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viernes, 24 de febrero de 2012

LA INVENCIÓN DE HUGO






Película: La invención de Hugo. Título original: Hugo. AKA: The invention of Hugo Cabret. Dirección: Martin ScorsesePaís: USAAño: 2011. Duración:128 min. Género: AventurasfantásticoInterpretación: Asa Butterfield (Hugo Cabret), Chloë Grace Moretz (Isabelle), Ben Kingsley(Georges Méliès), Sacha Baron Cohen (inspector de estación), Jude Law (padre de Hugo)Christopher Lee (Sr. Labisse), Richard Griffiths, Ray Winstone (tío Claude), Emily Mortimer (Lisette). Guion: John Logan; basado en el libro “La invención de Hugo Cabret”, de Brian SelznickProducción: Johnny Depp, Tim Headington, Graham King y Martin Scorsese. Música: Howard ShoreFotografía:Robert Richardson. Montaje: Thelma Schoonmaker. Diseño de producción: Dante Ferretti. Vestuario: Sandy Powell.Distribuidora: Paramount Pictures SpainEstreno en USA: 23 Noviembre 2011. Estreno en España: 24 Febrero 2012. Calificación por edades: Apta para todos los públicos.


En “La invención de Hugo” conoceremos a Hugo, un niño huérfano, relojero y ladrón que vive entre los muros de una ajetreada estación de trenes parisina. Nadie sabe de su existencia hasta que le descubre una excéntrica niña junto a la que vivirá una increíble aventura.


.......La cinta, sin embargo, no vive sólo de la nos­talgia. El 3D, por una vez, no es un me­ro capricho y, aparte de ser utilizado con una fluidez asombrosa, es la guinda del pas­tel al tributo diseñado por Scorsese. Cuan­do la vean, lo entenderán, pero ya les ade­lanto que La llegada del tren, de los herma­nos Lumière, cobra un nuevo significado. Y luego el diseño de producción de Dan­te Ferretti, el montaje de Thelma Schoon­maker (por cierto, la viuda de Mi­chael Powell) y la música de Howard Sho­re son simplemente lo mejor del año en ca­da apartado. Todos ellos tienen ya por lo me­nos un Oscar, pero se merecen otro. Y Scor­sese, con permiso de Terrence Malick, tam­bién.
Si algo hay que achacarle a la película es lo mucho que se recrea el guión en la prime­ra media hora en contar las correríasdicken­sianas del niño protagonista (muy presentes en el equívoco tráiler), cuando después queda claro de qué va realmente la his­toria. Aunque de alguna manera tenía que justificar el realizador que estaba rodan­do una película infantil.(FILA SIETE).



La invención de Hugo es la primera obra maestra del cine en 3D. Scorsese recupera la magia de los pioneros del cine.
Dirigida por un Martin Scorsese que recobra los mejores recursos de su talento y vuelve a brillar como cineasta a una altura que no le conocíamos en los últimos tiempos, la adaptación del libro de Brian Selznick Hugo Cabret ha sido una de las más gratas sorpresas del año en lo referido a cine. Y no es casualidad que forme pareja con The Artist en la competencia por los Oscar, ya que ambas tienen muchas cosas en común en cuanto a tono, argumento y celebración. Lo que ocurre es que simplemente rinden homenajes a etapas distintas del cine, y eso se refleja en el alma de estas dos producciones condenadas a verse las caras en el próximo reparto de estatuillas de la Academia de Hollywood. Lo que tienen en común es que en las etapas retratadas los protagonistas son los mismos: los juguetes rotos del cine, ya sea por la llegada del sonoro, caso de The Artist, o por el final de la era mítica de juguete tecnológico y maravilla de feria, complemento de trucos de magia, que conocieron los pioneros del cinematógrafo y terminó con la llegada del concepto del cine como industria impuesto por Pathé en el caso de La invención de Hugo, aunque en un permisible alarde arrebato poético de moralina un tanto oportunista, única pega que le veo a la película, Scorsese explique ese final de la era “mágica” e ingenua de los pioneros eligiendo la Primera Guerra Mundial como villano esencial de su historia, en lugar de explicar que el trabajo fundamentalmente artesanal con coloreado a mano y producción lenta de nuevos títulos de Méliès le situó fuera de juego y le complicó la vida frente a la nueva ola de mercaderes y trabajadores del cine que llegaron dispuestos a convertir el juguete en una máquina de producción en cadena. Dicho sea de paso, la Primera Guerra Mundial, que tiene una presencia muy curiosa como trasfondo y origen de algún que otro personaje y situaciones fundamentales en la trama, es un punto en común con otro título reciente de otro cineasta norteamericano destacado en el relevo generacional que se operó en Hollywood en los años setenta. Me refiero a Steven Spielberg y su fordiano viaje a dicho conflicto en War Horse…
Lo primero que hay que aclarar es que en La invención de Hugo en ningún momento vamos a encontrar una película de acción trepidante al estilo de Harry Potter, vaya eso por delante para que el personal no se despiste y vaya más informado a los cines a ver esta maravilla cinematográfica. Ahora bien, eso no significa que la película no contenga algunas de las escenas visualmente más impresionantes que vamos a ver este año en una pantalla grande. Cuanto más grande mejor, por cierto, porque por primera vez la excelente utilización técnica del cine en tres dimensiones, que ya encontramos en Avatar, está puesta al servicio de una historia, un desarrollo de la trama y unos personajes sólidos, interesantes, que te enganchan desde el principio, y también desde la primera secuencia se comprende por qué Scorsese tenía que rodar esta película en 3D. Al contrario de lo que ocurre en otras muchas producciones que aplican lo tridimensional como mero reclamo para la taquilla o simplemente lo explotan tarde y mal para adornar o disimular una pobre oferta cinematográfica que incluso saldría ganando permaneciendo en el mundo de las dos dimensiones, al que realmente pertenece, el 3D se integra de forma eficaz no sólo como herramienta para meternos de cabeza en el impresionante y mágico mundo de Hugo, sino que además forma parte del propio espíritu del relato que se nos está contando. ¿Cómo? A través de su capacidad para crear magia visual, que vincula el uso de la tridimensionalidad en las mismas claves de fabricación de imágenes y ensoñaciones a través de los dioramas o los troquelados que poblaron la infancia de quienes, por pertenecer a una generación anterior al vídeo casero y los videojuegos, recibimos una dosis de ocio y entretenimiento sin duda más escasa de medios técnicos y financieros, pero me temo que mucho más rica en imaginación y por tanto mucho más eficaz a la hora de potenciar nuestra todavía virginal imaginación infantil. 
Los dioramas y los troquelados están íntimamente ligados a la manera en la que el personaje de George Méliès concibe el cine según establece una de las frases más destacadas del diálogo de la película: como una fábrica de sueños. Ese concepto, manido y aplicado de manera torticera y con abundante dosis de sarcasmo incorporado al Hollywood de la era dorada, era mucho más coherente para señalar, sin intenciones de doble sentido o sarcasmo cínico el trabajo de los cineastas pioneros poseídos por todo el entusiasmo de la infancia del cinematógrafo. Con ellos comparten las producciones de Méliès que Scorsese homenajea en un fragmento de su película una serie de cualidades esenciales que posiblemente el avance tecnológico le ha estado robando al cine en los últimos tiempos, empezando por la inocencia, siguiendo con la imaginación y finalizando con la contemplación del cine como magia. Las “películas de trucos” de Méliès que inspiran el alma de La invención de Hugo estaban repletas de una poesía visual que entronca perfectamente con la manera de ver el mundo que predomina en la infancia, tocada esencialmente por la ingenuidad pero también por una imaginación tan desinhibida e incluso diría yo que temeraria como la que exhibe la propia película de Scorsese. Es eso lo que convierte a La invención de Hugo en un soplo de aire fresco en el entorno un tanto estancado en la repetición, lo previsible y el agotamiento de algunos géneros y fórmulas que es el cine de nuestro tiempo: la película es una forma de homenajear y al mismo tiempo reintegrarnos a la infancia del cine, y  por ello necesita el 3D como aliado esencial, pero un 3D que no se impone a los verdaderos valores e intereses del gran cine, a las claves esenciales con las que se fabrican los clásicos de la pantalla grande. Muy al contrario: por primera vez desde hace mucho tiempo, el avance tecnológico renuncia al protagonismo casi absoluto y se convierte simplemente, nada más y nada menos, que en una maravillosa herramienta para contar historias.
Lo que ha rodado Scorsese es una historia de aventuras e iniciación que entra más en el terreno de Mark Twain con cierta mezcla que acerca algunos momentos a Charles Dickens. Estos referentes literarios esenciales en La invención de hugo se completan con el inevitable y esencial Julio Verne. Pero cada una de estas fuentes de inspiración, que no por ser literarias lastran de manera alguna la personalidad eminentemente cinematográfica de la película, opera de forma distinta y sobre una sección diferente de La invención de Hugo. El encargado de introducir esos referentes literarios en la historia es el librero al que da vida, en una interpretación breve pero magistral, Christopher Lee.
En los méritos de la película hay que apuntar también la novedad y cambio de registro que supone en la filmografía de su director, el acierto de un reparto que tiene en Ben Kingsley un trabajo interesante, pero además incorpora a un Sacha Baron Coen cuyo papel puede servir como ejemplo de los muchos matices que encierra la película trabajando desde lo sutil y lo elegante. El actor lidia como un maestro con la ambigüedad de su personaje, reclutado  al mismo tiempo como amenaza de villano que se expresa por la vía del tópico y homenajea a los malos del cine mudo por un lado y por otro desarrollado brillantemente como recurso cómico (ojo a los diálogos telefónicos, dignos algunos del mismísimo Groucho Marx), llegando además a desdoblarse incluso en antihéroe romántico que recuerda al soldadito de plomo del cuento…
Ese personaje, como digo, es una muestra del amplio arco de propuestas que nos hace Scorsese en esta maravilla que además puede disfrutar público de todas las edades.
Miguel Juan Payán (ACCIÓN DE CINE).




Es curioso que hayan coincidido en el tiempo sendos homenajes tan evidentes, románticos y sinceros a las raíces de ese incipiente arte que se abría paso como tal a principios del siglo pasado como 'The Artist' y 'La invención de Hugo'. Y más curioso resulta todavía que precisamente este homenaje que rinde cada una de ellas a su manera, esta dependencia, sea la losa que en parte impida a las dos auparse aún más arriba de lo que sus inmejorables intenciones merecerían. No, no es que ninguna de las dos sean malas películas -Dios me libre siquiera de insinuarlo-, sino que en ambos casos, y a los ojos de un servidor, es tanto el respeto y las ganas de venerar por parte de sus responsables a un cine "de antes" que en cierta manera se olvidan de que forman parte del cine "de ahora" para elaborar dos discursos que presentan muy buenas maneras y son sumamente interesantes, si, pero carentes de esa misma magia que tanto evocan al no saber ir más allá de dar forma a estos arrebatos de nostalgia cinematográfica, de ese referencialismo que si bien para el demográfico más cinéfilo será toda una declaración de amor a la que corresponder sin dilación y con efusividad... ¿qué pasa con aquellos que ven el partido sin necesidad de ser de ninguno de los dos contendientes?  

Para que lo dicho al principio no se malinterprete lo vuelvo a decir, 'La invención de Hugo' es un filme sumamente interesante (y por ende siempre recomendable)... si bien ni es una producción tan redonda como pueda parecer ni una producción tan buena como nos gustaría creer, y en algunos casos, hacer creer. Al igual que ocurre con el 'J. Edgar' de Clint Eastwood puede que sea quizá parte de nuestra ambición la que nos impida apreciar sin objeción los indudables valores artísticos (y hasta morales) del nuevo trabajo de Martin Scorsese para poder hacer caso omiso a ese maldito pero, a esa maldita alimaña pendenciera que, más para nuestra desgracia, crece en nuestro interior cual alien diseñado por H.R. Giger con la intención de reventarnos el pecho que alberga ese corazón que tanto nos gustaría ceder a cada película que así se lo haya ganado. Scorsese oposita con ganas para ello con 'Hugo' aunque sea más por fuerza que maña, más por evocar que rubricar, sin lograr romper esa coraza que nos envuelve salvo en momentos determinados (y muy ocasionales - véase la indiferencia que provoca el flashback protagonizado por Jude Law). Y es que incluso todo un maestro como él puede pecar de novato en un terreno que le es más familiar -¿y propicio?- a cineastas como Tim Burton o Steven Spielberg, este último capaz de darle una lección de cómo y cuándo conectar emocionalmente con la audiencia (para todo aquel que así lo desee) con ese 'Caballo de batalla' sin perder el rumbo ni aun en el fragor de la batalla. 

Dejando de lado lo mejor de la película -su excelente capacidad técnica y su brillante reparto-, a lo que en todo caso volveré luego, 'Hugo' podría haber sido una excelente película... podría, más no lo es. Se disfruta, pero no cautiva, y a pesar de su tono dulzón deja tras de sí la amargura de la ocasión perdida, de que un clásico moderno podría haber nacido por derecho propio (y no por impostura). Y no es tanto por la excelente labor y puesta en escena de Martin Scorsese tras las cámaras como por la falta de emoción que desprende el difuso guión de John Logan cuya narrativa, heredada del respeto hacia la obra original, transita dando tumbos hasta llegar allí donde quería llegar de inicio, el citado homenaje tan directo y sin reservas hacia uno de los -eso sí- GRANDES de la historia del cine (aunque no seré quien escriba su nombre) que da la sensación de que gran parte de lo que se nos cuenta, por muy bien contado que este, es simple relleno de cartón piedra sin oficio ni beneficio, e incluso susceptible de ser considerado al final como un truco más digno de un embaucador que del prestidigitador que es Scorsese. Lo que empieza siendo una especie de muy acertado e interesante cuento centrado en un joven forzado a vivir oculto tras las paredes de una estación de trenes a la sombra del recuerdo de su padre va evolucionando sobre la marcha -pasando además por varias fases, tonos y posibilidades- hasta mostrar en su tercio final otra cara sin que por ejemplo esta figura paterna aparentemente tan importante de inicio se tenga en consideración alguna de cara a una resolución que, directamente, le ignora, creando un relato en suma desequilibrado e inconsistente. 

Y es que Asa Butterfield, protagonista de partida, termina por parecer un mero espectador de su propia ficción aunque la historia en realidad se inspire... en la realidad, siendo precisamente Hugo la verdadera aportación ficticia del relato. De igual manera a lo largo de todo su metraje se intuyen más que se muestran diversas posibilidades argumentales que nunca terminan de ser planteadas, sutilezas que dirían algunos en todo caso demasiado sutiles (y más bien efímeras), y que a diferencia de por ejemplo otra fábula mucho más acertada en la que dotaban de cuerpo a la narración como 'Amélie' aquí no pasan de meras anécdotas, sirva de muestra el entorno de Hugo donde la diversa fauna habitual de la estación (magníficamente recreada) no son más que sombras sin alma -salvo el irritable personaje de Sacha Baron Cohen- caso del sin par Richard Griffiths, la dulce Emily Mortimer o ese guitarrista llamémosle X (no obstante más un cameo que otra cosa) que sucumben ante lo que no por ser el fundamento principal de la existencia tanto de la novela como de la película debe consentir que su sombra sumerja en la oscuridad al resto de los elementos que configuran su postulado narrativo (y con ello ceda toda su emotividad a una sola carta tan marcada). Porque en 'La invención de Hugo' hay muchas posibilidades pero mal encauzadas y un potencial sin explotar: tenemos algo de drama... pero no es un drama; tenemos aventura... pero no es una de aventura; tenemos algo de comedia... pero no es una comedia; tenemos algo de filme familiar... pero no es un filme familiar; tenemos algo fantástico... pero no es una fantasía; tenemos algo de cine de autor... pero no es cine de autor... siendo todo ello a la vez, una relativa indeterminación que tal vez vendría a justificar su fracaso comercial al no ser precisamente un filme fácilmente catalogable... lo que puede ser tan bueno como malo o, como en este caso, quedarse entre medias de ambas opciones.

Por lo demás, y dejando ya de lado su desequilibrio argumental para entrar de lleno en lo que sin duda es lo mejor del filme, este es todo un fascinante despliegue visual demostrando que de la confluencia de un director con talento y dinero con el que disponer de medios siempre surgen cosas (muy) interesantes. Como por otro lado es costumbre en alguien como Scorsese todos los apartados técnicos y artísticos lucen a gran nivel, sin que merezca destacar nada en particular ante el riesgo de por ello dar la sensación de que lo no citado carezca de la misma brillantez, por lo que directamente daremos por aprobado el curso con un notable de nota media y todos contentos. No obstante mención aparte merece el empleo del 3D por parte de un cineasta que sabe sumar los recursos en favor de la causa sin convertir estos mismos recursos en una causa en sí misma, pero que sin embargo como en parte sucede con todo el filme presenta una doble cara que oculta un factor negativo... aunque no necesariamente sea un defecto, o tenga que serlo. Me explico: viendo 'La invención de Hugo' era consciente del 3D porque efectivamente la película luce en 3D. ¿Cuál es el problema? Pues esa misma consciencia de estar viendo un filme en 3D... en vez de estar viendo un filme, recurso que al menos a un servidor -dejaré la puerta abierta a que pueda ser prejuicio mío- le sacaba de la película y le alejaba (aún más) de las maravillosas interpretaciones de Asa Butterfield (al que esperemos no se lo coma el niño de 'El sexto sentido'...) o Ben Kingsley, entre otros, para inmiscuirlo de lleno en una distracción artificiosa.

Mientras veía 'La invención de Hugo' todo el rato me venía a la cabeza el nombre de Tim Burton, no podía evitarlo. Y es que 'La invención de Hugo' es uno de esos proyectos que huelen desde lejos como muy propicios para ser moldeados en manos de alguien como Tim Burton. Sin embargo, en una decisión muy interesante y no tan evidente alguien pensó en Martin Scorsese de la misma manera que hay a quien se le ocurrió pensar en Ang Lee para 'Hulk', por lo que el resultado final ha pasado de ser una película (más) de Tim Burton a ser una peculiar película de Martin Scorsese. Sin menospreciar un ápice a Tim Burton (al que no obstante cabe reconocer algo agotado en su 'Alicia'), ¿es 'Hulk' una película más de superhéroes y/o es la película de superhéroes que cabría haber esperado? Igual que sucede con dicha producción 'La invención de Hugo' cabe reconocerla como un film distinto y muy particular, como una especie de juguete al que un mago de la vieja escuela ha sabido mirar de otra forma para elaborar un material que gana por cuanto, al menos formalmente, se aleja de lo convencional, en ocasiones, incluso de forma magistral. Dicho de otra forma, 'La invención de Hugo' puede ser disfrutada aunque no sea perfecta, y a la que le pierde ser tan evidente en sus intenciones como para cometer el error que nunca ha de cometer un mago, que se le vea el truco, por lo que sus buenas intenciones no logran embaucar lo que debieran para hacer brotar de ellas la emoción que sus posibilidades permitían. Por lo demás ese cohete que se estrella contra la luna tampoco era un efecto perfecto... y eso no le ha impedido sobrevivir a más de 100 años de historia. Esa es la magia del cine, y con eso no está dicho todo... pero casi.

Nota: 7.5


Lo mejor
- Su caligrafía técnica
- Asa Butterfield y Ben Kingsley

Lo peor
- Le falta esa misma magia a la que tanto evoca
- El guión, difuso y un tanto tramposo (EL SEPTIMO ARTE).




La portentosa secuencia de apertura de este film define los dos ejes sobre los que se vertebra su poderosa poética: movimiento y tiempo. O sea, cine. Es hermoso que, en su intento de hacer cine infantil, Scorsese haya filmado una carta de amor a la infancia del cine, un encendido elogio a sus motores atávicos. Su primera experiencia en 3D no solo demuestra que el asombro del espectador contemporáneo ante las nuevas tecnologías resucita el del público primitivo, sino que el cine de atracciones del Siglo XXI debe tanto a los Lumière (o al documental) como a Méliès (o al cine de ficción). Scorsese reparte sus afectos reflejándose en todos los personajes, desde el mismísimo Hugo, que ejerce de montador de su propia película con los retazos de historias que su mirada recoge en la estación de Montparnasse, hasta Méliès, al que observa como un melancólico álter ego.Pasando, también, por el académico obsesionado por preservar la calidad de una obra que podría haberse perdido para la causa de la memoria histórica. Hugo es el Dalai Lama del celuloide, y Scorsese se convierte a su religión afilando su sentido de la maravilla, como si la experimentación con el 3D, a la vez discreta y atrevida (sobre todo, en los primeros planos), le hubiera permitido nacer de nuevo como cineasta.(FOTOGRAMAS).

viernes, 17 de febrero de 2012

SHAME




Película: Shame. Dirección: Steve McQueenPaís: Reino UnidoAño: 2011.Duración: 97 min. Género: DramaInterpretación: Michael Fassbender  (Brandon), Carey Mulligan (Sissy), James Badge Dale (David), Nicole Beharie (Marianne), Hannah Ware. Guion: Steve McQueen y Abi Morgan.Producción: Iain Canning y Emile Sherman. Música: Harry Escott.Fotografía: Sean Bobbitt. Montaje: Joe Walker. Diseño de producción: Judy Becker.Vestuario: David C. Robinson. Distribuidora: Alta ClassicsEstreno en Reino Unido: 13 Enero 2012. Estreno en España: 17 Febrero 2012. Calificación por edades: No recomendada para menores de 18 años.


En “Shame” conoceremos a Brandon, un hombre de treinta y tantos años que vive en un confortable apartamento en Nueva York y es adicto al sexo. Pero el ritmo metódico y ordenado de su vida se ve alterado por la imprevista llegada de su hermana Sissy, una chica rebelde y problemática. Su presencia explosiva llevará a Brandon a perder el control sobre su propio mundo.


Shame es una gran película: dura, compleja y difícil, pero imprescindible e injustamente olvidada en el reparto de nominaciones a los Oscar. 
Sospecho que, lamentablemente, a muchos los árboles no les van a dejar ver el bosque y las enormes interpretaciones de Michael Fassbender y Carey Mulligan se van a perder en la hojarasca de las escenas de sexo y desnudo que contiene la película. A pesar de todo ello, y aún siendo el tema de la adicción al sexo su punto de partida, hay que aclarar que esta película es más que un descarnado y a ratos incluso brutal paseo por la vida de un adicto al sexo. Shame es es del mismo pellejo que otras grandes fábulas urbanitas como El último tango en París de Bertolucci, Taxi Driver, de Scorsese, Posibilidad de escape, de Paul Schrader, El borracho, de Barbet Schroeder o Leaving Las Vegas y Después de una noche, de Mike Figgis. Si el espectador va buscando el morbo fácil lo mismo se contenta con las escenas de desnudo y cópula, pero está claro que cuando salga de la sala incluso los más recalcitrantes se llevarán encima un equipaje para reflexionar con el que no contaban cuando pagaron la entrada. 
Shame es película de las que se ven varias veces, y cada visionado arrojará un nuevo asunto para pensarse tranquilamente fuera del cine, cuando sus arrolladoras imágenes hayan quedado en la memoria una vez más. Pero sobre todo ello impera una impecable construcción visual y narrativa que en el caso de la primera toma a los actores como auténtica viga maestra para repartir el espacio en sus planos del mismo modo que son el epicentro para que narrativamente toda la película se edifique sobre varias secuencias largas prolongadas hasta provocar la incomodidad en el espectador, que llega a sentirse un auténtico intruso en la vida de los personajes. Es el caso de la secuencia  de la canción interpretada por la hermana del protagonista o la de la primera cita en el restaurante con la compañera de trabajo. El director prolonga esas secuencias. Esa es la clave de la verdad que maneja la película como herramienta principal para contarnos su historia hasta hacer que nos sintamos incómodos, como mirones espiando la vida ajena. Dado que la principal carencia del cine de nuestro tiempo es precisamente que le falta verdad, llama especialmente la atención que esta película haya sido tan ninguneada en el reparto de premios del presente año. Y no tengo otro remedio que pensar que el asunto tiene que ver con una moralina pacata y falsa. Una moralina hija de la farsa como ese personaje del jefe introducido en la historia de manera genial, que tras cometer adulterio y salir a ligar todas las noches, fracasando por bobo, un aspirante a Don Juan bastante inútil, dicho sea de paso, incapaz de llevarse a la cama otra cosa que no sean féminas semidestruidas o emocionalmente perturbadas, se permite el lujo plantarse a la semana siguiente delante del protagonista y reprocharle el porno que tenía en el ordenador. Es una actitud muy propia de nuestro tiempo esa de ver la paja en el ojo ajeno y olvidar la vida que tenemos en el propio, o bien pensar que nuestros vicios son pecata minuta frente a los vicios ajenos, o simplemente sentirnos protegidos de nuestro lado más oscuro por una ligera capa de barniz de moralina barata mientras el resto del personal se ahoga en sus propias angustias y no hacemos absolutamente el menor intento de entenderlos. 
Shame va más de todo eso, de esa farsa que es la sociedad de nuestros días y sus corolarios, la soledad, la incomprensión, el alejamiento, la angustia y el miedo, que de sexo. El tema de las adicciones es sólo un vehículo para introducir al espectador en la vida de un protagonista que es la encarnación misma de la insatisfacción que padecen los individuos en la sociedad de nuestro tiempo. La imagen final de la película es la mejor prueba de ello, pero antes ya nos deja la película varios momentos que van sembrando esa idea, como la prolongada panorámica sobre la carrera del protagonista en la noche, o el plano subjetivo de su mirada a las ventanas pobladas por pequeñas siluetas, seres de carne y hueso que para él parecen ser poco más que sombras practicando el juego de sus vidas como si estuvieran encerrados en su pantalla del ordenador jugando alguna variante de cibersexo exhibicionista. 
La verdad y lo auténtico, que parecen haber huido de nuestro mundo moderno a uña de caballo, desesperados por nuestra estulta entrega a los juegos de estatus social, los caprichos materiales y los juguetitos tecnológicos, vuelven a hacerse presentes en esta película en un momento como el del final, cuando el protagonista discute con su hermana o cuando sale del metro, corre por las calles y sube en el ascensor con el miedo y la culpa metidos en el cuerpo como un cuchillo que lo atraviesa. Esa verdad del dolor y el miedo, en ese momento de la trama, son el recordatorio perfecto de que la película, como la propia vida, es mucho más que un juego exhibicionista relacionado con el sexo o con cualquier otro juguete que se nos pueda ocurrir utilizar en nuestro tiempo de ocio. 
Estamos en un mundo que nos ha convertido a todos en adictos a una u otra cosa, en coleccionistas de cosas en lugar de coleccionistas de momentos, en cobardes que se han replegado al territorio de la ciberfantasía del ordenador o mantienen relaciones estrictamente profesionales de intercambio mercenario con los otros. Todo eso por miedo a aceptar responsabilidades, a arriesgarse a todo lo bueno y lo malo del contacto real con los otros, a dejar atrás el refugio cómodo pero inevitablemente infeliz de la ficción en que muchos han convertido sus vidas. 
Habitantes de un mundo de mentiras y máscaras, nadie quiere aceptar la realidad ni siquiera cuando le muerde el culo, de ahí que esta película con tantos momentos de verdad intensa e incómoda –recuerdo ahora mismo otro: el tema New York New York interpretado a cappella por Carey Mulligan-, pueda resultar turbadora. Es lógico si contemplamos a la hermana como el detonante de las emociones, sentimientos y supuestas debilidades que el protagonista ha intentado reprimir. 
El sexo no es más que la herramienta que utiliza el protagonista para rellenar los huecos que deja en la vida cotidiana del protagonista el sentimiento atroz de soledad, la angustia de ese tipo de soledad al mismo tiempo buscada y temida y odiada. 
Y sobre todo ello, una demoledora frase de Sissy que quizá acabe definiéndonos a todos si las cosas siguen por el mismo camino: “No somos mala gente. Venimos de un lugar malo”. 
No me extraña que no hayan querido nominarla a los Oscar. Tiene demasiada verdad, demasiado dolor y demasiadas agallas para incluirla en esa fiesta.(ACCIÓN CINE).



Una de las películas que más esperaba del año y no me ha defraudado nada. El director, Steve McQueen, realiza un análisis del comportamiento de un adicto al sexo, que solo vive por el sexo. Éste personaje está encarnado por uno de los actores de moda Michael Fassbender ('X-Men: Primera generación', 'Un método peligroso') que desempeña el papel de su vida, se muestra totalmente metido en la piel de su personaje y realiza una actuación fantástica. Entre el resto del reparto cabe destacar a Carey Mulligan ('Drive', 'Nunca me abandones'), que interpreta a la hermana de Fassbender en la ficción.


La dupla McQueen-Fassbender ya había realizado un trabajo previo, Hunger, y es imposible no comparar ese trabajo con el nuevo. Tanto la realización, esos planos estáticos y a la vez tan impactantes, como la intensidad a la hora de mostrarnos una historia desgarradora. En Hunger, la vida en la cárcel desde el punto de vista de los prisioneros del IRA y en Shame, el día a día de un adicto al sexo que tendrá que replantearse su forma de vida. En el apartado de premios, la película debido a su controvertida temática no ha recibido mucho reconocimiento por parte de la Academia de Hollywood, pero sí que ha sido aclamada por la crítica y Fassbender recogió el premio al Mejor Actor en la Mostra de Venecia del pasado año.


Para finalizar os recomiendo ir a ver esta película, porque merece la pena ir al cine si te vas a encontrar películas tan bien realizadas y con historias tan bien desarrolladas, eso unido a una de las mejores actuaciones del año dan como resultado que al salir de la sala no te puedas olvidar de ella.

Nota: 8.3           (EL SEPTIMO ARTE).

La mirada de un adicto al sexo es un agujero negro que lo engulle todo: una vagina, un cuerpo, un rostro. Shame, que también podría haberse titulado Hunger, empieza y acaba con el influjo de esa mirada sobre su objeto de deseo, y es trabajo del espectador juzgar su ética, ejercida por un personaje que funciona como un imán que atrae y repele por igual. Shame parece una película de los 70 (¿un remake de Buscando al Sr. Goodbar o A la caza?) rodada por un forense que disecciona con elegancia: la sordidez de los films de Richard Brooks y William Friedkin es sustituida por la asepsia de los planos largos de McQueen, que abarcan la espiral de autodestrucción de un ejecutivo de gesto hermético respetando el tiempo de su estéril euforia.
Cuando esa mirada rompe aguas, derrama una furtiva lágrima que es toda una declaración de principios. En la mejor escena de la película, la hermana expansiva e inestable (Carey Mulligan) de Brandon (Michael Fassbender) canta una versión de New York, New York que parece salida del averno. Es mérito de ambos actores, excepcionales, y de Steve McQueen, que parece atento al volar de una mosca (o al peso específico de una emoción), escuchar los latidos del corazón helado de un personaje que ha perdido la llave de su propia cárcel.(FOTOGRAMAS).

sábado, 11 de febrero de 2012

WAR HORSE (CABALLO DE BATALLA)




Película: War horse (Caballo de batalla). Título original: War horse.Dirección: Steven SpielbergPaíses: USA y Reino UnidoAño: 2011.Duración: 148 min. Género: DramabélicoInterpretación: Jeremy Irvine  (Albert), David Thewlis (Lyons), Emily Watson (Rose), Toby KebbellDavid Kross (Gunther), Peter Mullan (Ted), Niels Arestrup (abuelo), Eddie Marsan (sargento Fry), Benedict Cumberbatch (mayor Jamie Stewart), Tom Hiddleston (capitán Nicholls), Celine Buckens (Emilie). Guion: Lee Hall y Richard Curtis; basado en la novela de Michael MorpurgoProducción: Frank Marshall y Steven Spielberg. Música:John WilliamsFotografía: Janusz Kaminski. Montaje: Michael Kahn. Diseño de producción: Rick Carter. Vestuario: Joanna Johnston. Distribuidora: The Walt Disney Company SpainEstreno en USA: 25 Diciembre 2011. Estreno en España: 10 Febrero 2012Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.


“War horse (Caballo de batalla)” nos cuenta la extraordinaria historia de amistad que surge entre el joven Albert y un caballo llamado Joey, separándose sus caminos a causa de la Primera Guerra Mundial. El padre de Albert vende a Joey a la caballería del ejército británico para luchar en el frente. Joey será testigo de un extraordinario periodo de la Historia con la Gran Guerra como trasfondo. A pesar de los obstáculos que encuentra en su camino, su coraje será fuente de inspiración para todos los que se cruzan con el noble animal. Albert no puede olvidar a su caballo y abandona su hogar para luchar en los campos de batalla de Francia. Allí busca incansablemente a su amigo para traerlo sano y salvo a casa.


......La habitual maestría de Spielberg con la cámara y con sus repartos vuelve a dejarse notar en “War horse (Caballo de batalla)”. Son innumerables las escenas que rezuman belleza, no sólo por la forma en la que se nos presentan los paisajes en los que acontece parte de la historia, sino por cómo se retratan las intimistas vivencias de algunos de los protagonistas. Al respecto, cabe señalar el formidable trabajo de intérpretes tan jóvenes como Celine Buckens o Jeremy Irvine. Asimismo, es de justicia destacar la actuación de Peter MullanNiels ArestrupTom Hiddleston y de una fantástica Emily Watson. El director también nos muestra las tinieblas del relato, pero tanto en los fragmentos minimalistas (el fusilamiento) como en los épicos (la carga de la caballería) lo hace con una encomiable sutileza. Puede que muchos digan que esta cinta es una mera sucesión de sensiblerías, pero para mí significa introducirme en lugares que me recuerdan por qué amo el cine. Y su preciosista conclusión es uno de ellos.(LA BUTACA).



.......Con esta trama, nos encontramos de nuevo ante un trabajo meramente sensiblero dentro de un género en el que Spielberg nunca ha conseguido destacar como es el drama, y una vez más, su empeño por buscar la lágrima fácil en el público limita el que, aun así, es un trabajo perfecto técnicamente hablando. Pero la técnica no es razón suficiente para salvar el conjunto de un film firmado por un hombre que, gracias a su fama, puede rodearse de profesionales de la talla de Janusz Kaminski, que realiza un trabajo brillante en cuanto a la dirección de fotografía, por poner un ejemplo. Aun así podemos encontrar pegas en algunos de sus habituales colaboradores, como John Williams, que firma por su parte una banda sonora de lo más típica y anodina.

Por las razones expuestas, es muy fácil despotricar sobre la apatía y sensiblería ñoña que rodea a cada nuevo trabajo del bueno de Steven, pero también es fácil reconocer que es prácticamente imposible no encontrar entretenimiento en un producto que lleve su firma. Es de elogiar también el trabajo del director en cuanto a la dirección de actores, que en esta película son prácticamente desconocidos y, aunque no destaquen, sí son correctas las actuaciones que realizan. Sin embargo, y reiterando lo ya dicho hasta ahora, hace tiempo que Spielberg no es capaz de ser aquél impresionante realizador que comenzó su carrera a finales de los 70. En definitiva, y centrándonos en la película que nos ocupa y no en la irregular carrera de su director, ‘War Horse’ es un drama que trata de forzar los sentimientos en el espectador cuando estos deberían salir de manera natural, y lo peor es que no lo consiga muy a menudo durante el metraje.

Frase memorable: El diálogo completo entre los dos soldados, alemán e inglés, que en un momento dado se encuentran en son de paz.

LO MEJOR: Las secuencias bélicas, que son sencillamente brillantes.

LO PEOR: El empeño de Spielberg en dotar de propiedades o comportamientos humanos a un caballo.

NOTA: 6,8/10 (EL SEPTIMO ARTE).


War Horse nos mete de cabeza en la Primera Guerra Mundial con una cabalgada espectacular que rinde homenaje a los clásicos de Hollywood.
Lo que nos propone Steven Spielberg en su última película es un ejercicio narrativo que puede parecer en principio poco original, porque se basa en la fórmula del animal  u objeto que va pasando de una mano a otra, revelando un puzzle de personajes en el recorrido, pero ese es sólo el principio del esquema argumental que le permite dibujarnos un cuadro visualmente impresionante de distintos aspedctos del conflicto que ha elegido visitar en esta nueva incursión en el cine bélico del director que hace años decidió visitar los escenarios de la Segunda Guerra Mundial en Salvar al soldado Ryan. A lomos de este caballo de guerra que da título a la película, conoceremos ahora otra guerra distinta, confirmándose que distintas guerras dan como resultado distintos tipos de película. Spielberg, conocedor de la historia en general y de la historia del cine en particular, es plenamente consciente de ello y por eso en esta ocasión toma el pulso visual del paisaje dantesco de las trincheras de la que fuera llamada también Gran Guerra consiguiendo por un lado retratar dicho conflicto a base de inspirarse más en los cuadros dibujados sobre el mismo por algunos artistas que llegaron a conocer y sufrir esa tragedia en carne propia que en las películas filmadas sobre el mismo, si bien en algunos planos, escenas y secuencias se advierte la alargada sombra de títulos clásicos que han abordado este mismo asunto, como El gran desfile (King Vidor, 1925), Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), que incorporó por primera vez el sonido a la descripción de la guerra, haciendo que la experiencia de combate fuera mucho más intensa para el espectador, Cuatro de infantería (G.W. Pabst, 1930), Adiós a las armas (Frank Borzage, 1932) o Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957). Por otro lado, el director logra que su mensaje antibelicista  pueda aplicarse igualmente a cualquier guerra y más concretamente a las guerras que se libran en este siglo XXI. La afirmación lapidaria –nunca mejor dicho- del oficial alemán al abuelo de la niña es un buen ejemplo de ello: “La guerra se lo quita todo a todo el mundo”.
Además en este brillante cuadro bélico, Spielberg ha optado por jugar astutamente la baza del contraste y el enfrentamiento entre opuestos. Me explico: introduce la película con un prólogo de carácter sosegado, casi contemplativo de los grandes horizontes, los espacios abiertos, en un fragmento que está dominado esencialmente por el paisaje, en una obertura que acerca esta fábula a los territorios y las armas del western. Y más tarde nos saca de ese entorno en el que hemos empezado a compartir cierto grado de épica cotidiana para meternos casi de cabeza en una carga de caballería que es el último rasgo de un mundo y unas formas de combate que están a punto de desaparecer, destacando así una de las características más definitorias de por qué la Primera Guerra Mundial resultó  ser una carnicería: simplemente porque la guerra adquirió naturaleza industrial servida fielmente por letales avances científicos y tecnológicos. Esa última carga y la subsiguiente masacre son un dibujo perfecto del ocaso de unos valores y unas formas de hacer la guerra que dejan paso a otras mucho más terribles, y la mirada del oficial británico al sable que cuelga de la silla sobre el caballo protagonista es uno de esos momentos de cine puro que lo dice todo sin palabras, sólo con la imagen. 
El final terrible de ese primer fragmento bélico a los pies del molino abre paso a un interludio nuevamente paisajístico y bucólico, más sosegado, en el que incluso parecería que hemos cambiado de película, o que la película va a cambiar de rumbo. He escuchado algunas críticas afirmando que ese cambio de ritmo, personajes y paisajes es una apuesta por la sensiblería gratuita, pero discrepo. Es preciso tener en cuenta la construcción de la película en su conjunto, en lugar de parcelarla en sus distintas fases. La película es un todo, y mirada como un todo entendemos mejor cómo Spielberg utiliza esa historia intermedia de la niña, el abuelo y los caballos como un paréntesis de serenidad en el crispado paisaje de la guerra, cuya función consiste en primer lugar en mostrar toda aquella riqueza de la paz que nos roba la guerra. De ahí la frase ya mencionada del oficial alemán que cierra ese paréntesis, que llega a la pantalla por otra parte precedido por una de las imágenes más terribles de la filmografía del director: el fusilamiento en la noche, mostrado en un plano en picado. En segundo lugar, ese epígrafe más paisajístico y relajado refuerza la crispación salvaje que nos produce el encuentro con el paisaje sangriento que nos espera en la parte final de la historia, cuando volvemos al frente con el caballo protagonista. En ese retorno a las trincheras nos reencontramos no sólo con el personaje humano que arrancó la historia, sino con la temible guerra de trincheras, que aporta a la historia una dosis de horror superior a la que hemos visto hasta ese momento en los epígrafes anteriores de esta historia-río, construida según los mimbres de la novela-río. Sipielberg insiste así en mantener con el espectador ese pulso derivado del protagonismo del caballo, que pone a prueba y se enfrenta frontalmente a las expectativas del espectador, lógicamente más inclinado a identificarse con personajes humanos que con el cuadrúpedo, por motivos meramente antropológicos, pero que finalmente habrá de acabar aceptando al equino como héroe y al mismo tiempo víctima – la escena de los gigantescos cañones en el barro es ejemplar en ese sentido-, que se desvela plenamente en esa fase épica que camina hacia el final del relato. El director sabe mantenerse en sus trece e imponer el protagonismo del caballo reforzando el mismo con la baza de los personajes humanos que rodean al animal, como muestra la escena del soldado francés y el soldado alemán dejando de lado sus diferencias para luchar contra un enemigo común: la alambrada.     
Llegados a este punto del comentario, hay que aclarar que para hacer todo lo anterior, Steven Spielberg elije seguirle la pista e incluso homenajear a uno de sus directores favoritos, del que ha tomado muchas de las características de su cine: John Ford. 
Esto es evidente en el arranque de la película, todo ese prólogo en las verdes colinas y ese paseo por el mundo rural y sus pintorescos personajes, que nos recuerda el paisaje natural desplegado por Ford en películas como Qué verde era mi valle y El hombre tranquilo, incluyendo una escena de humor típicamente fordiana: el ganso persiguiendo a los visitantes indeseables hasta echarlos de la granja de los protagonistas. 
Pero es que en la parte final del relato, la escena de la huida del caballo en la noche le ha recordado a quien esto escribe una de las secuencias de acción más bellas rodadas por Ford, la carga de caballería contra el campamento indio y la estampida de caballos de la parte final de La legión invencible, película que presenta además una clave cromática muy similar a la de War Horse en sus escenas finales con el sol en un ocaso imposible de rabiosos tonos rojos que parecen haber dejado su huella en Spielberg a la hora de poner punto final a uno de sus trabajos más brillantes.(ACCIÓN DE CINE).




.....Notable adaptación de la novela de Michael Morpurgo, que estaba narrada con talento desde el punto de vista del caballo del título. Steven Spielbergy sus dos guionistas Richard Curtis y Lee Hall han renunciado a intentar trasladar esta óptica a la pantalla, un desafío del que seguramente podían haber salido escaldados, lo que no obsta para que en un buen puñado de escenas Joey sea protagonista principal, y exista una clara fidelidad al original. De modo que el film sigue un enfoque más tradicional, en la línea del western Winchester 73, en que vemos cómo el caballo pasa por distintas manos que se ocupan de él, la primera de ellas y la más importante la del joven Albert. Ello permite presentar distintos escenarios y personajes donde cambia el tono, pero siempre está presente la humanidad, seres de carne y hueso con ilusiones, y que al tiempo sufren diversas penalidades: los padres sufridores, el oficial de palabra, los adolescentes obligados a alistarse, el cuidador de caballos, el abuelo que se ocupa de su nieta enferma... Hay acierto en un reparto sin grandes estrellas pero sí con grandes actores.
No se hurta el horror de la guerra y el inevitable miedo, pero no hay regodeo en mostrar sus peores efectos, prevaleciendo en cambio el tono épico, la idea del cumplimiento del deber y de la lucha como "brothers in arms", en el combate todos son hermanos aunque hayan podido tener diferencias. Ayuda mucho a la atmósfera la formidable partitura musical de John Williams. En realidad gran parte del equipo habitual de Spielberg -el director de fotografía Janusz Kaminski, el montador Michael Khan, la productora Kathleen Kennedy...- ayudan a que la ambientación sea perfecta.
Hay mucha cinefilia y maravilloso clasicismo en el film de Spielberg, mucho más logrado que su otro trabajo de 2011, la tarea imposible de llevar Tintín satisfactoriamente a la pantalla grande. Enmarcan el film pasajes deudores de John Ford, el desafío en la granja del primer acto, o la escena con el sol poniéndose con que se llega al final. Pero entre medias hay guerra, mucha guerra, la maravillosa carga de la caballería, o las trincheras que nos retrotraen a Stanley Kubrick y sus Senderos de gloria. Hay momentos maravillosos, que sólo el talento de un gran cineasta sería capaz de pasar satisfactoriamente del papel a la pantalla: destaca esa versión equina de la tregua de Feliz Navidad, o aquel que no es cuestión de destripar y que podríamos calificar de "milagroso", con un "ciego que ve" y un incrédulo que no mete las llagas en ningún costado como Santo Tomás, pero casi.(DE CINE 21).

.......También hace unos meses, en diciembre, el director de Tiburón cumplió 65 años. Ya no necesita demostrar que es un adulto, pero cada película es una oportunidad para poner una cruz en las tareas pendientes para grandes directores. No tenía todavía su filme fordiano. Aquí está. War Horse tiene lugar en Inglaterra, pero en cualquier momento podría aparecer Maureen O´Hara arrastrada de los pelos. Le faltaba su homenaje al cielo pintado y crepuscular de Lo que el viento se llevó, y la madre Emily Watson al contraluz no pasaría por Escarlata pero sí por Melania.
Capaz de emocionarse hasta la lágrima con la obra de Broadway –basado a su vez en el clásico escolar de Michael Morpurgo–, el director se ha tomado como una misión especial convertir en película lo que vio sobre el escenario. Fidelidad y entrega total, Spielberg parece un soldado cumpliendo las órdenes de ¿una voz divina? Ni parece ni es un encargo. War Horse es un acto de fe. Será por eso –porque, como la emoción, algo así no se explica o se entiende, se siente–, de poco sirve que esté rodada de forma soberbia con historia tan flojita. Una montura que pasa de mano en mano, presenciando metáforas antibelicistas, con sus amos aleatorios creyendo que les mira fijamente o que busca con las orejas sus monologuillos. Daría para una aventura de El corcel negro, pero no para un Salvar al caballo Ryan. (CINEMANIA).



Vaya por delante una advertencia: esta no es una propuesta para ser contemplada desde una óptica distanciada. Después de tantear las posibilidades de un cine futuro con su adaptación de Tintín, Spielberg ha emprendido el camino contrario: volver a las esencias, a una época en que las películas aún importaban algo, a la pureza de la sala oscura. War Horse (Caballo de batalla) es una carta de amor a los grandes maestros, escrita en un espacio sentimental que parece preceder a la ironía. Para el cineasta, un animal herido en tierra de nadie puede simbolizar lo mejor del ser humano en tiempos deshumanizadores, y las aspas de un molino pueden cobrar una insospechada elocuencia cuando se trata de dignificar una muerte injusta.
Spielberg ha relatado una historia de amistad entre muchacho y caballo con una ternura marca de la casa. Como pieza vintage de cine familiar, el film no teme recurrir al kistch o la obviedad para, acto seguido, transitar por zonas más oscuras. El formalismo del cineasta alcanza cotas de majestuosidad sencillamente apabullantes en un trabajo que apela a la memoria cinéfila para reivindicar la inocencia en tiempo de guerra: su epílogo es, sin duda, el canto a la esperanza de alguien que aún cree en el poder catártico del arte.(FOTOGRAMAS).