martes, 31 de enero de 2012

ARRUGAS




Película: Arrugas. Dirección: Ignacio Ferreras. País: EspañaAño: 2011.Duración: 89 min. Género: AnimacióndramaGuion: Ángel de la Cruz, Paco Roca, Ignacio Ferreras y Rosanna Cecchini; basado en el cómic “Arrugas”, de Paco Roca. Producción: Manuel Cristóbal, Enrique Aguirrezabala y Oriol Ivern. Música: Nani García. Fotografía: David Cubero. Distribuidora: Wanda VisiónEstreno en España: 27 Enero 2012Calificación por edades: Apta para todos los públicos. 


“Arrugas” es una película de animación para un público adulto basado en el cómic del mismo título de Paco Roca (Premio Nacional de Cómic 2008). Narra la amistad entre Emilio y Miguel, dos ancianos recluidos en un geriátrico. Emilio, que acaba de llegar a la residencia en un estado inicial de Alzheimer, será ayudado por Miguel y otros compañeros para no acabar en la planta superior de la residencia, el temido piso de los asistidos —que es como llaman allí a los desahuciados—. Su alocado plan tiñe de comedia y ternura el tedioso día a día de la residencia porque aunque para muchos sus vidas habían acabado, ellos acababan de empezar una nueva.


......Ignacio Ferreras ha sido el encargado de darle vida a cada viñeta del cómic. A un lado, la novela gráfica y al otro el autor, Paco Roca supervisando su obra, su criatura. Nunca una historia tan triste resultó ser tan placentera. Cierto es que la película incluye algunos cambios como el acento argentino del compañero de habitación y amigo de Emilio, Miguel, o el “estiramiento de cara” de algunos ancianos al que ha habido que quitarles alguna arruga original porque cuántas más arrugas, más cara era la película. Pero aparte de eso, nada más que diferencie el cómic de la película. 

“Arrugas” no necesitaba contar la historia en 3D porque ya deja suficiente profundidad en el espectador. Hay escenas que son un fiel reflejo del proceso de vida, de momentos que hemos vivido o recordado. Silencios que no necesitan música, que son totalmente devastadores para el alma. E incluso hay lugar para el humor, un equilibrio en la balanza necesario para soportar el visionado de la película. 

Las imágenes y encuadres son lo suficientemente reveladoras del estado de ánimo de cada personaje. Los flashback son recuerdos con una carga emocional que todo espectador será capaz de sentir. Todo el metraje es un drama y todos los momentos tienen una estela amarga, pero lo dramático siempre consigue despertar una emoción sobre el espectador. Esa es la ventaja con la que juegan muchas películas de este tipo, ya sean de animación o no. Pero si por algo destaca “Arrugas” es por ser una película de animación para todos los públicos que no cuenta algo que no sea cierto, si no todo lo contrario: cuenta la verdad verdadera, como diría cualquier niño. 

“Arrugas”, tanto el cómic de Paco Roca como la película, se asemeja a los minutos en que transcurre la vida de joven a viejo del personaje de “Up”. Esa sensación de amargura pero, a la vez, mezclada con la admiración de condensar en tan poco tiempo una vida tan real. Pues eso es “Arrugas”, el dolor unido al reconocimiento ante una obra espectacular. 

Nota: 8,5/10 (EL SEPTIMO ARTE).


......El guión, en el que ha intervenido el propio autor de la obra original, traduce milimétricamente las viñetas a la pantalla hasta el punto de que apenas se aprecia nada nuevo. Ha sido traducido en imágenes con una animación bastante limitada pero lo suficientemente imaginativa como para que la historia se desarrolle con la suficiente fluidez. Además, sus personajes son bastante humanos y expresivos, sobre todo algunos secundarios fácilmente reconocibles, como la señora que acumula sobrecitos de te y ketchup para dárselos a su nieto, una mujer que teme que le rapten los marcianos, el que cuenta todo el rato su triunfo como atleta, el viejo verde, etc. Los describe a todos de forma agridulce.
El principal valor del film es que se estrenan pocas cintas sobre residencias de ancianos, y divulga una realidad apenas tratada en el cine, y mucho menos desde el punto de vista de los que van a vivir en una. Y lo hace con extrema sensibilidad hasta el punto de que el final acaba resultando bastante emotivo. Además, trata con enorme inteligencia temas de gran calado, en cierto modo inauditos para una producción de dibujos animados, como la tentación del suicidio en casos de gravedad extrema, el valor del cariño hacia enfermos que no pueden comunicarse, el recurso a la evasión para sobrellevar la tristeza, y sobre todo la necesidad de amistad en los momentos difíciles. Arrugas ofrece una visión positiva de todos ellos, a través de un tono tragicómico, que sin esconder la realidad del tema sobre el que habla, incorpora cierto sentido del humor y muchísima humanidad.(DE CINE 21).



Umberto D. (Vittorio De Sica, 1952) logró retratar la vejez sin caer en sentimentalismos, como un hábil acróbata que, sin renunciar a las emociones, jamás pone el pie en el suelo de lo lacrimógeno. Herederos espirituales de ese imprescindible film, los responsables de Arrugas, con su animación minimalista, hablan del alzheimer en tono de película de misterio, de intriga: aquí no es tanto una enfermedad, que lo es y siempre lo será, como un intruso invisible e implacable que se interpone entre los dos protagonistas y hace de las suyas a espaldas de uno de ellos, Emilio. Y el otro, Miguel, es el falso culpable en una historia de intriga que incluso termina con un tesoro escondido. En el camino no faltarán los aguijonazos en el corazón... pero muy controlados y precisos.(FOTOGRAMAS).

viernes, 27 de enero de 2012

J.EDGAR




Película: J. Edgar. AKA: Hoover. Dirección: Clint EastwoodPaís: USAAño:2011. Duración: 137 min. Género: BiopicdramaInterpretación: Leonardo DiCaprio (J. Edgar Hoover), Naomi Watts (Helen Gandy), Armie Hammer  (Clyde Tolson), Josh Lucas (Charles Lindbergh), Ed Westwick (agente Smith), Judi Dench (Annie Hoover), Damon Herriman (Bruno), Jeffrey Donovan (Robert Kennedy), Dermot Mulroney (coronel Schwarzkopf), Denis O’Hare (Albert Osborne). Guion: Dustin Lance BlackProducción: Clint Eastwood, Brian Grazer  y Robert Lorenz. Música: Clint Eastwood. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Joel Cox y Gary Roach. Diseño de producción: James J. Murakami. Vestuario: Deborah Hopper.Distribuidora: Warner Bros. Pictures International España. Estreno en USA: 9 Noviembre 2011. Estreno en España: 27 Enero 2012. Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.


A lo largo de su vida, J.Edgar Hoover llegó a ser el hombre más poderoso de Estados Unidos. Durante sus casi 50 años como director del FBI (Oficina Federal de Investigación), no hubo nada que le impidiera proteger a su país. Hoover sobrevivió a ocho presidentes y a tres guerras, luchando contra amenazas reales e inminentes y saltándose las reglas a menudo con el fin de mantener a salvo a sus compatriotas. Sus métodos eran tan despiadados como heroicos, siendo la admiración del mundo su premio más codiciado y a la vez el más difícil de alcanzar. Hoover era un hombre que daba mucha importancia a los secretos, especialmente a los de los demás, y que no temía usar esa información para ejercer autoridad sobre las figuras líderes de la nación. Comprendiendo que el conocimiento es poder y que el miedo representa oportunidad, utilizó ambos elementos para ganar una influencia sin precedentes y construirse una reputación que era tan formidable como intocable. Preservaba su vida privada igual que la pública, permitiendo solo a unos cuantos formar parte de su pequeño y custodiado círculo de confianza. Su compañero más cercano, Clyde Tolson, también era su amigo más fiel. Su secretaria, Helen Gandy, quizá la persona que mejor conocía sus planes, fue leal hasta el final y más allá. Únicamente le abandonó su madre, quien fue su inspiración y su conciencia, y cuya muerte destrozó a un hijo que siempre buscó su amor y su aprobación. A través de los ojos del propio Hoover, “J. Edgar” explora la vida y las relaciones públicas y privadas de un hombre que podía distorsionar la verdad con la misma facilidad con la que la defendió durante una vida dedicada a su propia idea de la justicia, a menudo dominada por el lado más oscuro del poder.


.....La película de Eastwood es una película muy incómoda, por lo que me puedan resultar en cierta forma lógicas algunas de las críticas vertidas desde el otro lado del charco, ya no porque Eastwood no trate en ningún momento de realizar una hagiografía sobre Hoover, si no por lo fácil y extensibles que resultan algunas críticas hacía la administración de Bush. En cierto momento de la película Hoover dice que una sociedad que no está dispuesta a aprender de su pasado está condenada, no es casualidad que la película comience con un ataque terrorista que es el que hace despertar al monstruo que luego será Hoover y con el que empezará a poner en práctica alguna de las medidas que más tarde se legalizarían en la ley patriótica de los Estados Unidos tras los ataques del once de septiembre. Eastwood retrata al tirano como el tirano que fue, y aunque muestra sus virtudes, como todos los avances que aporto en el campo criminalístico y que ayudaron a avanzar a pasos agigantados en un terreno que antes era bien endeble, tampoco le tiembla la mano a la hora de mostrar a ese mismo Hoover riéndose a carcajada limpia de la carta que recibe la Sra. Roosevelt de una amante femenina, el que cuando recibe una amenaza de Bobby Kenneddy le habla con gran elegancia de ciertas grabaciones de su hermano en compañía femenina o tratando de boicotear el premio nobel de la paz de Martin Luther King tratando de sacar a la luz ciertas grabaciones con una jovencita, pero más allá del tirano hay un ser humano, y es ahí realmente dónde Eastwood escarba hasta el fondo.

El Hoover de Eastwood es un personaje freudiano, un niño de mama con la que compartirá la vida mientras esta siga viva, un personaje atormentado por culpa de una educación represora y que en una de las más lacerantes escenas de la película sufre cuando su madre le dice que prefiere un hijo muerto a un narciso vivo. En su vida personal es un completo fracasado, tendrá la necesidad de pedir matrimonio a Helen Gandy, y aunque está le rechacé se convertirá en algo más que su secretaria durante toda la vida, una confesora y uno de los pocos brazos que se le tenderán como apoyo. Lo único que cambiará la vida personal de Hoover será la llegada de Clyde Tolson, con el que durante toda la vida compartirá comidas, vacaciones, y prácticamente todo menos la cama. Eastwood retrata esa relación platónica con mimo y cuidado, haciéndola prácticamente el epicentro de la película, el amor que Hoover siente por Tolson es fuerte, pero es incapaz de demostrarlo o de salir del armario por culpa de la represión que le ha tocado vivir. Por culpa de esas ideas conservadoras que le atormentan rechazará y amenazará a Tolson en el único momento en el que éste se atreva a besarle, y únicamente estando sin ninguna compañía será capaz de expresar su amor. Una represión sexual en todos los sentidos venida por la cercana unión con su madre, que verá su punto más terrorífico en una bella escena en la que el protagonista se trasviste mirándose en un espejo que actúa como silencioso confesor. Lo que también parece bastante claro es que era sin duda éste es el Hoover que Eastwood ansiaba narrar, así la elección de Dustin Lance Black para escribir el libreto, activista gay y guionista también del Milk de Van Sant se convierte en una elección bastante lógica y acertada.

Eastwood consigue así la firmeza para traspasar la frontera del tirano y enfrentarse cara a cara con un ser humano frágil, vulnerable y cargado de miedos, lo hace sin contemplaciones y sin caer en el sensacionalismo y lo hace sobre todo desde el punto de vista del propio J. Edgar que salta al pasado mientras que narra su historia a jóvenes mecanógrafos para que la escriban, lo que lo convierte en un retrato voluntariamente idealizado, que casi nunca se corresponde a la realidad, porque realmente eso es lo que el propio Hoover llega a creer que pasó, y tan solo cuando recibe una bofetada de su inseparable Tolson es capaz de despertar, alejándose también de esta forma del documento biográfico para acercarse más a un punto cinematográfico. Este Hoover no sería una película tan redonda de no ser también por su protagonista, un Di Caprio que cada película que suma en su currículum es un agigantado paso hacia delante y aquí, más allá de las capas de maquillaje necesarias para resucitar a Hoover, destaca una cuidada y matizada interpretación que en cierta forma nos puede recordar a su Hughes, aunque en esta ocasión se encuentre mucho menos excedido que en la película de Scorsese. J. Edgar es simplemente otra de las muchas obras maestras que pueblan en la carrera de Clint Eastwood, una película que tiene aroma de cine clásico, pero con todas las ventajas del cine actual.(EL SEPTIMO ARTE).

Nota: 9


J. Edgar es un gran trabajo de Eastwood y Di Caprio, un puzzle que aborda la compleja vida privada del temido director del FBI. 
Clint Eastwood vuelve al terreno de lo biográfico, en el que suele pernoctar de vez en cuando con desiguales resultados, pero donde siempre consigue encontrar una forma de desarrollar el biopic desde una visión personal como autor, en lugar de dejarse atrapar por las claves de un género habitualmente alambicado y propenso al melodrama facilón. Nunca han sido esos defectos de los trabajos biográficos acometidos por Eastwood y no lo son tampoco en esta ocasión. De hecho, J. Edgar constituye, en opinión de quien esto escribe, uno de los mejores trabajos del director en ese terreno del biopic, facilitado, cierto es, por el protagonismo de uno de los mejores actores norteamericanos de los últimos tiempos, Leonardo Di Caprio, que demuestra con esta recreación del personaje de J. Edgar Hoover que puede con todo, incluyendo kilos de maquillaje que en otros casos han ahogado o agotado el talento de muchos de sus compañeros. Di Caprio consigue imprimir su talento y su personalidad interpretativa al personaje incluso cuando tiene que soportar la máscara del maquillaje como compañera de trabajo, demostrando que incluso sometido a tal ceremonia de travestismo su talento y su energía para componer un personaje prevalecen y sobreviven en mejores condiciones que las mostradas por alguno de sus compañeros en circunstancias similares (por ejemplo Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button). Es tal el despliegue del actor en esta película que me ha llevado a pensar que podríamos definir a Di Caprio como una especie de híbrido en el que se mezclan características de Robert De Niro con elementos y la apariencia de Robert Redford. 
Por otra parte J. Edgar no es un monólogo de Di Caprio y conviene tener presentes a la hora de repartir méritos en su faceta interpretativa al  modélico trabajo que desde la sencillez y el mínimo tiempo en pantalla imprimen en la película tres muletas esenciales para hacer aún mucho más sólida la construcción del protagonista. Me refiero a la labor aparente más modesta, pero igualmente brillante de Naomi Watts en el papel de Helen Gandy, la abnegada secretaria, confidente y fallida compañera sentimental del protagonista, y Armie Hammer como Clyde Tolson, el amante oculto. A ellos hay que añadir a Judi Dench en el papel de la madre de Hoover, que constituye el personaje más enigmático e incluso inquietante de la trama.
Eastwood ha construido su repaso a los cincuenta años de ejercicio de poder en la sombra de J. Edgar Hoover sumido inevitablemente en la ambigüedad, lo que sin duda afecta a los resultados de su película, algo desequilibrada en algunos aspectos que ahora explicaré, pero en todo caso por la parte positiva destaca primero su trabajo fluido y elegante en la utilización de los flashback, que son la columna vertebral narrativa de esta especie de película-puzzle. Ciertamente se echa en falta una mayor atención a los personajes y temas históricos en los que estuvo envuelto el personaje principal, de modo que pasamos por asuntos trascendentales de la historia del siglo XX casi sin enterarnos, y cuando aparecen en la pantalla personajes como Eisenhower, Franklin Roosevelt, el aviador Lindbergh o Robert Kennedy, apenas nos enteramos. Pero eso tiene su explicación en la manera en la que Eastwood ha pensado desarrollar esta película, que como toda biografía le presentaba la misma disyuntiva o cruce de caminos: ¿Desarrollar el entorno histórico o desarrollar la vida privada del protagonista? Obviamente la primera opción es más propicia a una miniserie televisiva, siendo la segunda más interesante para el director en su aproximación en clave de largometraje. Eastwood ha respondido a esa elección como era de esperar: tirando por los personal, como ya hizo en otros biopics de su filmografía, en Cazador blanco, corazón negro, Banderas de nuestros padres, Invictus… Incluso cuando abordó un asunto presuntamente épico como el de Cartas desde Iwo Jima, la experiencia personal del general japonés Kuribayashi y sus hombres le ganó la partida, de manera brillante, al cine bélico propiamente dicho. Era de esperar, por tanto, que en su abordaje de la vida de J. Edgar Hoover, Eastwood dedicara más atención a la vida privada del personaje que a su vida pública, por lo que a nadie que sea mínimamente conocedor de la filmografía de este director puede extrañarle que no nos haya regalado una especie de variante de Enemigos públicos de Michael Mann mezclada con algo parecido a JFK de Oliver Stone. El trabajo de Eastwood como director no va por ese camino. 
Dentro de su propia línea de trabajo como director/autor, Eastwood obra con coherencia construyendo J. Edgar como un retrato  privado del protagonista, remontándose a sus primeros tiempos de juventud peleona contra el Comunismo en Estados Unidos y destacando con notable economía narrativa y sin exageraciones melodramáticas que sobrecarguen el relato su obsesión por la información y el control del poder a través de la información. El detallismo y su visión casi mesiánica de cómo mejorar el sistema policial y de vigilancia de las fuerzas del orden en los Estados Unidos forma parte de la trama tanto como la deshumanización que ello conlleva, describiendo a Hoover como una especie de iluminado empeñado en una cruzada personal donde inevitablemente acaba saliendo también a flote la megalomanía. 
Hay varias escenas ejemplares por su belleza estética y su plácida eficacia visual y narrativa que son las que me llevan a considerar muy favorablemente esta película ya  ponerle esas cuatro estrellas que luce más arriba. 
Podríamos decir que la parte fundamental de la película se desarrolla esencialmente en una especie de paréntesis marcado por dos secuencias que desarrollan ese cruce entre lo sentimental  o lo privado y la imagen pública.  
La primera es esa interesante secuencia romántica truncada que tan elocuentemente define el conflicto esencial de la vida de Hoover, una vida deformada por la discrepancia entre lo público y lo privado. Me refiero a la cita en la biblioteca con el personaje de Helen Gandy que interpreta Naomi Watts. 
La segunda es una secuencia mucho más sencilla, pero igualmente definitoria del tema que menciono: el momento en el que vemos a Hoover junto a Clyde Tolson, ya ancianos, formando una pareja en las carreras de caballos. 
Ambos momentos consiguen meternos de lleno en esa vida extraña que llevó J. Edgar y que Eastwood ha reconstruido en mi opinión con una notable eficacia en su película.  Cierto es que para entrar en esa parte personal ha descuidado la parte histórica y política del relato, y no es menos cierto que se ha visto obligado a nadar entre dos aguas para intentar ofender lo menos posible en lo referido a la homosexualidad del protagonista, pero incluso en este último asunto creo que ha hecho un excelente trabajo de normalización sin caer en la trampa del morbo fácil o la explotación sesgada de las peripecias de alcoba del protagonista. 
Eso sí, en el caso de que alguien quiera conocer más de la época y las conspiraciones y maneras de manejar el poder de J. Edgar Hoover, tendrá que leerse uno o vario libros, lo cual tampoco es nada malo, dicho sea de paso. (ACCION DE CINE).


Con la complicidad del guionista Dustin Lance Black, que ya estuvo detrás de la notable Mi nombre es Harvey Milk (Gus Van Sant, 2008), Clint Eastwood parece haber tomado el camino más difícil a la hora de afrontar la figura de J. Edgar Hoover: en lugar de someter a uno de los iconos más odiados de la reciente historia americana a un juicio feroz e inapelable, el cineasta construye la ilusión de proporcionar al personaje (esquivo, opaco y con más esqueletos en el armario que un castillo de novela gótica) la posibilidad de formular su propia apología, de contar su hipotética versión de una historia que transcurre en las cloacas del poder.
El resultado es una película quizá antipática, pero también compleja, fascinante, llena de capas. La demoledora elipsis que pasa del aparente flirteo entre Hoover y Helen Gandy a la crepuscular realidad de sus roles futuros es tan solo uno de los eficaces golpes de efecto de una película que indaga en la torturada sexualidad del personaje de manera suficientemente explícita, pero esquiva con habilidad el morbo y acaba hablando de algo más profundo: la construcción de una .(FOTOGRAMAS).

viernes, 20 de enero de 2012

LOS DESCENDIENTES




Película: Los descendientes. Título original: The descendants. Dirección:Alexander PaynePaís: USAAño: 2011. Duración: 110 min. Género: Drama,comediaInterpretación: George Clooney (Matt King), Judy Greer (Julie Speer), Matthew Lillard (Brian Speer), Beau Bridges (primo Hugh), Shailene Woodley (Alexandra), Robert Forster (Scott Thorson), Nick Krause (Sid), Amara Miller (Scottie King), Mary Birdsong (Kai Mitchell), Rob Huebel (Mark Mitchell).Guion: Alexander Payne, Nat Faxon y Jim Rash; basado en la novela de Kaui Hart Hemmings. Producción: Jim Burke, Alexander Payne y Jim Taylor. Fotografía: Phedon Papamichael. Montaje: Kevin Tent. Diseño de producción: Jane Ann Stewart.Vestuario: Wendy Chuck. Distribuidora: Hispano FoxfilmEstreno en USA: 9 Diciembre 2011. Estreno en España: 20 Enero 2012. Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.


En “Los descendientes”, Matt King (George Clooney), casado y padre de dos niñas, se ve obligado a reconsiderar su pasado y a encauzar su futuro cuando su mujer sufre un terrible accidente de barco en Waikiki. Matt intenta torpemente recomponer la relación con sus hijas —la precoz Scottie, de 10 años, y la rebelde Alexandra, de 17—, al mismo tiempo que se enfrenta a la difícil decisión de vender las tierras de la familia. Herencia de la unión entre la realeza hawaiana y los misioneros, los King poseen algunas de las últimas zonas vírgenes de playa tropical de las islas, de un valor incalculable. Cuando Alexandra suelta la bomba de que su madre tenía una aventura amorosa en el momento del accidente, Matt tiene que empezar a mirar con ojos nuevos toda su vida, por no hablar de su herencia, durante una semana plena de cruciales decisiones. Con sus hijas a cuestas, Matt se embarca en la azarosa búsqueda del amante de su mujer. A lo largo del camino, donde se van alternando encuentros divertidos, conflictivos y trascendentales, Matt comprende que por fin se halla en la buena dirección para reconstruir su vida y su familia.


Han pasado siete años desde que Payne dirigió su última película, un periodo bastante largo de tiempo, algo que nos ha hecho esperar con bastante expectación su nuevo largometraje, en este tiempo tampoco ha estado parado si no que se ha dedicado bastante a su nueva tarea de productor, llevando a salir a la luz películas como La Familia Savage, Convención en Cedar Rapids o El Rey de California, también produjo la serie Hung de la HBO de la que dirigió el piloto, y escribió un guión que finalmente no se llevó a cabo pero que posiblemente realice después de estos Descendientes. Es cierto que no ha estado parado, pero estos siete años se han antojado demasiados para esperar el nuevo trabajo de uno de los realizadores norteamericanos más interesantes y que más va a tener que decir durante las próximas décadas.

Antes de que podamos ver los créditos iniciales Payne abre con una escena en el agua de vital importancia, una en la que la mujer del protagonista está en una lancha motora, realmente podríamos decir que es una escena de fuera de relato, de hecho esta es la única vez que veremos con vida a este personaje, pero la importancia de esa escena es vital y realmente  no dejará de estar presente durante toda la película. Ese incidente es el que cambia por completo la vida de Matt King, un tipo que podría parecer exitoso, tiene una familia, dos hijas, vive en el paraíso, <<¿Paraíso? Y una mierda>>, sentencia nada más comenzar la película, y es que en el Hawái que vive este Matt King no tiene nada que ver con ese idílico paraíso tropical que el cine nos ha mostrado casi siempre, y además él, pese a toda esa imponente fachada no es más que otra persona que siente fracasada en la vida y totalmente perdido dentro de su mundo, uno de esos perdedores que han estado siempre presentes el cine de Payne, como el profesor adultero de Election, el viudo recién jubilado de A propósito de Schmidt o el divorciado incapaz de publicar su novela de Entre Copas. Matt King de repente se ve solo y lo que es peor se ve sobrepasado por todo lo que no entiende y cargado de nuevas responsabilidades. Matt tendrá que lidiar con dos hijas rebeldes, de las que no puede entender por qué le guardan tan poco respeto, tampoco entiende por qué su mujer le engañaba y quería divorciarse de él, además como heredero de unas extensas tierras en Hawái se verá responsable a lidiar con todos sus primos en un interminable proceso de venta, ese es el paraíso actual de Matt King, normal que diga que ese paraíso es una mierda.
Tras enterarse de la infidelidad de su esposa, Matt se verá en la necesidad de encontrar a ese hombre para darle la noticia sobre el incidente, un acto que está a medio camino entre la curiosidad y el temor pero que sobre todo se acaba convirtiendo en un último acto de amor. Esto será lo que marque el devenir de toda la película, así se aventurará de una isla a otra del archipiélago de Hawái, una metáfora perfectamente usada por Payne para explicar el desperdigamiento de la familia, y es que uno de los muchos temas del film no deja de ser la disfunción familiar, para encontrarse con ese hombre sin saber muy bien si lo único que busca es encontrar los motivos que llevaron a su mujer a querer separarse de él cuando creía que todo iba bien o si realmente lo hace como una necesaria vía de escape a la que aferrarse. Esta visita también influirá en su decisión de cara a la futura venta de esos terrenos, algo que podría acabar siendo una mera comparsa de fondo, pero que Payne la utiliza muy bien para crear en ella una reconciliadora toma de conciencia con el pasado e incluso un valido argumento vengativo.

Lejos de caer en el melodrama en el que habría sido realmente fácil caer con una historia como ésta, Payne narra con el satírico sentido del humor que siempre ha acompañado a su cine, acompañando a la película con las ácidas reflexiones en off de su protagonista y regalándonos también secundarios de naturaleza divertida pero que no se dejan caer en la caricaturización. Payne consigue lograr un perfecto equilibrio entre la comedia y el drama sin perder nunca el sentido, sabiendo captar la complejidad de las relaciones emocionales y dotando a la película de un tono calmado, pero también triste y melancólico capaz de alternar en una misma escena un momento cómico con otro dramático o de aumentar el dramatismo en pequeños y necesarios momentos puntuales como el monólogo al lado de la cama de su esposa por parte de Clooney. Es precisamente Clooney una de las cosas que más destaca en la película con su increíble interpretación, quizá lo más grande de su papel es lo fácil que resulta creer a Clooney como un hombre medio abandonado, herido y perdido, porque es difícil conociendo a Clooney pensar en él así, pero aquí consigue borrar toda su fachada para dar vida a este pequeño perdedor que es Matt King. Y aunque realmente la película cuenta con un gran reparto dónde todos destacan, quizá la sorpresa más agradable nos la llevamos con una extraordinaria Shailene Woodley en un complejísimo papel de niño teniendo que ser adulto.
 
Una de las muchas cosas que resultan increíblemente fascinante en Los Descendientes es el tratamiento que se le da a Hawái, de una forma que posiblemente no hayamos visto nunca, Payne se aleja del habitual enfoque turístico con el que siempre ha aparecido la isla en el cine y nos traslada de lleno al corazón urbano de Honolulu, algo que está muy lejos de ese paraíso al que Matt King se refiere en la primera escena, esto también es de vital importancia puesto que como ya ocurría en Entre Copas el paisaje toma también posición privilegiada como un personaje más, que aunque es una visión desconocida tampoco renuncia a sus raíces, y no faltan esas horribles camisas de flores (‘Hasta el más rico de Hawái se viste como un vagabundo’ dice King) ni una estupenda banda sonora con temas autóctonos a ritmo de Ukelele. Payne completa una película redonda, donde sin miedo se aventura a tocar muchos temas, pero sabiendo ordenarlos para no tropezarse ni dejar que ninguno parezca superficial o se quede abandonado, y es que Payne abre sobre el agua, y cierra debajo de ella con un precioso plano contrapicado, cerrando así un círculo perfecto en el que consigue llegar, no solo la película, sino también sus personajes, a una necesaria estabilidad. ¿Que Los Descendientes tienen escrito Oscar en la frente? Por supuesto, pero con todo merecimiento. (EL SEPTIMO ARTE).

Nota: 8,5




Soberbio y sencillo drama familiar con tintes de humor, digno ganador del Globo de Oro. Como lo es su protagonista, un contenido George Clooney, que borda el papel de padre en apuros ante la enfermedad de su mujer y la rebeldía de sus dos hijas. Una película, como decía antes, sencilla y sin estridencias. Calmada y natural, que aprovecha los escenarios naturales de Hawaii para mostrarnos que las cosas no son perfectas ni mucho menos en el paraíso. Una película que enlaza perfectamente con trabajos anteriores del director Alexander Payne y que se postula como seria candidata a los Oscar. Aunque tiene una lista de competidoras como para no verlo claro...
El caso es que en tiempos en los que los dramas que parecen ganarse el beneplácito de la crítica y los premios son historias desgarradoras, de esas llamadas más grandes que la vida, Payne opta por una historia pequeña pero no por ello menos conmovedora. Un drama real en el que todos podemos sentirnos identificados. No paraba de pensar durante la proyección en las historias de gente como Alejandro González Iñarritu y sus grandilocuentes dramas en contraposición a esta pequeña historia. Y, la verdad sea dicha, me quedo con una película como Los Descendientes.
No porque sea mejor o peor sino porque me resulta más creíble. Aquí no hay un marido hundido porque su mujer ha sido tiroteada en Marruecos mientras sus hijos corren por la frontera en manos de una niñera sin papeles. Ni mujeres en busca de venganza en un camino directo al cementerio. Aquí tenemos la historia de un padre y marido con una esposa en coma irreversible debido a un accidente y unas hijas con las que no sabe cómo lidiar. La pequeña se dedica a meterse con sus compañeras de clase y a hacer fotos artísticas de su madre enferma para un trabajo de clase. La mayor está en un colegio internada por sus escarceos con el alcohol y los hombres. Como si encerrarla en otra isla fuese a solucionar las heridas abiertas.Y en todo ello el personaje de Clooney se ve obligado a tomar las riendas de su familia. Aprender a ser padre, algo que había dejado en manos de su mujer para dedicarse a su trabajo. Y ahora ve que lo pierde todo por momentos. Que se le escapa entre los dedos porque no ha sabido ser mejor hombre antes. No mejor padre o marido simplemente padre y marido. Algo que daba por hecho hasta que la tragedia le golpea. Como muchos de los personajes de Payne es un tipo gris y sin nada especial que se dedica a recordarnos que su tatarabuela era descendiente del rey Kamehameha I. Lo dice más de una vez porque le hace sentirse especial. Único. Cuando en realidad sólo es un tipo más que no sabía lo afortunado que era hasta que se le cae el castillo de naipes. Con dinero, con una mujer preciosa y unas hijas que le adoran. Pero como muchos de nosotros él no lo veía.
La historia se deja llevar por los personajes porque en ellos reside la historia. El aprender a lidiar con el dolor, saber decir adiós, madurar, apreciar a nuestros seres queridos. Soportar el dolor y la pérdida. Aprender a vivir con ello. Todo lo vivimos a través de las reacciones de sus personajes y de cómo lidian cada uno de ellos con lo que se les plantea. Con lo que les da la vida. George Clooney les guía en ese camino sin saberlo con una interpretación brillante. Sin histrionismos ni desgarradores gritos de dolor. Con una mirada serena que va de la tristeza y el shock a la aceptación. Inmenso como actor. Hace fácil lo más difícil. Convencernos de que es un tipo gris y normal con más defectos que virtudes.
No anda mal acompañado con Shailene Woodley, protagonista de Vida Secreta de una Adolescente, a la cabeza como la hija mayor (lo dice todo con una mirada), pero sin olvidar gente como Robert Forster (su escena del hospital es simplemente memorable), Beau Bridges (impresionante en el bar), Judy Greer, Matthew Lillard... A algunos incluso los recupera del ostracismo. Hasta el personaje de Sid, el amigo dela hija, que parece un simple bufón al principio, va creciendo en torno a Clooney según avanza la película.Tiene detalles de humor sutil e irreverente, muy efectivo, pero es en menor cantidad que otras obras del director. Un director al que se le nota cada vez más fino y elegante. Su uso de la elipsis (la firma con los primos, el final) resulta primoroso. Siempre ha sabido escribir muy buenos guiones, pero poco a poco se consolida como narrador que sabe aprovechar los elementos visuales de la historia. Aquí por supuesto, Hawaii con varias de sus islas. Sabe imprimir a la historia la ternura justa y el drama justo también. Nunca resulta ni demasiado blando ni demasiado dispuesto al exceso. Aunque la trama de los primos y la venta de las tierras pueda resultar innecesaria. Es quizá el momento que más alarga la película sin ofrecer nada que realmente brille sobre el resto del metraje. Pese a su simbolismo sobre el cambio, no aporta nada a la película que ésta no tuviese ya en el resto de la historia.En resumidas cuentas una película excelente. Un drama serio y coherente no propenso a los excesos ni a la comedia que lo aligere. Ni a los finales dulces ni a lo devastador. Sólo un sencillo reflejo de la vida. Delos lazos que creamos y las responsabilidades que asumimos. De la vida y cómo encajar la muerte. De nuestros hijos y lo que heredan de nosotros, mucho más importante que el dinero o las tierras. Con su ración justa de sorpresas y giros dosificados y nunca saliéndose de tono demasiado. Emocionando a través de las cosas más normales. Equilibrados. Y con un reparto que está en su mejor momento. Una película hecha para degustar buen cine.(ACCIÓN CINE).

Es un drama de dualidades. ¿O es una comedia? Los descendientes transita por los más ridículos vericuetos del absurdo compartiendo, a su vez, momentos de gran angustia y dolor. Como el supuesto paraíso en el que se desarrolla la trama, Waikiki, en Hawai: ¿una ciudad moderna con el progreso a las puertas o un pedazo de naturaleza que conserva el pasado más tradicional? Difícil escoger. Imposible. Así es el cine deAlexander Payne, agridulce, tragicómico, como la vida misma.  
Como en sus anteriores películas Election yEntre copas y, especialmente, A propósito de Schmidt, el director vuelve a colocar a su protagonista en la cuerda floja y lo insta a tomar una decisión, en un momento de transición, que le hace replantearse quién es, qué quiere y qué necesita. En Los descendientes, aquel Jack Nicholson, o Paul Giamatti, o Matthew Broderick, el tipo perdedor, frustrado y sin suerte, tiene el rostro y la insuperable sonrisa de George Clooney, su carisma. Sólo el enorme talento de actor y director hace posible que nos creamos que el soltero de oro de Hollywood es un tipo ¡imperfecto!, infeliz y absolutamente desorientado. También es cierto que ayuda verle con unas bermudas y camisas horrorosas. George Clooney es Los descendientes.Sin él, hubiera sido otro inteligente y emotivo filme de Alexander Payne. Con Clooney, Los descendienteses una de las películas del año.
Al comienzo del filme, su personaje, Matt King, voz en off de todo lo que va aconteciendo, arrastra la perplejidad como la bola de un reo. Primero, por el durísimo golpe de observar a su mujer en coma, en la habitación de un hospital, sin saber cómo manejar el asunto con sus dos hijas; después, cuando descubre que el amor de su vida, esa mujer postrada, le ha estado engañando, le ha sido infiel. El (casi) viudo y cornudo padre decide emprender entonces un viaje, un poco a lo loco, para –y aquí asoma el ego masculino– saber qué vio en el otro para alejarse de él. 
Esa huida le lleva de una isla a otra, el archipiélago como una metáfora de lo que somos: miembros de la misma familia, pero individuos al fin y al cabo. También aprovecha el viaje Alexander Payne para introducirnos en una temática aparentemente menos emocional, la de la compra- venta de tierras heredadas, algo muy común en un lugar como Hawai. Matt deberá decidir qué hacer con las suyas. Mientras en el hospital poco puede hacer por recuperar a su mujer; en su negocio tiene la oportunidad de tomar una decisión. 
En ese viaje conocemos a las niñas de este padre inexperto. Unas crías que explican también sus cambios de comportamiento. La pequeña no logra asimilar la realidad, como le ocurre al cabeza de familia; la mayor –magnífica Shailene Woodley, prota de la serie Vida secreta de una adolescentereprime sus sentimientos, hasta que decide confiar en su padre, y se preocupa por él. A ellos se suma elnovioamigo de la chica, un chaval torpe al que Matt rechaza sin comprender que, a pesar de su juventud, lleva ya algunas vidas quemadas. Que reciba un puñetazo del abuelo por reírse (sin saber) de su mujer con Alzheimer explica la tónica general del ser humano: ignorar la desgracia, ésa, que siempre acaba por llegar. Payne nos abre un poco la puerta.(CINEMANIA).

lunes, 16 de enero de 2012

LA CHISPA DE LA VIDA




Película: La chispa de la vida. Dirección: Álex de la IglesiaPaís: España.Año: 2011. Duración: 98 min. Género: TragicomediaInterpretación: José Mota (Roberto), Salma Hayek (Luisa), Blanca Portillo (Mercedes), Juan Luis Galiardo (alcalde), Fernando Tejero (Johnny), Manuel Tallafé (Claudio), Santiago Segura (David Solar), Antonio Garrido (Dr. Velasco), Carolina Bang (Pilar Álvarez), Joaquín Climent (Javier). Guion: Randy FeldmanProducción: Andrés Vicente Gómez y Ximo Pérez. Fotografía: Kiko de la Rica. Montaje: Pablo Blanco.Dirección artística: Arturo García y José Arrizabalaga. Distribuidora: Alta Classics.Estreno en España: 13 Enero 2012Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.


En “La chispa de la vida” conoceremos la historia de Roberto, un publicista en paro que queda atrapado en un accidente de manera que nadie se pone de acuerdo en la manera de rescatarlo. Una situación absurda y dramática que llama la atención de los medios de comunicación, que convierten la tragedia en un espectáculo. En semejante tesitura, Roberto decide sacar partido y vender la exclusiva para solucionar para siempre los problemas económicos de su familia.


Roberto es un publicista felizmente casado, con dos hijos, y el creativo que inventó el lema "La chispa de la vida" para Coca-Cola. Pero está en paro, y a pesar de su valía nadie se fija en él. Tiene la esperanza de que su antiguo jefe en la agencia que le dio su momento de gloria le acoja, pero nada. Desesperado, toma el coche medio zombie hasta Cartagena, y se cuela en el Teatro Romano donde antaño estuvo el hotel donde celebró su luna de miel. Terminará accidentado en una situación en que su vida pende de un hilo, y donde las televisiones de todo el mundo están pendientes de su suerte.
Álex de la Iglesia parece haberse inspirado en dos fuentes absolutamente reconocibles: El gran carnaval, grandísima película de Billy Wilder, y la aventura real de los mineros chilenos acontecida en 2010, seguida por personas de todo el mundo del planeta, y citada expresamente en el film. La actual situación de crisis económica, más el fichaje de un cómico con la gracia natural de José Mota y una actriz glamourosa como la mexicanaSalma Hayek son otros sabrosos ingredientes para una película que prometía mucho más que lo que da. La sensación que transmite es la de un rodaje apresurado, con cierta escasez de medios, aunque justo es reconocer que el cineasta se esfuerza en sacar partido a los vistosos escenarios de las Torres de Madrid y el Teatro Romano.
Es obvio que el punto de partida de esta tragicomedia tiene gancho, aunque no sea original. Y que la crítica a la deshumanización de la empresa y los medios de comunicación es acertada y necesaria en los tiempos que corren. Además hay momentos con chispa, si se nos permite la expresión del título, que despiertan la sonrisa. Pero dicho esto no se puede dejar de señalar que la narración resulta algo tosca, todo es muy obvio y repetitivo. Ver por ejemplo a Fernando Tejero repetir al menos tres veces un gesto de OK como agente despiadado, o a Juan Luis Galiardo excusándose una y otra vez como alcalde tratando de salvar su trasero cansa. Y el prólogo hogareño de Mota y Hayek es larguísimo y ralentiza que entremos rápidamente en harina.(DE CINE 21).



La chispa de la vida: Álex de la Iglesia vuelve al camino de La Comunidad con el humor negro como compañero de viaje.
Esperpento y sátira de dan la mano en una película que sirve como espejo de una España que me recuerda las comedias escritas por Rafael Azcona y dirigidas por el maestro Berlanga y por Marco Ferreri, El verdugo, Plácido, El Pisito, El cochecito… Si La Comunidad era heredera brillante de todas ellas, su director vuelve al mismo territorio consiguiendo que la sonrisa se nos cambie en rictus amargo con su último trabajo, donde realiza un trabajo de equilibrista de las emociones llevándonos desde la sonrisa nerviosa al vernos reconocidos en ese espejo de miserias nacionales que son algunos de sus personajes, hasta el nudo en la garganta cuando nos identificamos con el protagonista, interpretado con esforzada sinceridad y una destacable humildad por un José Mota en pleno trabajo de exploración de nuevos caminos.
Mota a ratos me recordó el viaje como actor del inolvidable Cassen, un maestro con el que aquí comparte esa capacidad para representar sin arrebatos de estrella el calvario del antihéroe al estilo hispano, siempre maltratado por el estigma maldito que nos persigue desde los tiempos del Cid Campeador, del que no por capricho se decía: qué buen vasallo… si tuviera buen señor. Estrella de la parrilla televisiva de los viernes con su programa de humor en la primera cadena de Televisión Española, está acompañado en La chispa de la vida por una inmensa Salma Hayek que se agiganta a medida que avanza la trama y en algún momento me recordó a Ana Magnani, trayendo a esta fábula un saludable aire neorrealista.
Junto a ellos, Álex de la Iglesia aborda con singular astucia un complejo trabajo con una incombustible legión de actores de reparto, nunca secundarios, porque además cada uno tiene su momento para lucirse y su propio conflicto desarrollado en un segundo plano de la historia principal, dejando flecos interesantes en la historia que invitan al espectador a imaginar el futuro de esas otras piezas del puzle. Proporciona así mayor verosimilitud a la situación narrada por la película, aportando el tapiz del esperpento que envuelve como un manto a la pareja de antihéroes protagonista. Políticos, médicos, vigilantes, periodistas, mirones, mercaderes siniestros de la miseria ajena, tratantes en despropósitos y pícaros de toda laya se constituyen en  espejos de cuerpo entero de una sociedad que tiene tendencia hacia lo miserable, pero en la que el director intenta rastrear ligeros ejemplos de dignidad e incluso la redención de algún que otro personaje… sin dejarse arrastrar por un optimismo imbécil.
El punto de partida puede recordar El gran carnaval, dirigida por Billy Wilder y protagonizada por Kirk Douglas, pero Álex de la Iglesia no tarda más de dos minutos en hacer totalmente suya esa propuesta de arranque, en primer lugar tomando la decisión fundamental de narrar la historia convirtiendo en protagonista a la víctima y no a su explotador, como en su momento hiciera Wilder, añadiendo luego esa mirada de humor negro que me recuerda al trío Azcona/Berlanga/Ferreri, pero sobre todo rasgos familiares de la parte de su filmografía que le ha dado otra vuelta de tuerca a las figuras de pícaros y antihéroes al estilo español y entre los cuales puede colarse en cualquier momento un personaje que parece haber escapado de las páginas de la revista El Víbora para apuntarse a esta fiesta del disparate. La chispa de la vida, justo es decirlo tras aludir a sus antecedentes cinematográficos, tiene también cierto aire visual siniestro que recuerda las pinturas negras de Goya.
Lo que en mi opinión hace el director con esta película es volver a un camino que domina, como demostró en La Comunidad, dándole otra vuelta de tuerca y acercándose hasta los límites de su propia visión personal e intransferible del esperpento español.
Pero dejando al margen todo esto, la película tiene el acierto de poner sobre la mesa, en mi opinión con una buena dosis de agallas y sin dulcificar el asunto en clave de farsa, el tema del paro y la facilidad con la que esta sociedad secuestrada por el miedo nacido del pretexto de la crisis está demoliendo las vidas de profesionales de todas las edades, pero muy especialmente de veteranos de probada eficacia que son echados a la cuneta laboral a golpe de ERE o similar después de años prestando solventes servicios a sus empresas. Conozco a varios compañeros en esa situación, puestos en la calle con 40 o 50 años con la única explicación de: “la crisis”.  El laconismo es algunas veces atroz. Estoy convencido de que en unos años alguien reparará en que si algo define estos tiempos que ahora vivimos es ese disparatado desperdicio de recursos y talentos en la época más productiva de muchos profesionales especializados. A la larga será un factor de empobrecimiento de muchas empresas cuyos directivos de contrato blindado se muestran hoy despreciablemente ufanos por prescindir de sus veteranos para apañar la plantilla ahorrándose cuatro duros que luego las más de las veces no irán a ningún sitio.  Algo hay de todo ello también en La chispa de la vida, que además no pacta con el espectador componendas poéticas de vía estrecha, discursos humanistas a contrapelo o finales complacientes.
No están los tiempos para tragar con más gilipolleces.(REVISTA ACCIÓN).



A favor, por Ricardo Aldarondo
Lo tenía todo en contra (esa pareja protagonista y ese título auguraban comedieta insustancial), pero en una pirueta inesperada Álex de la Iglesia ha completado una película contenida y equilibrada, descarnada pero sensata. Esta vez no apuesta todo al desmadre final, pues no lo hay. En su lugar, un desenlace que lleva a la vía dramática y que habla de la dignidad y la implicación personal en lugar de hacer explotar el circo. El humor negro, que lo hay contra políticos, banqueros y televisiones sin corazón, también encuentra su reverso amable en múltiples detalles que van reiventando continuamente la situación inicial (un parado que se convierte en espectáculo televisivo), mientras va creciendo la terrible historia de un hombre normal. La referencia a 'El Gran Carnaval' (1951), de Billy Wilder, es evidente, pero, como el propio De la Iglesia señala, la diferencia es importante: aquí es la propia víctima la que pide ser fagocitado por los medios para tratar de salvar su vida. Evitando chistecitos por parte de José Mota y sacando de él una excelente interpretación, el bilbaíno demuestra que puede mantener intacto su sello, con un film abiertamente comercial y asequible.
En contra, por Jordi Costa
En las páginas de 'La bestia anda suelta', de Marcos Ordóñez, Álex de la Iglesia se lamentaba de la dificultad de romper con las expectativas del público, de la imposibilidad de rodar la sorprendente película en la que Resines se carga a Santiago Ramos a la media hora. La chispa de la vida, sorprendente película en la que, a la media hora, un hierro se clava en la cabeza de José Mota, el cómico mainstream del momento, es lo más cerca que su cine ha estado de ese gesto radical. Por desgracia, también su película menos enérgica. En el primer tramo de esta comedia negrísima que va perdiendo sátira hasta quedarse en drama vocacionalmente feroz, De la Iglesia parece tantear registros inéditos en su carrera (el recorrido kafkiano por la agencia publicitaria, con sus insistentes curriculums y la implacable entrevista final), pero no tarda en imponerse la exasperante brocha gorda. Con ecos del 15-M que parecen pura ocurrencia de posproducción, la película denota cuál es la gran asignatura pendiente de su director: el manejo de la sutileza y la ambigüedad.(FOTOGRAMAS).