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viernes, 27 de enero de 2012

J.EDGAR




Película: J. Edgar. AKA: Hoover. Dirección: Clint EastwoodPaís: USAAño:2011. Duración: 137 min. Género: BiopicdramaInterpretación: Leonardo DiCaprio (J. Edgar Hoover), Naomi Watts (Helen Gandy), Armie Hammer  (Clyde Tolson), Josh Lucas (Charles Lindbergh), Ed Westwick (agente Smith), Judi Dench (Annie Hoover), Damon Herriman (Bruno), Jeffrey Donovan (Robert Kennedy), Dermot Mulroney (coronel Schwarzkopf), Denis O’Hare (Albert Osborne). Guion: Dustin Lance BlackProducción: Clint Eastwood, Brian Grazer  y Robert Lorenz. Música: Clint Eastwood. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Joel Cox y Gary Roach. Diseño de producción: James J. Murakami. Vestuario: Deborah Hopper.Distribuidora: Warner Bros. Pictures International España. Estreno en USA: 9 Noviembre 2011. Estreno en España: 27 Enero 2012. Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.


A lo largo de su vida, J.Edgar Hoover llegó a ser el hombre más poderoso de Estados Unidos. Durante sus casi 50 años como director del FBI (Oficina Federal de Investigación), no hubo nada que le impidiera proteger a su país. Hoover sobrevivió a ocho presidentes y a tres guerras, luchando contra amenazas reales e inminentes y saltándose las reglas a menudo con el fin de mantener a salvo a sus compatriotas. Sus métodos eran tan despiadados como heroicos, siendo la admiración del mundo su premio más codiciado y a la vez el más difícil de alcanzar. Hoover era un hombre que daba mucha importancia a los secretos, especialmente a los de los demás, y que no temía usar esa información para ejercer autoridad sobre las figuras líderes de la nación. Comprendiendo que el conocimiento es poder y que el miedo representa oportunidad, utilizó ambos elementos para ganar una influencia sin precedentes y construirse una reputación que era tan formidable como intocable. Preservaba su vida privada igual que la pública, permitiendo solo a unos cuantos formar parte de su pequeño y custodiado círculo de confianza. Su compañero más cercano, Clyde Tolson, también era su amigo más fiel. Su secretaria, Helen Gandy, quizá la persona que mejor conocía sus planes, fue leal hasta el final y más allá. Únicamente le abandonó su madre, quien fue su inspiración y su conciencia, y cuya muerte destrozó a un hijo que siempre buscó su amor y su aprobación. A través de los ojos del propio Hoover, “J. Edgar” explora la vida y las relaciones públicas y privadas de un hombre que podía distorsionar la verdad con la misma facilidad con la que la defendió durante una vida dedicada a su propia idea de la justicia, a menudo dominada por el lado más oscuro del poder.


.....La película de Eastwood es una película muy incómoda, por lo que me puedan resultar en cierta forma lógicas algunas de las críticas vertidas desde el otro lado del charco, ya no porque Eastwood no trate en ningún momento de realizar una hagiografía sobre Hoover, si no por lo fácil y extensibles que resultan algunas críticas hacía la administración de Bush. En cierto momento de la película Hoover dice que una sociedad que no está dispuesta a aprender de su pasado está condenada, no es casualidad que la película comience con un ataque terrorista que es el que hace despertar al monstruo que luego será Hoover y con el que empezará a poner en práctica alguna de las medidas que más tarde se legalizarían en la ley patriótica de los Estados Unidos tras los ataques del once de septiembre. Eastwood retrata al tirano como el tirano que fue, y aunque muestra sus virtudes, como todos los avances que aporto en el campo criminalístico y que ayudaron a avanzar a pasos agigantados en un terreno que antes era bien endeble, tampoco le tiembla la mano a la hora de mostrar a ese mismo Hoover riéndose a carcajada limpia de la carta que recibe la Sra. Roosevelt de una amante femenina, el que cuando recibe una amenaza de Bobby Kenneddy le habla con gran elegancia de ciertas grabaciones de su hermano en compañía femenina o tratando de boicotear el premio nobel de la paz de Martin Luther King tratando de sacar a la luz ciertas grabaciones con una jovencita, pero más allá del tirano hay un ser humano, y es ahí realmente dónde Eastwood escarba hasta el fondo.

El Hoover de Eastwood es un personaje freudiano, un niño de mama con la que compartirá la vida mientras esta siga viva, un personaje atormentado por culpa de una educación represora y que en una de las más lacerantes escenas de la película sufre cuando su madre le dice que prefiere un hijo muerto a un narciso vivo. En su vida personal es un completo fracasado, tendrá la necesidad de pedir matrimonio a Helen Gandy, y aunque está le rechacé se convertirá en algo más que su secretaria durante toda la vida, una confesora y uno de los pocos brazos que se le tenderán como apoyo. Lo único que cambiará la vida personal de Hoover será la llegada de Clyde Tolson, con el que durante toda la vida compartirá comidas, vacaciones, y prácticamente todo menos la cama. Eastwood retrata esa relación platónica con mimo y cuidado, haciéndola prácticamente el epicentro de la película, el amor que Hoover siente por Tolson es fuerte, pero es incapaz de demostrarlo o de salir del armario por culpa de la represión que le ha tocado vivir. Por culpa de esas ideas conservadoras que le atormentan rechazará y amenazará a Tolson en el único momento en el que éste se atreva a besarle, y únicamente estando sin ninguna compañía será capaz de expresar su amor. Una represión sexual en todos los sentidos venida por la cercana unión con su madre, que verá su punto más terrorífico en una bella escena en la que el protagonista se trasviste mirándose en un espejo que actúa como silencioso confesor. Lo que también parece bastante claro es que era sin duda éste es el Hoover que Eastwood ansiaba narrar, así la elección de Dustin Lance Black para escribir el libreto, activista gay y guionista también del Milk de Van Sant se convierte en una elección bastante lógica y acertada.

Eastwood consigue así la firmeza para traspasar la frontera del tirano y enfrentarse cara a cara con un ser humano frágil, vulnerable y cargado de miedos, lo hace sin contemplaciones y sin caer en el sensacionalismo y lo hace sobre todo desde el punto de vista del propio J. Edgar que salta al pasado mientras que narra su historia a jóvenes mecanógrafos para que la escriban, lo que lo convierte en un retrato voluntariamente idealizado, que casi nunca se corresponde a la realidad, porque realmente eso es lo que el propio Hoover llega a creer que pasó, y tan solo cuando recibe una bofetada de su inseparable Tolson es capaz de despertar, alejándose también de esta forma del documento biográfico para acercarse más a un punto cinematográfico. Este Hoover no sería una película tan redonda de no ser también por su protagonista, un Di Caprio que cada película que suma en su currículum es un agigantado paso hacia delante y aquí, más allá de las capas de maquillaje necesarias para resucitar a Hoover, destaca una cuidada y matizada interpretación que en cierta forma nos puede recordar a su Hughes, aunque en esta ocasión se encuentre mucho menos excedido que en la película de Scorsese. J. Edgar es simplemente otra de las muchas obras maestras que pueblan en la carrera de Clint Eastwood, una película que tiene aroma de cine clásico, pero con todas las ventajas del cine actual.(EL SEPTIMO ARTE).

Nota: 9


J. Edgar es un gran trabajo de Eastwood y Di Caprio, un puzzle que aborda la compleja vida privada del temido director del FBI. 
Clint Eastwood vuelve al terreno de lo biográfico, en el que suele pernoctar de vez en cuando con desiguales resultados, pero donde siempre consigue encontrar una forma de desarrollar el biopic desde una visión personal como autor, en lugar de dejarse atrapar por las claves de un género habitualmente alambicado y propenso al melodrama facilón. Nunca han sido esos defectos de los trabajos biográficos acometidos por Eastwood y no lo son tampoco en esta ocasión. De hecho, J. Edgar constituye, en opinión de quien esto escribe, uno de los mejores trabajos del director en ese terreno del biopic, facilitado, cierto es, por el protagonismo de uno de los mejores actores norteamericanos de los últimos tiempos, Leonardo Di Caprio, que demuestra con esta recreación del personaje de J. Edgar Hoover que puede con todo, incluyendo kilos de maquillaje que en otros casos han ahogado o agotado el talento de muchos de sus compañeros. Di Caprio consigue imprimir su talento y su personalidad interpretativa al personaje incluso cuando tiene que soportar la máscara del maquillaje como compañera de trabajo, demostrando que incluso sometido a tal ceremonia de travestismo su talento y su energía para componer un personaje prevalecen y sobreviven en mejores condiciones que las mostradas por alguno de sus compañeros en circunstancias similares (por ejemplo Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button). Es tal el despliegue del actor en esta película que me ha llevado a pensar que podríamos definir a Di Caprio como una especie de híbrido en el que se mezclan características de Robert De Niro con elementos y la apariencia de Robert Redford. 
Por otra parte J. Edgar no es un monólogo de Di Caprio y conviene tener presentes a la hora de repartir méritos en su faceta interpretativa al  modélico trabajo que desde la sencillez y el mínimo tiempo en pantalla imprimen en la película tres muletas esenciales para hacer aún mucho más sólida la construcción del protagonista. Me refiero a la labor aparente más modesta, pero igualmente brillante de Naomi Watts en el papel de Helen Gandy, la abnegada secretaria, confidente y fallida compañera sentimental del protagonista, y Armie Hammer como Clyde Tolson, el amante oculto. A ellos hay que añadir a Judi Dench en el papel de la madre de Hoover, que constituye el personaje más enigmático e incluso inquietante de la trama.
Eastwood ha construido su repaso a los cincuenta años de ejercicio de poder en la sombra de J. Edgar Hoover sumido inevitablemente en la ambigüedad, lo que sin duda afecta a los resultados de su película, algo desequilibrada en algunos aspectos que ahora explicaré, pero en todo caso por la parte positiva destaca primero su trabajo fluido y elegante en la utilización de los flashback, que son la columna vertebral narrativa de esta especie de película-puzzle. Ciertamente se echa en falta una mayor atención a los personajes y temas históricos en los que estuvo envuelto el personaje principal, de modo que pasamos por asuntos trascendentales de la historia del siglo XX casi sin enterarnos, y cuando aparecen en la pantalla personajes como Eisenhower, Franklin Roosevelt, el aviador Lindbergh o Robert Kennedy, apenas nos enteramos. Pero eso tiene su explicación en la manera en la que Eastwood ha pensado desarrollar esta película, que como toda biografía le presentaba la misma disyuntiva o cruce de caminos: ¿Desarrollar el entorno histórico o desarrollar la vida privada del protagonista? Obviamente la primera opción es más propicia a una miniserie televisiva, siendo la segunda más interesante para el director en su aproximación en clave de largometraje. Eastwood ha respondido a esa elección como era de esperar: tirando por los personal, como ya hizo en otros biopics de su filmografía, en Cazador blanco, corazón negro, Banderas de nuestros padres, Invictus… Incluso cuando abordó un asunto presuntamente épico como el de Cartas desde Iwo Jima, la experiencia personal del general japonés Kuribayashi y sus hombres le ganó la partida, de manera brillante, al cine bélico propiamente dicho. Era de esperar, por tanto, que en su abordaje de la vida de J. Edgar Hoover, Eastwood dedicara más atención a la vida privada del personaje que a su vida pública, por lo que a nadie que sea mínimamente conocedor de la filmografía de este director puede extrañarle que no nos haya regalado una especie de variante de Enemigos públicos de Michael Mann mezclada con algo parecido a JFK de Oliver Stone. El trabajo de Eastwood como director no va por ese camino. 
Dentro de su propia línea de trabajo como director/autor, Eastwood obra con coherencia construyendo J. Edgar como un retrato  privado del protagonista, remontándose a sus primeros tiempos de juventud peleona contra el Comunismo en Estados Unidos y destacando con notable economía narrativa y sin exageraciones melodramáticas que sobrecarguen el relato su obsesión por la información y el control del poder a través de la información. El detallismo y su visión casi mesiánica de cómo mejorar el sistema policial y de vigilancia de las fuerzas del orden en los Estados Unidos forma parte de la trama tanto como la deshumanización que ello conlleva, describiendo a Hoover como una especie de iluminado empeñado en una cruzada personal donde inevitablemente acaba saliendo también a flote la megalomanía. 
Hay varias escenas ejemplares por su belleza estética y su plácida eficacia visual y narrativa que son las que me llevan a considerar muy favorablemente esta película ya  ponerle esas cuatro estrellas que luce más arriba. 
Podríamos decir que la parte fundamental de la película se desarrolla esencialmente en una especie de paréntesis marcado por dos secuencias que desarrollan ese cruce entre lo sentimental  o lo privado y la imagen pública.  
La primera es esa interesante secuencia romántica truncada que tan elocuentemente define el conflicto esencial de la vida de Hoover, una vida deformada por la discrepancia entre lo público y lo privado. Me refiero a la cita en la biblioteca con el personaje de Helen Gandy que interpreta Naomi Watts. 
La segunda es una secuencia mucho más sencilla, pero igualmente definitoria del tema que menciono: el momento en el que vemos a Hoover junto a Clyde Tolson, ya ancianos, formando una pareja en las carreras de caballos. 
Ambos momentos consiguen meternos de lleno en esa vida extraña que llevó J. Edgar y que Eastwood ha reconstruido en mi opinión con una notable eficacia en su película.  Cierto es que para entrar en esa parte personal ha descuidado la parte histórica y política del relato, y no es menos cierto que se ha visto obligado a nadar entre dos aguas para intentar ofender lo menos posible en lo referido a la homosexualidad del protagonista, pero incluso en este último asunto creo que ha hecho un excelente trabajo de normalización sin caer en la trampa del morbo fácil o la explotación sesgada de las peripecias de alcoba del protagonista. 
Eso sí, en el caso de que alguien quiera conocer más de la época y las conspiraciones y maneras de manejar el poder de J. Edgar Hoover, tendrá que leerse uno o vario libros, lo cual tampoco es nada malo, dicho sea de paso. (ACCION DE CINE).


Con la complicidad del guionista Dustin Lance Black, que ya estuvo detrás de la notable Mi nombre es Harvey Milk (Gus Van Sant, 2008), Clint Eastwood parece haber tomado el camino más difícil a la hora de afrontar la figura de J. Edgar Hoover: en lugar de someter a uno de los iconos más odiados de la reciente historia americana a un juicio feroz e inapelable, el cineasta construye la ilusión de proporcionar al personaje (esquivo, opaco y con más esqueletos en el armario que un castillo de novela gótica) la posibilidad de formular su propia apología, de contar su hipotética versión de una historia que transcurre en las cloacas del poder.
El resultado es una película quizá antipática, pero también compleja, fascinante, llena de capas. La demoledora elipsis que pasa del aparente flirteo entre Hoover y Helen Gandy a la crepuscular realidad de sus roles futuros es tan solo uno de los eficaces golpes de efecto de una película que indaga en la torturada sexualidad del personaje de manera suficientemente explícita, pero esquiva con habilidad el morbo y acaba hablando de algo más profundo: la construcción de una .(FOTOGRAMAS).

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