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viernes, 24 de febrero de 2012

LA INVENCIÓN DE HUGO






Película: La invención de Hugo. Título original: Hugo. AKA: The invention of Hugo Cabret. Dirección: Martin ScorsesePaís: USAAño: 2011. Duración:128 min. Género: AventurasfantásticoInterpretación: Asa Butterfield (Hugo Cabret), Chloë Grace Moretz (Isabelle), Ben Kingsley(Georges Méliès), Sacha Baron Cohen (inspector de estación), Jude Law (padre de Hugo)Christopher Lee (Sr. Labisse), Richard Griffiths, Ray Winstone (tío Claude), Emily Mortimer (Lisette). Guion: John Logan; basado en el libro “La invención de Hugo Cabret”, de Brian SelznickProducción: Johnny Depp, Tim Headington, Graham King y Martin Scorsese. Música: Howard ShoreFotografía:Robert Richardson. Montaje: Thelma Schoonmaker. Diseño de producción: Dante Ferretti. Vestuario: Sandy Powell.Distribuidora: Paramount Pictures SpainEstreno en USA: 23 Noviembre 2011. Estreno en España: 24 Febrero 2012. Calificación por edades: Apta para todos los públicos.


En “La invención de Hugo” conoceremos a Hugo, un niño huérfano, relojero y ladrón que vive entre los muros de una ajetreada estación de trenes parisina. Nadie sabe de su existencia hasta que le descubre una excéntrica niña junto a la que vivirá una increíble aventura.


.......La cinta, sin embargo, no vive sólo de la nos­talgia. El 3D, por una vez, no es un me­ro capricho y, aparte de ser utilizado con una fluidez asombrosa, es la guinda del pas­tel al tributo diseñado por Scorsese. Cuan­do la vean, lo entenderán, pero ya les ade­lanto que La llegada del tren, de los herma­nos Lumière, cobra un nuevo significado. Y luego el diseño de producción de Dan­te Ferretti, el montaje de Thelma Schoon­maker (por cierto, la viuda de Mi­chael Powell) y la música de Howard Sho­re son simplemente lo mejor del año en ca­da apartado. Todos ellos tienen ya por lo me­nos un Oscar, pero se merecen otro. Y Scor­sese, con permiso de Terrence Malick, tam­bién.
Si algo hay que achacarle a la película es lo mucho que se recrea el guión en la prime­ra media hora en contar las correríasdicken­sianas del niño protagonista (muy presentes en el equívoco tráiler), cuando después queda claro de qué va realmente la his­toria. Aunque de alguna manera tenía que justificar el realizador que estaba rodan­do una película infantil.(FILA SIETE).



La invención de Hugo es la primera obra maestra del cine en 3D. Scorsese recupera la magia de los pioneros del cine.
Dirigida por un Martin Scorsese que recobra los mejores recursos de su talento y vuelve a brillar como cineasta a una altura que no le conocíamos en los últimos tiempos, la adaptación del libro de Brian Selznick Hugo Cabret ha sido una de las más gratas sorpresas del año en lo referido a cine. Y no es casualidad que forme pareja con The Artist en la competencia por los Oscar, ya que ambas tienen muchas cosas en común en cuanto a tono, argumento y celebración. Lo que ocurre es que simplemente rinden homenajes a etapas distintas del cine, y eso se refleja en el alma de estas dos producciones condenadas a verse las caras en el próximo reparto de estatuillas de la Academia de Hollywood. Lo que tienen en común es que en las etapas retratadas los protagonistas son los mismos: los juguetes rotos del cine, ya sea por la llegada del sonoro, caso de The Artist, o por el final de la era mítica de juguete tecnológico y maravilla de feria, complemento de trucos de magia, que conocieron los pioneros del cinematógrafo y terminó con la llegada del concepto del cine como industria impuesto por Pathé en el caso de La invención de Hugo, aunque en un permisible alarde arrebato poético de moralina un tanto oportunista, única pega que le veo a la película, Scorsese explique ese final de la era “mágica” e ingenua de los pioneros eligiendo la Primera Guerra Mundial como villano esencial de su historia, en lugar de explicar que el trabajo fundamentalmente artesanal con coloreado a mano y producción lenta de nuevos títulos de Méliès le situó fuera de juego y le complicó la vida frente a la nueva ola de mercaderes y trabajadores del cine que llegaron dispuestos a convertir el juguete en una máquina de producción en cadena. Dicho sea de paso, la Primera Guerra Mundial, que tiene una presencia muy curiosa como trasfondo y origen de algún que otro personaje y situaciones fundamentales en la trama, es un punto en común con otro título reciente de otro cineasta norteamericano destacado en el relevo generacional que se operó en Hollywood en los años setenta. Me refiero a Steven Spielberg y su fordiano viaje a dicho conflicto en War Horse…
Lo primero que hay que aclarar es que en La invención de Hugo en ningún momento vamos a encontrar una película de acción trepidante al estilo de Harry Potter, vaya eso por delante para que el personal no se despiste y vaya más informado a los cines a ver esta maravilla cinematográfica. Ahora bien, eso no significa que la película no contenga algunas de las escenas visualmente más impresionantes que vamos a ver este año en una pantalla grande. Cuanto más grande mejor, por cierto, porque por primera vez la excelente utilización técnica del cine en tres dimensiones, que ya encontramos en Avatar, está puesta al servicio de una historia, un desarrollo de la trama y unos personajes sólidos, interesantes, que te enganchan desde el principio, y también desde la primera secuencia se comprende por qué Scorsese tenía que rodar esta película en 3D. Al contrario de lo que ocurre en otras muchas producciones que aplican lo tridimensional como mero reclamo para la taquilla o simplemente lo explotan tarde y mal para adornar o disimular una pobre oferta cinematográfica que incluso saldría ganando permaneciendo en el mundo de las dos dimensiones, al que realmente pertenece, el 3D se integra de forma eficaz no sólo como herramienta para meternos de cabeza en el impresionante y mágico mundo de Hugo, sino que además forma parte del propio espíritu del relato que se nos está contando. ¿Cómo? A través de su capacidad para crear magia visual, que vincula el uso de la tridimensionalidad en las mismas claves de fabricación de imágenes y ensoñaciones a través de los dioramas o los troquelados que poblaron la infancia de quienes, por pertenecer a una generación anterior al vídeo casero y los videojuegos, recibimos una dosis de ocio y entretenimiento sin duda más escasa de medios técnicos y financieros, pero me temo que mucho más rica en imaginación y por tanto mucho más eficaz a la hora de potenciar nuestra todavía virginal imaginación infantil. 
Los dioramas y los troquelados están íntimamente ligados a la manera en la que el personaje de George Méliès concibe el cine según establece una de las frases más destacadas del diálogo de la película: como una fábrica de sueños. Ese concepto, manido y aplicado de manera torticera y con abundante dosis de sarcasmo incorporado al Hollywood de la era dorada, era mucho más coherente para señalar, sin intenciones de doble sentido o sarcasmo cínico el trabajo de los cineastas pioneros poseídos por todo el entusiasmo de la infancia del cinematógrafo. Con ellos comparten las producciones de Méliès que Scorsese homenajea en un fragmento de su película una serie de cualidades esenciales que posiblemente el avance tecnológico le ha estado robando al cine en los últimos tiempos, empezando por la inocencia, siguiendo con la imaginación y finalizando con la contemplación del cine como magia. Las “películas de trucos” de Méliès que inspiran el alma de La invención de Hugo estaban repletas de una poesía visual que entronca perfectamente con la manera de ver el mundo que predomina en la infancia, tocada esencialmente por la ingenuidad pero también por una imaginación tan desinhibida e incluso diría yo que temeraria como la que exhibe la propia película de Scorsese. Es eso lo que convierte a La invención de Hugo en un soplo de aire fresco en el entorno un tanto estancado en la repetición, lo previsible y el agotamiento de algunos géneros y fórmulas que es el cine de nuestro tiempo: la película es una forma de homenajear y al mismo tiempo reintegrarnos a la infancia del cine, y  por ello necesita el 3D como aliado esencial, pero un 3D que no se impone a los verdaderos valores e intereses del gran cine, a las claves esenciales con las que se fabrican los clásicos de la pantalla grande. Muy al contrario: por primera vez desde hace mucho tiempo, el avance tecnológico renuncia al protagonismo casi absoluto y se convierte simplemente, nada más y nada menos, que en una maravillosa herramienta para contar historias.
Lo que ha rodado Scorsese es una historia de aventuras e iniciación que entra más en el terreno de Mark Twain con cierta mezcla que acerca algunos momentos a Charles Dickens. Estos referentes literarios esenciales en La invención de hugo se completan con el inevitable y esencial Julio Verne. Pero cada una de estas fuentes de inspiración, que no por ser literarias lastran de manera alguna la personalidad eminentemente cinematográfica de la película, opera de forma distinta y sobre una sección diferente de La invención de Hugo. El encargado de introducir esos referentes literarios en la historia es el librero al que da vida, en una interpretación breve pero magistral, Christopher Lee.
En los méritos de la película hay que apuntar también la novedad y cambio de registro que supone en la filmografía de su director, el acierto de un reparto que tiene en Ben Kingsley un trabajo interesante, pero además incorpora a un Sacha Baron Coen cuyo papel puede servir como ejemplo de los muchos matices que encierra la película trabajando desde lo sutil y lo elegante. El actor lidia como un maestro con la ambigüedad de su personaje, reclutado  al mismo tiempo como amenaza de villano que se expresa por la vía del tópico y homenajea a los malos del cine mudo por un lado y por otro desarrollado brillantemente como recurso cómico (ojo a los diálogos telefónicos, dignos algunos del mismísimo Groucho Marx), llegando además a desdoblarse incluso en antihéroe romántico que recuerda al soldadito de plomo del cuento…
Ese personaje, como digo, es una muestra del amplio arco de propuestas que nos hace Scorsese en esta maravilla que además puede disfrutar público de todas las edades.
Miguel Juan Payán (ACCIÓN DE CINE).




Es curioso que hayan coincidido en el tiempo sendos homenajes tan evidentes, románticos y sinceros a las raíces de ese incipiente arte que se abría paso como tal a principios del siglo pasado como 'The Artist' y 'La invención de Hugo'. Y más curioso resulta todavía que precisamente este homenaje que rinde cada una de ellas a su manera, esta dependencia, sea la losa que en parte impida a las dos auparse aún más arriba de lo que sus inmejorables intenciones merecerían. No, no es que ninguna de las dos sean malas películas -Dios me libre siquiera de insinuarlo-, sino que en ambos casos, y a los ojos de un servidor, es tanto el respeto y las ganas de venerar por parte de sus responsables a un cine "de antes" que en cierta manera se olvidan de que forman parte del cine "de ahora" para elaborar dos discursos que presentan muy buenas maneras y son sumamente interesantes, si, pero carentes de esa misma magia que tanto evocan al no saber ir más allá de dar forma a estos arrebatos de nostalgia cinematográfica, de ese referencialismo que si bien para el demográfico más cinéfilo será toda una declaración de amor a la que corresponder sin dilación y con efusividad... ¿qué pasa con aquellos que ven el partido sin necesidad de ser de ninguno de los dos contendientes?  

Para que lo dicho al principio no se malinterprete lo vuelvo a decir, 'La invención de Hugo' es un filme sumamente interesante (y por ende siempre recomendable)... si bien ni es una producción tan redonda como pueda parecer ni una producción tan buena como nos gustaría creer, y en algunos casos, hacer creer. Al igual que ocurre con el 'J. Edgar' de Clint Eastwood puede que sea quizá parte de nuestra ambición la que nos impida apreciar sin objeción los indudables valores artísticos (y hasta morales) del nuevo trabajo de Martin Scorsese para poder hacer caso omiso a ese maldito pero, a esa maldita alimaña pendenciera que, más para nuestra desgracia, crece en nuestro interior cual alien diseñado por H.R. Giger con la intención de reventarnos el pecho que alberga ese corazón que tanto nos gustaría ceder a cada película que así se lo haya ganado. Scorsese oposita con ganas para ello con 'Hugo' aunque sea más por fuerza que maña, más por evocar que rubricar, sin lograr romper esa coraza que nos envuelve salvo en momentos determinados (y muy ocasionales - véase la indiferencia que provoca el flashback protagonizado por Jude Law). Y es que incluso todo un maestro como él puede pecar de novato en un terreno que le es más familiar -¿y propicio?- a cineastas como Tim Burton o Steven Spielberg, este último capaz de darle una lección de cómo y cuándo conectar emocionalmente con la audiencia (para todo aquel que así lo desee) con ese 'Caballo de batalla' sin perder el rumbo ni aun en el fragor de la batalla. 

Dejando de lado lo mejor de la película -su excelente capacidad técnica y su brillante reparto-, a lo que en todo caso volveré luego, 'Hugo' podría haber sido una excelente película... podría, más no lo es. Se disfruta, pero no cautiva, y a pesar de su tono dulzón deja tras de sí la amargura de la ocasión perdida, de que un clásico moderno podría haber nacido por derecho propio (y no por impostura). Y no es tanto por la excelente labor y puesta en escena de Martin Scorsese tras las cámaras como por la falta de emoción que desprende el difuso guión de John Logan cuya narrativa, heredada del respeto hacia la obra original, transita dando tumbos hasta llegar allí donde quería llegar de inicio, el citado homenaje tan directo y sin reservas hacia uno de los -eso sí- GRANDES de la historia del cine (aunque no seré quien escriba su nombre) que da la sensación de que gran parte de lo que se nos cuenta, por muy bien contado que este, es simple relleno de cartón piedra sin oficio ni beneficio, e incluso susceptible de ser considerado al final como un truco más digno de un embaucador que del prestidigitador que es Scorsese. Lo que empieza siendo una especie de muy acertado e interesante cuento centrado en un joven forzado a vivir oculto tras las paredes de una estación de trenes a la sombra del recuerdo de su padre va evolucionando sobre la marcha -pasando además por varias fases, tonos y posibilidades- hasta mostrar en su tercio final otra cara sin que por ejemplo esta figura paterna aparentemente tan importante de inicio se tenga en consideración alguna de cara a una resolución que, directamente, le ignora, creando un relato en suma desequilibrado e inconsistente. 

Y es que Asa Butterfield, protagonista de partida, termina por parecer un mero espectador de su propia ficción aunque la historia en realidad se inspire... en la realidad, siendo precisamente Hugo la verdadera aportación ficticia del relato. De igual manera a lo largo de todo su metraje se intuyen más que se muestran diversas posibilidades argumentales que nunca terminan de ser planteadas, sutilezas que dirían algunos en todo caso demasiado sutiles (y más bien efímeras), y que a diferencia de por ejemplo otra fábula mucho más acertada en la que dotaban de cuerpo a la narración como 'Amélie' aquí no pasan de meras anécdotas, sirva de muestra el entorno de Hugo donde la diversa fauna habitual de la estación (magníficamente recreada) no son más que sombras sin alma -salvo el irritable personaje de Sacha Baron Cohen- caso del sin par Richard Griffiths, la dulce Emily Mortimer o ese guitarrista llamémosle X (no obstante más un cameo que otra cosa) que sucumben ante lo que no por ser el fundamento principal de la existencia tanto de la novela como de la película debe consentir que su sombra sumerja en la oscuridad al resto de los elementos que configuran su postulado narrativo (y con ello ceda toda su emotividad a una sola carta tan marcada). Porque en 'La invención de Hugo' hay muchas posibilidades pero mal encauzadas y un potencial sin explotar: tenemos algo de drama... pero no es un drama; tenemos aventura... pero no es una de aventura; tenemos algo de comedia... pero no es una comedia; tenemos algo de filme familiar... pero no es un filme familiar; tenemos algo fantástico... pero no es una fantasía; tenemos algo de cine de autor... pero no es cine de autor... siendo todo ello a la vez, una relativa indeterminación que tal vez vendría a justificar su fracaso comercial al no ser precisamente un filme fácilmente catalogable... lo que puede ser tan bueno como malo o, como en este caso, quedarse entre medias de ambas opciones.

Por lo demás, y dejando ya de lado su desequilibrio argumental para entrar de lleno en lo que sin duda es lo mejor del filme, este es todo un fascinante despliegue visual demostrando que de la confluencia de un director con talento y dinero con el que disponer de medios siempre surgen cosas (muy) interesantes. Como por otro lado es costumbre en alguien como Scorsese todos los apartados técnicos y artísticos lucen a gran nivel, sin que merezca destacar nada en particular ante el riesgo de por ello dar la sensación de que lo no citado carezca de la misma brillantez, por lo que directamente daremos por aprobado el curso con un notable de nota media y todos contentos. No obstante mención aparte merece el empleo del 3D por parte de un cineasta que sabe sumar los recursos en favor de la causa sin convertir estos mismos recursos en una causa en sí misma, pero que sin embargo como en parte sucede con todo el filme presenta una doble cara que oculta un factor negativo... aunque no necesariamente sea un defecto, o tenga que serlo. Me explico: viendo 'La invención de Hugo' era consciente del 3D porque efectivamente la película luce en 3D. ¿Cuál es el problema? Pues esa misma consciencia de estar viendo un filme en 3D... en vez de estar viendo un filme, recurso que al menos a un servidor -dejaré la puerta abierta a que pueda ser prejuicio mío- le sacaba de la película y le alejaba (aún más) de las maravillosas interpretaciones de Asa Butterfield (al que esperemos no se lo coma el niño de 'El sexto sentido'...) o Ben Kingsley, entre otros, para inmiscuirlo de lleno en una distracción artificiosa.

Mientras veía 'La invención de Hugo' todo el rato me venía a la cabeza el nombre de Tim Burton, no podía evitarlo. Y es que 'La invención de Hugo' es uno de esos proyectos que huelen desde lejos como muy propicios para ser moldeados en manos de alguien como Tim Burton. Sin embargo, en una decisión muy interesante y no tan evidente alguien pensó en Martin Scorsese de la misma manera que hay a quien se le ocurrió pensar en Ang Lee para 'Hulk', por lo que el resultado final ha pasado de ser una película (más) de Tim Burton a ser una peculiar película de Martin Scorsese. Sin menospreciar un ápice a Tim Burton (al que no obstante cabe reconocer algo agotado en su 'Alicia'), ¿es 'Hulk' una película más de superhéroes y/o es la película de superhéroes que cabría haber esperado? Igual que sucede con dicha producción 'La invención de Hugo' cabe reconocerla como un film distinto y muy particular, como una especie de juguete al que un mago de la vieja escuela ha sabido mirar de otra forma para elaborar un material que gana por cuanto, al menos formalmente, se aleja de lo convencional, en ocasiones, incluso de forma magistral. Dicho de otra forma, 'La invención de Hugo' puede ser disfrutada aunque no sea perfecta, y a la que le pierde ser tan evidente en sus intenciones como para cometer el error que nunca ha de cometer un mago, que se le vea el truco, por lo que sus buenas intenciones no logran embaucar lo que debieran para hacer brotar de ellas la emoción que sus posibilidades permitían. Por lo demás ese cohete que se estrella contra la luna tampoco era un efecto perfecto... y eso no le ha impedido sobrevivir a más de 100 años de historia. Esa es la magia del cine, y con eso no está dicho todo... pero casi.

Nota: 7.5


Lo mejor
- Su caligrafía técnica
- Asa Butterfield y Ben Kingsley

Lo peor
- Le falta esa misma magia a la que tanto evoca
- El guión, difuso y un tanto tramposo (EL SEPTIMO ARTE).




La portentosa secuencia de apertura de este film define los dos ejes sobre los que se vertebra su poderosa poética: movimiento y tiempo. O sea, cine. Es hermoso que, en su intento de hacer cine infantil, Scorsese haya filmado una carta de amor a la infancia del cine, un encendido elogio a sus motores atávicos. Su primera experiencia en 3D no solo demuestra que el asombro del espectador contemporáneo ante las nuevas tecnologías resucita el del público primitivo, sino que el cine de atracciones del Siglo XXI debe tanto a los Lumière (o al documental) como a Méliès (o al cine de ficción). Scorsese reparte sus afectos reflejándose en todos los personajes, desde el mismísimo Hugo, que ejerce de montador de su propia película con los retazos de historias que su mirada recoge en la estación de Montparnasse, hasta Méliès, al que observa como un melancólico álter ego.Pasando, también, por el académico obsesionado por preservar la calidad de una obra que podría haberse perdido para la causa de la memoria histórica. Hugo es el Dalai Lama del celuloide, y Scorsese se convierte a su religión afilando su sentido de la maravilla, como si la experimentación con el 3D, a la vez discreta y atrevida (sobre todo, en los primeros planos), le hubiera permitido nacer de nuevo como cineasta.(FOTOGRAMAS).

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