina en la que trabajaba y que pertenece al empresario más importante de Bolivia.


Lo primero que piensas al ver esta película es que estas ante un western crepuscular. Luego, cuando la recuerdas, te das cuenta que es muchas más cosas: es un film sobre la necesidad de la amistad; una profunda reflexión sobre la vejez y la memoria; la historia de una obsesión; la crónica de una reivindicación indigenista. Es todo esto sin duda, pero sobre todo, es la aventura de dos hombres y un paisaje. O, mejor aún, de tres hombres. Dos de ellos, los más viejos, tejen una espiral hacia dentro, buscando en lo que fueron la razón de lo que son; el otro, el más joven, traza una espiral hacia fuera, huyendo de un destino que él mismo se ha marcado. Todo sucede en los años 20 del siglo pasado en el altiplano boliviano. Blackthorn, un viejo cowboy con el rostro cruzado de arrugas de Sam Shepard, intenta recuperar su vida perdida cuando un joven arribista español, Eduardo Noriega, se cruza en su camino. Intimista a pesar de estar rodado en grandes espacios abiertos, este film de Mateo Gil es un buen ejemplo de que el cine europeo puede atreverse con temas aparentemente reservados a Hollywood.(FOTOGRAMAS).




'Blackthorn. Sin destino', ejemplo evidente de lo que se ha dado por llamar western crepúscular, bien podría valer como una especie de secuela de 'Dos hombres y un destino', el filme de 1969 dirigido por George Roy Hill con Robert Redford y Paul Newman en los dos papeles principales. De hecho el argumento de este filme cuyo guión, curiosamente, no firma el propio Mateo Gil sigue la historia del personaje de Butch Cassidy -interpretado notablemente por Sam Shepard- a partir de los hechos narrados en este clásico -y que no necesariamente se hacen coincidir con lo que se supone es la historia real- para hipotetizar sobre que este no murió a manos del ejército boliviano... sino que 20 años después vive tranquilamente entre sus recuerdos criando caballos en un lugar remoto de la propia Bolivia, hasta el día en que decide que ya es hora de regresar a casa aunque sea para descansar para siempre, un camino "de vuelta" en el que se cruza con el personaje al que da vida Eduardo Noriega -que como siempre no lo hace mal sin hacerlo del todo bien- un emigrante español que por su parte huye de su propio destino.

Ante todo 'Blackthorn. Sin destino' es un filme de (buenas) intenciones que, sea el resultado mejor o peor, revelan que tras las cámaras existe un amor, un conocimiento y un respeto tanto por el cine como por el material que se tiene entre manos, una producción que lejos de apoyarse en valores industriales transmite sinceridad en su puesta en escena y esa sensación de servir al cine "por amor al arte" tan encomiable. Una producción muy cuidada, elegante a nivel formal y muy sólida en la suma de sus partes donde destaca especialmente la labor de Sam Shepard, su preciosa fotografía y una partitura musical aparentemente discreta en la que subyace mucho más de lo aparente. No obstante, como tantos otros, se trata de un filme cuyo recuerdo es mucho más agradable que su visionado en sí mismo, que gana según se cuenta y pierde según se mira, una aparente incoherencia que proviene de su afinidad tal vez demasiado cinéfila y respetuosa hacia un modelo al que se quiere referenciar y homenajear, un difícil y en ocasiones frío equilibrio un tanto academicista entre la deuda contraída a partir de la herencia cinematográfica que nubla un discurso dramático o narrativo propio del autor que se esconde tras las cámaras, una especie de copista de muy buena caligrafía pero de escasa profundidad.

Como todo buen western, que más allá de la limitación que esto puede suponer encierra una reflexión sobre algunos de los temas más intrínsecos del ser humano (como la necesidad de la amistad o el peso que ejerce en nosotros nuestro pasado), su narración reposa en un ritmo lento y pausado no apto para impacientes, una puesta en escena contemplativa, repleta de gestos y miradas muy sobria y poco propicia para los amigos de los blockbuster y demás, en donde se hace palpable la influencia de títulos como ese 'Sin perdón' de Clint Eastwood, uno de los títulos fundamentales y más conocidos del último periodo vital del género, pero sin trascender de esa influencia de la que sí es capaz de escapar verdaderos autores como Quentin Tarantino para ofrecer ese algo más con el que dar palmas con las orejas. Aunque Mateo Gil demuestra muy buenas maneras tras las cámaras no es un autor, y por ende su nueva película no trasciende como para convertirse ni en una clásico ni en un film imprescindible, por más que sea una buena imitación de ambas por lo que, a falta de pan buenas son tortas, y como opción alternativa siempre puede ser perfectamente válida, especialmente porque a pesar de ser una imitación lo es, sí, pero de buena calidad.

Nota: 6.9


Lo Mejor:
- Sam Shepard, la fotografía y sus innegables buenas intenciones

Lo Peor:
- Su ritmo si bien es aguantable oscila peligrosamente sobre esa línea que separa la reflexión del aburrimiento, por lo que según el día es posible que los poco afines a los western no les acabe de entretener.(EL SEPTIMO ARTE).


Supongamos, que es mucho suponer pero también una aventura que a veces sale bien, que haya un Mateo Gil guionista y otro Mateo Gil realizador. Así, resulta curioso que, ante su segundo largometraje, el director deNadie conoce a nadie haya tenido que distanciarse tanto, dejar pasar tanto tiempo e irse tan lejos, para estar tan cerca de sí mismo y de aquella primera película suya. Su cine, sus preocupaciones como autor coinciden en vincular sus dos apuestas, separadas por 12 años de tareas cinematográficas al más alto nivel en nuestro cine. 
Ahora dejemos de suponer: Mateo Gil escribe lo mismo Ágora, que Abre los ojos, que El método, que Mar adentro… que dirige dos películas donde la identidad resulta, no sólo un toque de color al estilo de esosthrillers de sobremesa con falso culpable, sino la esencia del filme. La identidad, delante y detrás de la cámara, articula un planteamiento sobre el que orquestar toda una trama, toda una propuesta, y todo un regreso de un cineasta con muchas más trazas de autor de lo que sus fríos datos de filmografía permiten adivinar. No puede ser casual. Mejor sigamos suponiendo: en una industria cinematográfica seria (y la española no lo es), Mateo Gil habría dirigido muchas más películas, sin renunciar por supuesto a su tarea como guionista. Quizá por eso, lo mejor de Blackthorn es su motivación, el aura que desprende un personaje (y un rostro digno de aguantarlo) capaz de mantener el misterio de una película. Contada, gana. Vista, deja alguna duda.
Algo (seguimos con las suposiciones) debe de tener Bolivia para que dos de las mejores producciones del cine español reciente (Blackthorn y También la lluvia) hayan desembarcado allí, pero la elección aquí era obligada. Seguimos el rastro de Butch Cassidy (Paul Newman en Dos hombres y un destino, George Roy Hill, 1969). Esa leyenda reencontrada marca la personalidad del filme, que alarga el camino de Cassidy, ahora Blackthorn, por otros vericuetos. De la interpretación medida, sin postizos, de Sam Shepard, surge un interés, áspero y despojado, como la película, por saber más sobre un hombre viejo y cansado que quiere regresar a EE UU tras años oculto. Ése es el motor de una especie de película de carretera en huida hacia adelante que se convierte en un juego al quién es quién en cuanto Eduardo Noriega y su ingeniero de minas español aparece en el camino. Noriega maneja bien su lado inquietante, pero no acaba de funcionar la relación entre ambos en las escenas que sirven de contrapunto al suspense. Ahí sobrevive el western, por supuesto, pero es un enfoque malditista en el que la referencia a Peckinpah llega más por la apelación a una soledad polvorienta (un crepúsculo que ese detective de la agencia Pinkerton presentado por Stephen Rea ayuda a apuntalar), que por la vía de una impronta de género, pese al final seco, ajustado, lo mejor de un filme con más carácter que factura, y que por eso mismo deja más sabor en el paladar que satisfacción ante la pantalla, en perfecta línea con la leyenda perdida que rescata. Volvemos a la suposición: si Hitchcock hubiese dirigido un western, ¿no seguiría siendo una película de Hitchcock? Ese es el principal logro del director ante una buena historia, hacerse reconocible incluso en un supuesto western. Cuestión de identidad. Mateo Gil ha vuelto a la ciudad.(CINEMANIA).

viernes, 1 de julio de 2011

UNA MUJER EN ÁFRICA


Película: Una mujer en África. Título original: White material. Dirección: Claire Denis.País: FranciaAño: 2009. Duración: 106 min. Género: DramaInterpretación: Isabelle Huppert (Maria Vial), Isaach de Bankolé (boxeador), Christopher Lambert (André Vial), Nicolas Duvauchelle (Manuel Vial), William Nadylam (alcalde). Guion: Claire Denis y Marie N’Diaye. Producción: Pascal Caucheteux. Música: Stuart Staples. Fotografía:Yves Cape. Montaje: Guy Lecorne. Diseño de producción: Abiassi Saint-Père.Vestuario: Judy Shrewsbury. Distribuidora: GolemEstreno en Francia: 24 Marzo 2010.Estreno en España: 1 Julio 2011. No recomendada para menores de 12 años.

La trama de “Una mujer en África” transcurre en algún lugar de África, donde el ejército se prepara para restablecer el orden en el país. Los extranjeros se han ido antes de que las cosas se pongan feas. Pero Maria Vial no está dispuesta a abandonar la plantación de café antes de la recolecta porque hayan sonado unos cuantos disparos. Al igual que su suegro y su ex marido, está convencida de que Chérif, el alcalde de un pueblo vecino, la protegerá a ella y a su familia. Tiene una guardia personal, una milicia privada formada por hombres bien entrenados, bien armados y muy duros.

Para aquellos que están hartos de la autosuficiencia y el hermetismo de Isabelle Huppert. Para los que, por el contrario, no pueden apartar los ojos de la actriz, por su contante afirmación de la vida y de ella misma. Incluso para aquellos que Áfricales importa poco o nada (como paisaje dramático), esta es una propuesta fascinante: la locura de un continente que se mete en los huesos. Locura de sus personajes, atrapados en una Áfricahermosa pero cruel. Y fascinación del espectador que gritaría a esa mujer decidida a quedarse que corra, que no pare, que huya. Pero ella se queda, como nos quedamos todos, clavados, Por el mal de África.(LA VANGUARDIA).

La realizadora de 63 años, Claire Denise, di­rige y escribe con Marie N’Diaye este dra­ma ambientado en un país de África que su­fre la inseguridad de una guerra civil no de­clarada, con grupos que saquean y asesinan, empleando muchas veces a niños solda­dos.
Mientras se incita al odio contra los blancos desde una emisora de radio (es espe­luznan­te escuchar al actor desbordante de odio pidiendo que se elimine al white ma­te­rial), María Vial, blanca y cercana a los 60 años, pro­pietaria de una plantación de ca­fé en la zona, sepa­rada de su marido y con un hi­jo dro­gadic­to que vegeta en su ca­sa, se nie­ga a mar­charse de la propiedad que perte­nece a su suegro.
Lo que cuenta esta película -estrenada en septiembre de 2009 en Venecia y en Fran­cia en marzo de 2010- tiene interés y la realizadora intenta aportarle sentido trági­co, pero hay dos grandes obstáculos. Uno es la sobredosis deIsabelle Huppert, presen­te en cada plano de una película que se rin­de a la contemplación de una actriz que pue­de resultar empalagosa si se lo propone. El otro, es la manera de cerrar la historia y de abocetar personajes que tienen poco reco­rrido, resultando casi grotescos. Se echan de menos contrapuntos y se abusa del tono alu­cinógeno. Igual la historia tendría más in­terés contada desde el punto de vista de los africanos negros.(FILA SIETE).


A lo largo de su carrera, Claire Denis ha mostrado una tendencia inexpugnable a abordar sus relatos poniendo el foco en los detalles, las texturas y las sensaciones, y en elipsis que se mueven en torno al drama para encontrar el momento revelador de una historia, una persona, un género, y una idea. Asimismo, siempre había permanecido alejada de los temas de actualidad. Por eso, que Una mujer en África sea la dramatización de un problema social convencional y que en ella los temas aparezcan más claramente delineados puede llevarnos a pensar por error que la directora francesa se ha vendido. En realidad, se trata de otro de sus estudios de personaje emocionalmente complejos y, como sus trabajos anteriores, se centra en el movimiento y los cuerpos, y en el que la personalidad se define estrictamente por lo que la gente hace y cómo lo hacen.
Melodrama político muy físico y a la vez completamente abstracto, es una historia íntima y pesadillesca acerca de hombres blancos enfrentados al final de su poder económico poscolonial en algún país africano dividido entre un gobierno corrupto y un anárquico movimiento rebelde. El conflicto es, usando una expresión manida, universal. En otras palabras, a pesar de que mantiene su guerra civil en términos generales -¿es Angola, Ruanda, Mozambique?-, el retrato de la misma es palpable y nada simplista.
La descripción que Una mujer en África lleva a cabo del orgullo colono blanco, tan firmemente arraigada en el paisaje narrativo y visual y encarnada con tanta pericia por Isabelle Huppert, es una maravilla. La actriz lleva a cabo una interpretación deslumbrantemente animal, y la cámara forma con ella una entidad única, siempre siguiéndola, deslizándose hacia ella, permaneciendo incómodamente cerca, lo suficiente para ver los cambios imperceptibles en su semblante, cambios que la narración se niega a explicar. Denis es una cineasta demasiado sofisticada para eso.(CINEMANIA).


La imagen de Maria, perdida en una carretera, sometida a un Sol de justicia, como un animal que se sabe a punto de ser cazado, no pone el cronómetro de la película a cero, porque Una mujer en África empieza donde acaba, coge atajos, pone punto y aparte cuando quiere decir acción. No se trata de un capricho: es la gramática de la locura, la locura que no conoce ni principio ni fin, un estado de ánimo in medias res. Maria es el coronel Kurtz del África postcolonialista, la dueña de una plantación de café que se ha olvidado de sus pecas caucásicas, que cree haberse convertido en el Otro sin que el Otro la reconozca como uno de los suyos. 
En la que debe ser su obra maestra, Claire Denis filma la piel del continente africano como si fuera la de Maria: en el demente acto de resistencia de esta mujer pequeña y furiosa, a la que una grandiosa Isabelle Huppert encarna con su hostilidad habitual, existe la historia de una tierra contradictoria, que lucha contra los que intentan borrar su cultura pero no pueden evitar copiar sus peores vicios. Es la tierra de los locos, y Una mujer en África, con todo su misterio y toda su belleza, nos habla de lo lejos que podemos llegar cuando cruzamos la línea que nos separa del delirio; cuando, en fin, creemos ser Dios y solo somos esclavos de nuestra imagen divina.(FOTOGRAMAS).