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sábado, 15 de septiembre de 2012

UNA BOTELLA EN EL MAR DE GAZA




Película: Una botella en el mar de Gaza. Título original: Une bouteille à la mer. Dirección: Thierry Binisti. Países: FranciaIsrael y CanadáAño: 2011.Duración: 99 min. Género: DramaInterpretación: Agathe Bonitzer (Tal),Mahmoud Shalaby (Naïm), Hiam AbbassGuion: Thierry Binisti y Valérie Zenatti; basado en la novela “Una botella al mar de Gaza”, de Valérie Zenatti. Producción: Anne-Marie Gélinas, Amir Harel, Ayelet Kait, Milena Poylo y Gilles Sacuto. Fotografía: Laurent Brunet. Montaje: Jean-Paul Husson. Vestuario: Hamada Atallah. Distribuidora: GolemEstreno en Francia: 8 Febrero 2012. Estreno en España:14 Septiembre 2012Calificación por edades: Apta para todos los públicos.


Tal es una joven francesa que vive en Jerusalén con su familia. Tiene diecisiete años, la edad del primer amor, del primer cigarrillo, del primer piercing… y también del primer atentado. Después de que un terrorista se inmole en un café del barrio donde vive, Tal escribe una carta a un palestino imaginario en la que expresa sus preguntas y su rechazo a que solo pueda existir odio entre los dos pueblos. Mete la carta en una botella que entrega a su hermano, pidiéndole que la tire al mar cerca de Gaza, donde hace la mili. Unas semanas después, Tal recibe la contestación de un misterioso “Gazaman”.


El conflicto entre Palestina e Israel desde los ojos de dos adolescentes, uno a cada lado de la frontera. Película rodada en su mayor parte en francés, aunque con bastante diálogo en los dos idiomas de la zona, además de algunos momentos en inglés. Eso eleva el idioma francés en la película a universal, para que luego digan que no son chovinistas los amigos… Es una de las lagunas de una cinta que podía ser muy bien una gran crítica social al conflicto más importante de nuestros tiempos, pero que se queda a medio camino por culpa de algún detalle y de un guión demasiado paternalista, buenrrollista y obvio. Algo de lo que no somos muy fans en la redacción.
La historia comienza con un atentado en Jerusalem. Una joven muchacha israelí le pide a su hermano soldado en la frontera, que lance una botella al mar de Gaza con un mensaje, una pregunta, la búsqueda de una explicación desde el otro lado, desde Palestina. Un joven palestino responde al mensaje, con ira y odio, pero inicia de este modo una línea de comunicación entre ambos que poco a poco se convertirá en una poderosa amistad dentro de un mundo cerrado y temeroso como es en el que viven. Dos jóvenes que deciden conocer a su enemigo y descubren, para su asombro, que no son tan distintos como parecen y pensaban.
Vamos a ignorar que la casualidad quiera que la botella la coja un joven de 20 años y no una anciana de 70 o un obrero de mediana edad. Sin esa premisa nos quedamos sin película. Es mucha suerte pero, pase. El tema central de la historia, pese a ese salto de fe, está bien construido e hilvanado. Son dos jóvenes que no comprenden realmente el miedo que sienten y les rodea (brillante la escena de ella en el bus y de él con sus amigos en una terraza cuando cae un misil no muy lejos). Un miedo heredado de padres, profesores, políticos, militares… Un miedo que se puede vencer cuando se buscan los puntos en común más que lo que nos separa. Que en ambas tierras hay gente inocente que muere y que teme morir. Gente que busca la paz y gente que desea la guerra. Y que ellos son jóvenes y tienen la posibilidad de conocerse y de aprender el uno del otro. De mejorar. De no temer. Donde ambos son el espejo distorsionado del otro, con una gran ambientación para mostrarnos los lujos de Jerusalem y la modestia de Gaza, a través de casas, calles, hospitales…
Pero el tono de la película en demasiadas ocasiones, pese al excepcional trabajo de sus jóvenes protagonistas, gira hacia el adoctrinamiento. En lugar de charlar de sus cosas, de conocerse realmente, los protagonistas mensaje tras mensaje parecen empeñados en sólo hablar de política. De lo bonito que sería el mundo en paz. De lo hartos que están de tener miedo. Son amigos, pero a ratos parecen políticos en campaña… Y el final… no voy a reventarlo pero ofrece una salida demasiado fácil, optimista y cobarde. Hagan las cuentas. Podía haber sido una gran película. Se queda en una buena propuesta.(REVISTA ACCIÓN).



Casi al principio de esta película, la protagonista, una joven israelí de origen francés, va con sus compañeros de clase a las ruinas de Masada, la fortaleza en la que se inmolaron, en el Siglo I, los últimos resistentes judíos ante los romanos. Y frente al discurso casi poético del profesor, un colega le dice a la chica: ¡Vaya kamikazes!, poniendo de repente en perspectiva a los inmolados propios de ayer con los no menos inmolados, pero enemigos, de hoy. Es sólo un rasgo, pero también una declaración de principios: la cosa no va a ir de buenos y malos, sino de las razones de cada uno.
La verdadera razón de ser de 'Una botella en el Mar de Gaza' es justamente esta: el contar una trabajosa historia de comprensión, progresivo respeto y definitivo amor entre una adolescente israelí y un palestino que no se conocen, que sólo se comunican
por Internet y que viven todas las contradicciones de su origen y condición. Se trata, parece decir el director, de poner sobre la mesa los ingredientes para una discusión (más para el espectador de fuera, tal vez, que para los involucrados), todo lo apasionada que se quiera, pero lo más civilizada posible. Y el resultado es un film que se ve sin grandes problemas, con una historia entre tierna y naïve, pero efectiva, y unas consecuencias que serán las que el espectador decida.(FOTOGRAMAS).


Adaptación de la novela homónima de la francesa Valérie Zenatti, que a los 13 años se fue a vivir a Israel donde pasó gran parte de su adolescencia y juventud. Sus experiencias le sirvieron de base para el libro.
Tai, una francesa de 17 años instalada con su familia en Israel, queda impactada tras la inmolación de un terrorista en un café cercano a su casa. Escribe una carta dirigida a un palestino imaginario en la que rechaza que palestinos e israelíes estén condenados a odiarse para siempre. Tai mete en una botella el texto, que incluye su correo electrónico por si alguien quiere contestar, y se la entrega a su hermano, militar en Gaza, para que la arroje al mar. La recoge un grupo de chicos de la franja de Gaza, y uno de ellos, Naïm, acaba contestando, primero con una actitud desafiante... Pero poco a poco, ambos interlocutores comienzan a confiarse su intimidad...
Dirige Una botella en el mar de Gaza Thierry Binisti, hasta ahora centrado casi en exclusiva en las 'TV movies' francesas. También autor del guión, logra sortear el principal problema de la adaptación, que parte de una novela epistolar compuesta por los mails de los personajes. Pero a pesar de que incluye en off fragmentos de la correspondencia entre ambos, lo que a veces ralentiza el ritmo, por lo general el film resulta ser lo suficientemente visual y dinámico como para que funcione sobradamente.
En su arranque parece que Una botella en el mar de Gaza va a ser excesivamente idealista, limitándose a reseñar una bonita y almibarada relación hipotética entre un palestino y una habitante de Israel. Pero el director Thierry Binisti acierta al apoyarse en una puesta en escena realista, con la que logra describir de forma convincente el día a día en la franja, una realidad poco conocida "¿Llega internet hasta Gaza?", se pregunta la amiga de la protagonista en un momento dado. La mayoría de espectadores posiblemente tengan dudas similares, puesto que los medios de comunicación sólo difunden la violencia, y las tragedias desgraciadamente frecuentes, pero no el día a día. El resultado es un alegato a favor de la tolerancia que no esconde las dificultades para llegar a un entendimiento definitivo.
La palestina Hiam Abbass (The Visitor) –que como cabía esperar derrocha autenticidad como madre del chico palestino– es el nombre más conocido de un reparto encabezado por Agathe Bonitzer (Le mariage à trois) y Mahmud Shalaby (Les hommes libres) que pese a su juventud realizan un buen trabajo.(DE CINE 21).

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