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miércoles, 3 de octubre de 2012

EL ARTISTA Y LA MODELO




Película: El artista y la modelo. Dirección: Fernando TruebaPaís: España.Año: 2012. Duración: 104 min. Género: Drama.  Interpretación: Jean Rochefort (Marc Cros), Aida Folch (Mercè), Claudia Cardinale (Léa), Chus Lampreave (María), Götz Otto (Werner), Christian Sinniger (Emile), Martin Gamet (Pierre), Mateo Deluz (Henri). Guion: Fernando Trueba y Jean-Claude Carrière. Producción: Fernando Trueba. Fotografía en B/N: Daniel Vilar. Montaje: Marta Velasco. Dirección artística: Pilar Revuelta. Vestuario: Lala Huete. Distribuidora: Alta ClassicsEstreno en España: 28 Septiembre 2012Calificación por edades: Apta para todos los públicos.


“El artista y la modelo” cuenta la historia de un viejo escultor de fama, cansado de la vida y de la locura de los hombres, que reencuentra, gracias a la llegada de una joven española escapada de un campo de refugiados, el deseo de volver a trabajar y esculpir su última obra, en la Francia ocupada de 1943. Mientras trabajan, la modelo y el artista hablan con sencillez y cercanía de todo lo que les rodea: la vida y la muerte, la sinrazón de la guerra, la juventud y la vejez, la búsqueda de la belleza en tiempos de horror, el sentido y la necesidad del arte…


El artista y la modelo, es la película más bella de este año. Una obra maestra que devuelve la poesía al cine.
Dirigida por Fernando Trueba, El artista y la modelo es la candidata más firme y lógica para representar a España en la próxima entrega de los Oscar de la Academia de Hollywood. Las otras dos candidatas, Grupo Siete y Blancanieves, son muy buenas películas que contribuyen a un año de cine español notablemente interesante y merecen tener su propio recorrido internacional en el apartado de festivales y galardones, y sobre todo el gran premio para el cine que es encontrarse con el público con buenos resultados de taquilla. Reconozco incluso mi personal inclinación por Grupo 7, una gran película de género policial que está entre lo mejor que he visto este año. Grupo 7 es además el tipo de película que creo que necesita el cine español para reencontrarse con su público, una impecable producción de género con gran calidad y reparto notable que consigue interesar al espectador desde su primera imagen y desde ahí construye un producto de evasión en el que tienen también cabida las características del cine de autor. Además, es exportable al extranjero, más si cabe que otras muestras de cine de autor, porque el lenguaje de los géneros cinematográficos es universal. En cuanto a Blancanieves, es otra de las piezas a tener muy en cuenta en la producción del cine español, desde el lado de la exploración y el riesgo, tan imprescindibles para crear una cinematografía con personalidad propia capaz de llegar a cubrir todo el espectro de oferta cinematográfica posible. Junto con la película de Trueba, ambas forman un triunvirato que ejemplifica muy bien las distintas vías por las que cabe desarrollar el cine español en el futuro. Así que a los gestores del cine del país, sean cuales sean sus luces o inclinaciones personales o amistades en el negocio audiovisual, este trío de películas les pone las cosas bastante fáciles a la hora de tomar las decisiones oportunas para no sumir a la producción audiovisual española en una crisis más profunda, y quizá irreversible, de la que sufre de forma endémica casi desde el mismo momento en que se rodó la primera película de producción nacional, allá en los tiempos en que el cine ni siquiera había empezado todavía a hablar. Por si dichos gestores del cine español están más desorientados de lo que suele ser habitual, ahí van unas pistas: las tres películas son producción de calidad, no son localistas y sí perfectamente exportables y ninguna de ellas ofende al espectador con un panfleto político, lo cual no quiere decir que carezcan de valores o sus artífices hayan prescindido de intentar dar una visión digna y éticamente viable de la vida.
Sin embargo, hay que ser realistas. Frente a Grupo 7 y Blancanieves, la película dirigida por Fernando Trueba reúne muchas más características necesarias para ser seleccionada como finalista a los premios de la Academia de Hollywood. Y no me refiero sólo al hecho de que el director haya subido ya a recoger un Oscar a la mejor película de lengua no inglesa que le entregó Anthony Hopkins por Belle Époque (1992), circunstancia que sin duda tiene su importancia, o a la experiencia que Trueba haya podido adquirir en las complicadas maniobras de táctica y estrategia necesarias para moverse en lo que algunos denominan la “carrera hacia el Oscar”, sino fundamentalmente a los méritos exclusivamente cinematográficos que reúne El artista y la modelo.
Después de ver la película dan ganas de salir de la sala y ponerse a pensar y esculpir, pero sobre todo, de saborear con más cuidado y más interés la propia vida. La alianza de Trueba en la dirección y Jean-Claude Carrière en el guión saca el máximo partido a la arcilla del cine, esculpiendo una película repleta de momentos mágicos en los que buena parte de esa magia llega también de sus actores. La aparición de Claudia Cardinale en el papel de la esposa del artista que siendo más joven fue su modelo más bella tiene la magia de los ecos del pasado glorioso que se reflejan en el personaje de Aida Folch, en un trabajo brillante de interpretación. Un trabajo tremendamente complejo y difícil al que Folch le da un aspecto de sencillez y fragilidad impresionantes que en algunos momentos nos remiten a la memoria de los primeros tiempos del cine, los gloriosos tiempos de la etapa muda que alcanzó altas cotas de expresión eminentemente visual antes de que la palabra se impusiera como novedad llevando a las películas a mantener una relación distinta con el espectador. El trabajo de Aida Folch, la modelo que debe permanecer en silencio y expresarse simplemente con su cuerpo inmóvil, encaja a la perfección con la igualmente notable interpretación del artista al que da vida Jean Rochefort aportando a su personaje una poesía del ocaso de la existencia que es al mismo tiempo celebración de la vida que a los espectadores más receptivos les va a ser difícil olvidar como motivación personal a la hora de enfrentar sus propios paseos por este mundo.
La arcilla de Trueba en esta película es la notable química entre Folch y Rochefort en esas circunstancias tan especiales y en una película donde la imagen, las miradas y los gestos dominan absolutamente sobre las palabras. Una película donde el silencio es un protagonista esencial y el tiempo parece congelarse en un puñado de momentos mágicos, de forma que en algún momento el cine se convierte en pintura y escultura, y nuestra percepción del mismo se modifica en ese mismo sentido, ayudados por un trabajo de fotografía igualmente notable de Daniel Vilar con un blanco y negro que no es fruto del capricho o del alarde visual, sino coherencia esencial con el tema de la película.
La química entre Rochefort y Folch, entre el artista y la modelo del título, nos trae de vuelta esa magia del cine mudo sin dejar de ser plenamente actual, porque las obras maestras no entienden del paso del tiempo. Y esta película es una obra maestra. Una bella historia sobre la belleza cuyo corazón bien podría estar en esa secuencia en la que el artista le explica a su modelo el dibujo de Rembrandt, y que no por casualidad da paso en la trama central a esa subtrama de la Resistencia en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Dentro de la magia que convocan para esta película, Trueba y Carrière consiguen mantener un pulso notable en el relato que es plenamente coherente con el tema del mismo: el arte intenta mantener fuera de su mundo la guerra, que es la muerte, durante casi todo el metraje, aunque esporádicamente se filtren en su mundo, cada vez con mayor frecuencia, pinceladas del horror que está allí fuera, como el uniforme del alumno alemán del artista que acude a visitarle, o el miembro de la resistencia al que acoge y ayuda la modelo. Al final, la guerra se impone y los personajes son lanzados a su mundo devastado cuando el dique que fuera el artista para mantener ese río de muerte lejos de su isla de belleza acaba quebrándose en una de las secuencias más bellas y al mismo tiempo más inquietantes de la película que encaja a la perfección con las primeras imágenes de este relato, con el artista paseando por el bosque y recogiendo el cráneo del pajarillo.
Cine en estado puro. Gran cine. Cine convertido en poesía visual que se basa en el único elemento que necesita desesperadamente toda obra maestra para poder seguir respirando: verdad. Una película que merece un Oscar.
(REVISTA ACCIÓN).



El arte es verdad la verdad es dolor. tiene que haber. Por eso en el arte tiene que haber sangre. Citamos La Bella mentirosa (1991) porque, aunque no lo parezca, la sangre del último film de Fernando Trueba tiene el mismo color que el de la obra maestra de Jacques Rivette: esto es, la del estremecimiento del artista ante el cuerpo de lo real. El escultor Marc Cros (Jean Rochefort) podría ser hermano gemelo del pintor Frenhofer, si no fuera porque la poética que invoca Trueba en su mejor película desde Belle Époque (1992) es la de Jean Renoir y su partida en el campo. Incluso en sus momentos más tristes, el film está bañado por una luz tierna y humanista.
El blanco y negro le queda bien a las estatuas, y viste aún mejor la compleja relación entre un artista y su musa. Fuera de ella, la Historia la historia se ocupa de visitar a ambos desde bandos contrarios, pero la inteligencia del punto de vista de Trueba y su co-guionista Carrière es la de poner el arte por encima de la ideología. A veces Cros habla de más y tiende hacia el aforismo de manual, pero siempre pesan más el hambre de la musa, el ruido sordo del proceso creativo, el sonido de la Naturaleza cuando el hombre respira hondo y desaparece, y sólo queda su obra. Una verdad humilde y grande como la vida misma.(FOTOGRAMAS).



.......El proceso creativo, de lo que en realidad viene a tratar este homenaje al mismo que es 'El artista y la modelo', es tan complejo como curioso, y tan impredecible en ocasiones como potencialmente embriagador. ¿A quién no le gusta presumir de haber creado algo, incluso en ocasiones algo realmente ridículo como un zurullo de 34 centímetros al que nos da pena despedir por el sumidero? Pongamos de ejemplo este mismo texto, iniciado con una idea en mente de la que más bien poco terminará quedando (comprobado: su título se ha quedado sin explicación), un proceso en constante evolución y repleto de giros en ocasiones insospechados que pueden conducir a que un novelista y/o guionista llegue a decir frases como que "sus personajes le hablan", y que le pueden sonar a chino mandarín a los no iniciados en la materia, por no decir directamente que a servir de material de base para cualquier Festival del Umor (sin H, que esa es de ciudad). Uno piensa, se obsesiona, respira dentro de sus pensamientos dando forma a algo, ya sea sobre la restauración del Ecce Homo o sobre cómo se monta un mueble del Ikea... o mientras se admira el a menudo sensual cuerpo de una mujer desnuda que atiende a todas tus (decorosas) peticiones. ¿Hay mejor placer en la vida que sentirse dueño de tan bucólica estampa? 

No se trata de arte, no tiene por qué tratarse de algo que de tan subjetivo puede alcanzar la plena banalidad o irrelevancia, no; se trata simplemente de hacer algo por nosotros mismos, de lograr un propósito para el que no se nos ha puesto un manual por delante; en suma, de ser libres, del yo y mi circunstancia, de a través de este proceso darnos forma a nosotros mismos como esculturas andantes a las que el paso del tiempo va modelando hasta que, como apunta el Marc Cros al que Jean Rochefort presta su habitual solvencia, cuando empezamos a entender las cosas ya es hora de decir adiós... o puede que sea cuando es hora de decir adiós que realmente tratamos de entender las cosas, de prestar atención a los detalles, de valorar lo que a nuestras espaldas ha sido un viaje del que los demás no tienen por qué ser partícipes. La vida va y viene, y al final ese pequeño grupo de allegados que rodean a nuestra insignificante existencia, concepto clave para apreciar la magnitud de la vida, serán quienes puedan conocernos por el camino trazado hacia la consecución de unos hechos por los que nos conocerán los demás, si es que tiene importancia, sentido o valor que estos nos conozcan. Ustedes leerán esto, pero pocos sabrán del proceso que le ha dado forma. Lo dicho, ¿acaso importa?

De todo esto, y de algo más, viene a hablar a través de sus fotogramas 'El artista y la modelo', un sentido homenaje que no en balde comienza con una doble dedicatoria. Después del enorme triunfo moral, artístico y popular que supuso 'Chico y Rita', un filme tan imperfecto como todo el arte que se precie de merecer la pena, Cros otra vez, Fernando Trueba aborda uno de sus filmes más personales y ambiciosos con esta producción por contra sumamente cerebral, medida, calculada, que uno adivina que además de en su corazón ha vivido largo tiempo en una cabeza que ha dejado poco margen a la improvisación. Una producción que, curiosamente, aborda con rigurosidad intelectual un objetivo de marcado carácter sentimentalista, y que maniata sus propios sentimientos en beneficio de un rubrica inmaculada, de una puesta en escena muy sobria, contenida, de sumo rigor artístico, tanto que su aparente perfección formal termina por mostrarse un tanto artificiosa ante, curiosa contradicción la que se presenta, la falta palpable de artificios en una narración a la que Trueba deja continuamente bajo mínimos: a ella sin ropa, a él sin palabras, y a ambos sin color ni música que realce, acondicione o desvirtúe el momento, una decisión artística tan válida como la nuestra echar en falta a estos elementos dentro de lo que vendría a ser una oda a la creación que los demandaba a gritos.

Como decía al principio, muchos son los factores que se deben intentar dejar al margen cuando se trata de valorar una película y más aún cuando se pretende escribir sobre ella, especialmente cuando no es tanto como se muestra sino como se siente. En cada uno está dejarse llevar más o menos, en permitir o no que sus prejuicios dibujen un interés sibilino poco fiel a la realidad, en aceptar en mayor o menor grado que factores externos puedan ofrecer mayores argumentos que los posibles méritos o deméritos de la propia producción, en ocasiones víctima de las circunstancias cual manzana envenenada. También está, cómo no, en los ojos de quien escoge el canal saber mirar con buenos ojos, el no sucumbir a la vacua interpretación lineal o evitar dejarse llevar por el tono blanco o negro de quien gusta ladrar en vez de pensar. Podríamos (pre)juzgar 'El artista y la modelo' como una vulgar película española cualquiera en la que sale Chus Lampreave y una actriz, siempre por exigencias del guión, cuidado, y en esta ocasión además de verdad de la buena, no escatima la oportunidad para enseñar lo que en tiempos de la Guerra Civil, y van ya unas cuantas sobre el tema dirán algunos, serían sus vergüenzas. No se trata de eso ni se trata de eso, para nada, aunque de todo hay sin haber de nada. ¿Se entiende? Entre líneas, tal vez.

La historia se centra en la relación que se establece entre Jean Rochefort y Aida Folch, una relación un tanto seca y distante, muy justa de mimbres, gestos y palabras que como marcan los cánones se va estrechando a medida que el contador avanza aunque nunca se caiga en el brochazo. Una relación de cuyo temperamento emocional se contagia todo el relato haciendo que el espectador se sumerja, en cierto modo, en una dinámica similar que requiere algo de paciencia y meditación por su parte para sacarle verdadero partido, para darle forma más en nuestra mente que en nuestro corazón, y con ello no caer en el sopor de no apreciar las sutilezas en un primer pase que puede ser, digamos, relativamente obtuso. Tampoco es porque se lo pida la película, sino más bien por el corazón que puede latir debajo de la teta de una mujer, por el corazón que puede latir debajo de una robusta y fría placa de mármol que, una vez ha tomado forma, a saber que historias esconde. Trueba no toma parte sino que cómo el artista de su obra mira, contempla, observa, pero no juzga ni pretende que juzguemos, sino que permite a su trabajo, a su creación, que pueda sobrevivir a través de sus propios argumentos. Al igual que sus personajes si bien durante su visionado quizá no se alcance este cénit en toda su dimensión, una vez se ha partido es cuando nos daremos cuenta de que igual, a lo mejor, tal vez, como decía en un principio, no se trata de arte, sino de simplemente haber hecho algo, de haberse sentido realizado, más no por ello ha de ser perfecto. Al fin y al cabo, somos humanos, y de los humanos bien poco podemos esperar salvo que todos, un día u otro, diremos adiós.

Nota: 7.25


Lo Mejor
- Su poso, que crece una vez se la ha dejado crecer en la cabeza
- Aunque suene triste decirlo, el hecho de que no resulte para nada gratuito que la protagonista enseñe chicha... una constante (innecesaria) en el cine español

Lo Peor
- Es una de esas películas que gustan en el recuerdo, no tanto durante su visionado
- Aunque quizá sea algo muy subjetivo, se echa de menos algún tipo de acompañamiento sonoro... e incluso, en menor medida, también el color en unos fotogramas muy correctos pero a los que les falta algo de calidez.  (EL SEPTIMO ARTE).

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