Seguidores

lunes, 16 de enero de 2012

LA CHISPA DE LA VIDA




Película: La chispa de la vida. Dirección: Álex de la IglesiaPaís: España.Año: 2011. Duración: 98 min. Género: TragicomediaInterpretación: José Mota (Roberto), Salma Hayek (Luisa), Blanca Portillo (Mercedes), Juan Luis Galiardo (alcalde), Fernando Tejero (Johnny), Manuel Tallafé (Claudio), Santiago Segura (David Solar), Antonio Garrido (Dr. Velasco), Carolina Bang (Pilar Álvarez), Joaquín Climent (Javier). Guion: Randy FeldmanProducción: Andrés Vicente Gómez y Ximo Pérez. Fotografía: Kiko de la Rica. Montaje: Pablo Blanco.Dirección artística: Arturo García y José Arrizabalaga. Distribuidora: Alta Classics.Estreno en España: 13 Enero 2012Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.


En “La chispa de la vida” conoceremos la historia de Roberto, un publicista en paro que queda atrapado en un accidente de manera que nadie se pone de acuerdo en la manera de rescatarlo. Una situación absurda y dramática que llama la atención de los medios de comunicación, que convierten la tragedia en un espectáculo. En semejante tesitura, Roberto decide sacar partido y vender la exclusiva para solucionar para siempre los problemas económicos de su familia.


Roberto es un publicista felizmente casado, con dos hijos, y el creativo que inventó el lema "La chispa de la vida" para Coca-Cola. Pero está en paro, y a pesar de su valía nadie se fija en él. Tiene la esperanza de que su antiguo jefe en la agencia que le dio su momento de gloria le acoja, pero nada. Desesperado, toma el coche medio zombie hasta Cartagena, y se cuela en el Teatro Romano donde antaño estuvo el hotel donde celebró su luna de miel. Terminará accidentado en una situación en que su vida pende de un hilo, y donde las televisiones de todo el mundo están pendientes de su suerte.
Álex de la Iglesia parece haberse inspirado en dos fuentes absolutamente reconocibles: El gran carnaval, grandísima película de Billy Wilder, y la aventura real de los mineros chilenos acontecida en 2010, seguida por personas de todo el mundo del planeta, y citada expresamente en el film. La actual situación de crisis económica, más el fichaje de un cómico con la gracia natural de José Mota y una actriz glamourosa como la mexicanaSalma Hayek son otros sabrosos ingredientes para una película que prometía mucho más que lo que da. La sensación que transmite es la de un rodaje apresurado, con cierta escasez de medios, aunque justo es reconocer que el cineasta se esfuerza en sacar partido a los vistosos escenarios de las Torres de Madrid y el Teatro Romano.
Es obvio que el punto de partida de esta tragicomedia tiene gancho, aunque no sea original. Y que la crítica a la deshumanización de la empresa y los medios de comunicación es acertada y necesaria en los tiempos que corren. Además hay momentos con chispa, si se nos permite la expresión del título, que despiertan la sonrisa. Pero dicho esto no se puede dejar de señalar que la narración resulta algo tosca, todo es muy obvio y repetitivo. Ver por ejemplo a Fernando Tejero repetir al menos tres veces un gesto de OK como agente despiadado, o a Juan Luis Galiardo excusándose una y otra vez como alcalde tratando de salvar su trasero cansa. Y el prólogo hogareño de Mota y Hayek es larguísimo y ralentiza que entremos rápidamente en harina.(DE CINE 21).



La chispa de la vida: Álex de la Iglesia vuelve al camino de La Comunidad con el humor negro como compañero de viaje.
Esperpento y sátira de dan la mano en una película que sirve como espejo de una España que me recuerda las comedias escritas por Rafael Azcona y dirigidas por el maestro Berlanga y por Marco Ferreri, El verdugo, Plácido, El Pisito, El cochecito… Si La Comunidad era heredera brillante de todas ellas, su director vuelve al mismo territorio consiguiendo que la sonrisa se nos cambie en rictus amargo con su último trabajo, donde realiza un trabajo de equilibrista de las emociones llevándonos desde la sonrisa nerviosa al vernos reconocidos en ese espejo de miserias nacionales que son algunos de sus personajes, hasta el nudo en la garganta cuando nos identificamos con el protagonista, interpretado con esforzada sinceridad y una destacable humildad por un José Mota en pleno trabajo de exploración de nuevos caminos.
Mota a ratos me recordó el viaje como actor del inolvidable Cassen, un maestro con el que aquí comparte esa capacidad para representar sin arrebatos de estrella el calvario del antihéroe al estilo hispano, siempre maltratado por el estigma maldito que nos persigue desde los tiempos del Cid Campeador, del que no por capricho se decía: qué buen vasallo… si tuviera buen señor. Estrella de la parrilla televisiva de los viernes con su programa de humor en la primera cadena de Televisión Española, está acompañado en La chispa de la vida por una inmensa Salma Hayek que se agiganta a medida que avanza la trama y en algún momento me recordó a Ana Magnani, trayendo a esta fábula un saludable aire neorrealista.
Junto a ellos, Álex de la Iglesia aborda con singular astucia un complejo trabajo con una incombustible legión de actores de reparto, nunca secundarios, porque además cada uno tiene su momento para lucirse y su propio conflicto desarrollado en un segundo plano de la historia principal, dejando flecos interesantes en la historia que invitan al espectador a imaginar el futuro de esas otras piezas del puzle. Proporciona así mayor verosimilitud a la situación narrada por la película, aportando el tapiz del esperpento que envuelve como un manto a la pareja de antihéroes protagonista. Políticos, médicos, vigilantes, periodistas, mirones, mercaderes siniestros de la miseria ajena, tratantes en despropósitos y pícaros de toda laya se constituyen en  espejos de cuerpo entero de una sociedad que tiene tendencia hacia lo miserable, pero en la que el director intenta rastrear ligeros ejemplos de dignidad e incluso la redención de algún que otro personaje… sin dejarse arrastrar por un optimismo imbécil.
El punto de partida puede recordar El gran carnaval, dirigida por Billy Wilder y protagonizada por Kirk Douglas, pero Álex de la Iglesia no tarda más de dos minutos en hacer totalmente suya esa propuesta de arranque, en primer lugar tomando la decisión fundamental de narrar la historia convirtiendo en protagonista a la víctima y no a su explotador, como en su momento hiciera Wilder, añadiendo luego esa mirada de humor negro que me recuerda al trío Azcona/Berlanga/Ferreri, pero sobre todo rasgos familiares de la parte de su filmografía que le ha dado otra vuelta de tuerca a las figuras de pícaros y antihéroes al estilo español y entre los cuales puede colarse en cualquier momento un personaje que parece haber escapado de las páginas de la revista El Víbora para apuntarse a esta fiesta del disparate. La chispa de la vida, justo es decirlo tras aludir a sus antecedentes cinematográficos, tiene también cierto aire visual siniestro que recuerda las pinturas negras de Goya.
Lo que en mi opinión hace el director con esta película es volver a un camino que domina, como demostró en La Comunidad, dándole otra vuelta de tuerca y acercándose hasta los límites de su propia visión personal e intransferible del esperpento español.
Pero dejando al margen todo esto, la película tiene el acierto de poner sobre la mesa, en mi opinión con una buena dosis de agallas y sin dulcificar el asunto en clave de farsa, el tema del paro y la facilidad con la que esta sociedad secuestrada por el miedo nacido del pretexto de la crisis está demoliendo las vidas de profesionales de todas las edades, pero muy especialmente de veteranos de probada eficacia que son echados a la cuneta laboral a golpe de ERE o similar después de años prestando solventes servicios a sus empresas. Conozco a varios compañeros en esa situación, puestos en la calle con 40 o 50 años con la única explicación de: “la crisis”.  El laconismo es algunas veces atroz. Estoy convencido de que en unos años alguien reparará en que si algo define estos tiempos que ahora vivimos es ese disparatado desperdicio de recursos y talentos en la época más productiva de muchos profesionales especializados. A la larga será un factor de empobrecimiento de muchas empresas cuyos directivos de contrato blindado se muestran hoy despreciablemente ufanos por prescindir de sus veteranos para apañar la plantilla ahorrándose cuatro duros que luego las más de las veces no irán a ningún sitio.  Algo hay de todo ello también en La chispa de la vida, que además no pacta con el espectador componendas poéticas de vía estrecha, discursos humanistas a contrapelo o finales complacientes.
No están los tiempos para tragar con más gilipolleces.(REVISTA ACCIÓN).



A favor, por Ricardo Aldarondo
Lo tenía todo en contra (esa pareja protagonista y ese título auguraban comedieta insustancial), pero en una pirueta inesperada Álex de la Iglesia ha completado una película contenida y equilibrada, descarnada pero sensata. Esta vez no apuesta todo al desmadre final, pues no lo hay. En su lugar, un desenlace que lleva a la vía dramática y que habla de la dignidad y la implicación personal en lugar de hacer explotar el circo. El humor negro, que lo hay contra políticos, banqueros y televisiones sin corazón, también encuentra su reverso amable en múltiples detalles que van reiventando continuamente la situación inicial (un parado que se convierte en espectáculo televisivo), mientras va creciendo la terrible historia de un hombre normal. La referencia a 'El Gran Carnaval' (1951), de Billy Wilder, es evidente, pero, como el propio De la Iglesia señala, la diferencia es importante: aquí es la propia víctima la que pide ser fagocitado por los medios para tratar de salvar su vida. Evitando chistecitos por parte de José Mota y sacando de él una excelente interpretación, el bilbaíno demuestra que puede mantener intacto su sello, con un film abiertamente comercial y asequible.
En contra, por Jordi Costa
En las páginas de 'La bestia anda suelta', de Marcos Ordóñez, Álex de la Iglesia se lamentaba de la dificultad de romper con las expectativas del público, de la imposibilidad de rodar la sorprendente película en la que Resines se carga a Santiago Ramos a la media hora. La chispa de la vida, sorprendente película en la que, a la media hora, un hierro se clava en la cabeza de José Mota, el cómico mainstream del momento, es lo más cerca que su cine ha estado de ese gesto radical. Por desgracia, también su película menos enérgica. En el primer tramo de esta comedia negrísima que va perdiendo sátira hasta quedarse en drama vocacionalmente feroz, De la Iglesia parece tantear registros inéditos en su carrera (el recorrido kafkiano por la agencia publicitaria, con sus insistentes curriculums y la implacable entrevista final), pero no tarda en imponerse la exasperante brocha gorda. Con ecos del 15-M que parecen pura ocurrencia de posproducción, la película denota cuál es la gran asignatura pendiente de su director: el manejo de la sutileza y la ambigüedad.(FOTOGRAMAS).

No hay comentarios:

Publicar un comentario