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viernes, 17 de febrero de 2012

SHAME




Película: Shame. Dirección: Steve McQueenPaís: Reino UnidoAño: 2011.Duración: 97 min. Género: DramaInterpretación: Michael Fassbender  (Brandon), Carey Mulligan (Sissy), James Badge Dale (David), Nicole Beharie (Marianne), Hannah Ware. Guion: Steve McQueen y Abi Morgan.Producción: Iain Canning y Emile Sherman. Música: Harry Escott.Fotografía: Sean Bobbitt. Montaje: Joe Walker. Diseño de producción: Judy Becker.Vestuario: David C. Robinson. Distribuidora: Alta ClassicsEstreno en Reino Unido: 13 Enero 2012. Estreno en España: 17 Febrero 2012. Calificación por edades: No recomendada para menores de 18 años.


En “Shame” conoceremos a Brandon, un hombre de treinta y tantos años que vive en un confortable apartamento en Nueva York y es adicto al sexo. Pero el ritmo metódico y ordenado de su vida se ve alterado por la imprevista llegada de su hermana Sissy, una chica rebelde y problemática. Su presencia explosiva llevará a Brandon a perder el control sobre su propio mundo.


Shame es una gran película: dura, compleja y difícil, pero imprescindible e injustamente olvidada en el reparto de nominaciones a los Oscar. 
Sospecho que, lamentablemente, a muchos los árboles no les van a dejar ver el bosque y las enormes interpretaciones de Michael Fassbender y Carey Mulligan se van a perder en la hojarasca de las escenas de sexo y desnudo que contiene la película. A pesar de todo ello, y aún siendo el tema de la adicción al sexo su punto de partida, hay que aclarar que esta película es más que un descarnado y a ratos incluso brutal paseo por la vida de un adicto al sexo. Shame es es del mismo pellejo que otras grandes fábulas urbanitas como El último tango en París de Bertolucci, Taxi Driver, de Scorsese, Posibilidad de escape, de Paul Schrader, El borracho, de Barbet Schroeder o Leaving Las Vegas y Después de una noche, de Mike Figgis. Si el espectador va buscando el morbo fácil lo mismo se contenta con las escenas de desnudo y cópula, pero está claro que cuando salga de la sala incluso los más recalcitrantes se llevarán encima un equipaje para reflexionar con el que no contaban cuando pagaron la entrada. 
Shame es película de las que se ven varias veces, y cada visionado arrojará un nuevo asunto para pensarse tranquilamente fuera del cine, cuando sus arrolladoras imágenes hayan quedado en la memoria una vez más. Pero sobre todo ello impera una impecable construcción visual y narrativa que en el caso de la primera toma a los actores como auténtica viga maestra para repartir el espacio en sus planos del mismo modo que son el epicentro para que narrativamente toda la película se edifique sobre varias secuencias largas prolongadas hasta provocar la incomodidad en el espectador, que llega a sentirse un auténtico intruso en la vida de los personajes. Es el caso de la secuencia  de la canción interpretada por la hermana del protagonista o la de la primera cita en el restaurante con la compañera de trabajo. El director prolonga esas secuencias. Esa es la clave de la verdad que maneja la película como herramienta principal para contarnos su historia hasta hacer que nos sintamos incómodos, como mirones espiando la vida ajena. Dado que la principal carencia del cine de nuestro tiempo es precisamente que le falta verdad, llama especialmente la atención que esta película haya sido tan ninguneada en el reparto de premios del presente año. Y no tengo otro remedio que pensar que el asunto tiene que ver con una moralina pacata y falsa. Una moralina hija de la farsa como ese personaje del jefe introducido en la historia de manera genial, que tras cometer adulterio y salir a ligar todas las noches, fracasando por bobo, un aspirante a Don Juan bastante inútil, dicho sea de paso, incapaz de llevarse a la cama otra cosa que no sean féminas semidestruidas o emocionalmente perturbadas, se permite el lujo plantarse a la semana siguiente delante del protagonista y reprocharle el porno que tenía en el ordenador. Es una actitud muy propia de nuestro tiempo esa de ver la paja en el ojo ajeno y olvidar la vida que tenemos en el propio, o bien pensar que nuestros vicios son pecata minuta frente a los vicios ajenos, o simplemente sentirnos protegidos de nuestro lado más oscuro por una ligera capa de barniz de moralina barata mientras el resto del personal se ahoga en sus propias angustias y no hacemos absolutamente el menor intento de entenderlos. 
Shame va más de todo eso, de esa farsa que es la sociedad de nuestros días y sus corolarios, la soledad, la incomprensión, el alejamiento, la angustia y el miedo, que de sexo. El tema de las adicciones es sólo un vehículo para introducir al espectador en la vida de un protagonista que es la encarnación misma de la insatisfacción que padecen los individuos en la sociedad de nuestro tiempo. La imagen final de la película es la mejor prueba de ello, pero antes ya nos deja la película varios momentos que van sembrando esa idea, como la prolongada panorámica sobre la carrera del protagonista en la noche, o el plano subjetivo de su mirada a las ventanas pobladas por pequeñas siluetas, seres de carne y hueso que para él parecen ser poco más que sombras practicando el juego de sus vidas como si estuvieran encerrados en su pantalla del ordenador jugando alguna variante de cibersexo exhibicionista. 
La verdad y lo auténtico, que parecen haber huido de nuestro mundo moderno a uña de caballo, desesperados por nuestra estulta entrega a los juegos de estatus social, los caprichos materiales y los juguetitos tecnológicos, vuelven a hacerse presentes en esta película en un momento como el del final, cuando el protagonista discute con su hermana o cuando sale del metro, corre por las calles y sube en el ascensor con el miedo y la culpa metidos en el cuerpo como un cuchillo que lo atraviesa. Esa verdad del dolor y el miedo, en ese momento de la trama, son el recordatorio perfecto de que la película, como la propia vida, es mucho más que un juego exhibicionista relacionado con el sexo o con cualquier otro juguete que se nos pueda ocurrir utilizar en nuestro tiempo de ocio. 
Estamos en un mundo que nos ha convertido a todos en adictos a una u otra cosa, en coleccionistas de cosas en lugar de coleccionistas de momentos, en cobardes que se han replegado al territorio de la ciberfantasía del ordenador o mantienen relaciones estrictamente profesionales de intercambio mercenario con los otros. Todo eso por miedo a aceptar responsabilidades, a arriesgarse a todo lo bueno y lo malo del contacto real con los otros, a dejar atrás el refugio cómodo pero inevitablemente infeliz de la ficción en que muchos han convertido sus vidas. 
Habitantes de un mundo de mentiras y máscaras, nadie quiere aceptar la realidad ni siquiera cuando le muerde el culo, de ahí que esta película con tantos momentos de verdad intensa e incómoda –recuerdo ahora mismo otro: el tema New York New York interpretado a cappella por Carey Mulligan-, pueda resultar turbadora. Es lógico si contemplamos a la hermana como el detonante de las emociones, sentimientos y supuestas debilidades que el protagonista ha intentado reprimir. 
El sexo no es más que la herramienta que utiliza el protagonista para rellenar los huecos que deja en la vida cotidiana del protagonista el sentimiento atroz de soledad, la angustia de ese tipo de soledad al mismo tiempo buscada y temida y odiada. 
Y sobre todo ello, una demoledora frase de Sissy que quizá acabe definiéndonos a todos si las cosas siguen por el mismo camino: “No somos mala gente. Venimos de un lugar malo”. 
No me extraña que no hayan querido nominarla a los Oscar. Tiene demasiada verdad, demasiado dolor y demasiadas agallas para incluirla en esa fiesta.(ACCIÓN CINE).



Una de las películas que más esperaba del año y no me ha defraudado nada. El director, Steve McQueen, realiza un análisis del comportamiento de un adicto al sexo, que solo vive por el sexo. Éste personaje está encarnado por uno de los actores de moda Michael Fassbender ('X-Men: Primera generación', 'Un método peligroso') que desempeña el papel de su vida, se muestra totalmente metido en la piel de su personaje y realiza una actuación fantástica. Entre el resto del reparto cabe destacar a Carey Mulligan ('Drive', 'Nunca me abandones'), que interpreta a la hermana de Fassbender en la ficción.


La dupla McQueen-Fassbender ya había realizado un trabajo previo, Hunger, y es imposible no comparar ese trabajo con el nuevo. Tanto la realización, esos planos estáticos y a la vez tan impactantes, como la intensidad a la hora de mostrarnos una historia desgarradora. En Hunger, la vida en la cárcel desde el punto de vista de los prisioneros del IRA y en Shame, el día a día de un adicto al sexo que tendrá que replantearse su forma de vida. En el apartado de premios, la película debido a su controvertida temática no ha recibido mucho reconocimiento por parte de la Academia de Hollywood, pero sí que ha sido aclamada por la crítica y Fassbender recogió el premio al Mejor Actor en la Mostra de Venecia del pasado año.


Para finalizar os recomiendo ir a ver esta película, porque merece la pena ir al cine si te vas a encontrar películas tan bien realizadas y con historias tan bien desarrolladas, eso unido a una de las mejores actuaciones del año dan como resultado que al salir de la sala no te puedas olvidar de ella.

Nota: 8.3           (EL SEPTIMO ARTE).

La mirada de un adicto al sexo es un agujero negro que lo engulle todo: una vagina, un cuerpo, un rostro. Shame, que también podría haberse titulado Hunger, empieza y acaba con el influjo de esa mirada sobre su objeto de deseo, y es trabajo del espectador juzgar su ética, ejercida por un personaje que funciona como un imán que atrae y repele por igual. Shame parece una película de los 70 (¿un remake de Buscando al Sr. Goodbar o A la caza?) rodada por un forense que disecciona con elegancia: la sordidez de los films de Richard Brooks y William Friedkin es sustituida por la asepsia de los planos largos de McQueen, que abarcan la espiral de autodestrucción de un ejecutivo de gesto hermético respetando el tiempo de su estéril euforia.
Cuando esa mirada rompe aguas, derrama una furtiva lágrima que es toda una declaración de principios. En la mejor escena de la película, la hermana expansiva e inestable (Carey Mulligan) de Brandon (Michael Fassbender) canta una versión de New York, New York que parece salida del averno. Es mérito de ambos actores, excepcionales, y de Steve McQueen, que parece atento al volar de una mosca (o al peso específico de una emoción), escuchar los latidos del corazón helado de un personaje que ha perdido la llave de su propia cárcel.(FOTOGRAMAS).

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