Seguidores

domingo, 13 de enero de 2013

AMOR



Película: Amor. Título original: Amour. Título internacional: Love. Dirección y guion: Michael HanekePaíses: FranciaAustria y AlemaniaAño: 2012.Duración: 127 min. Género: DramaInterpretación: Jean-Louis Trintignant(Georges), Emmanuelle Riva (Anne), Isabelle Huppert (Eva), Alexandre Tharaud (Alexandre), William Shimell (Geoff). Producción: Margaret Menegoz, Stefan Arnd, Veit Heiduschka y Michael Katz. Fotografía: Darius Khondji.Montaje: Nadine Muse y Monika Willi. Diseño de producción: Jean-Vincent Puzos.Vestuario: Catherine Leterrier. Distribuidora: GolemEstreno en Francia: 24 Octubre 2012. Estreno en España: 11 Enero 2013Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.


Georges y Anne son dos profesores de música clásica jubilados. Ambos han sobrepasado los ochenta años y poseen una gran cultura. Su hija también se dedica a la música y vive fuera de Francia con su familia. Un día, Anne sufre un infarto. Al volver del hospital, un lado de su cuerpo está paralizado. El amor que ha unido a la pareja durante tantos años se verá puesto a prueba.


Palma de Oro a la mejor película en el pasado Festival de Cannes, ganadora de los premios a la mejor actriz, actor, director y película en la pasada edición de los Premios del Cine Europeo, Premio Fipresci en el pasado Festival de San Sebastián y premio a la mejor película en los Premios de la Asociación de Críticos de Nueva York y para el que le interese esto de los galardones, éstos son sólo unos pocos de los que esta película va sumando de día en día. No hace falta decir mucho más.
"Amour" es un descenso a un lugar de ultratumba que se presenta en negros y sin concesión, te va devorando la fibra sensible o potenciándola, según se mire…
El arranque de la película será el primer mazazo de otros muchos que llegarán más tarde pero de manera progresiva a medida que descienden las pulsaciones del que ve la película para más tarde quedar sumergido, a cucharadíta pequeña, en el asombro y en un sentimiento de vacío pero de aquel que presiente y entiende el todo.
Una pareja (inmensos Jean-Louis Trintignant para el que Haneke escribió expresamente el personaje de Georges y Emmanuelle Riva, que tuvo que superar dos pruebas antes de que el director de esa maravilla que consiguiera todos los premios el pasado año "La cinta Blanca" lo tuviera cristalino), los dos, profesores de música clásica, jubilados y que viven sus días sin mayor sobresalto en una casa grande que se supone, antaño, albergaba a más de familia, de paredes cuadradas, y heridas por ventanas que a penas se abren y dejan sanear la atmósfera que paulatinamente vivirá ese viaje del rosa al amarillo, llegando al blanco opresivo…
Los dos ancianos compañeros del mismo viaje y siempre, los dos amantes y que a pocos detalles que se dan en el comienzo de la historia se intuye que han sido una pareja de esas que se antojan ideales e idealizadas, de recorrer parejos un mismo camino en paraleo, de mismas ambiciones, mismos proyectos de vida, mismo latido y paso. Es fácil vislumbrar el pasado joven de semejante matrimonio: pocas palabras y mucho silencio cargado de significado y sin a penas preguntas. Mirarse, entenderse…pensarse sin sonidos.
Los dos octogenarios, la vida de George y a Anne cambia en un suspiro cuando Anne sufre un ictus que la dejará postrada en una silla de ruedas y completamente dependiente e Georges. Y ahí comienza el baile mortuorio de sutilezas casi inermes en la forma en la que hace acto de presencia ese monstruo, en la forma en la que actuará ya sin piedad y con paso seguro.
La narración que describirá al detalle el día a día de esa pareja a partir de ese fatídico hecho es de un minimalismo, de una sobriedad, de una precisión casi quirúrgica y sin aspavientos de los que serían esperables porque Haneke, ese maestro en la descripción de las emociones más descarnadas jamás fue fácil. Desde su mano y mente de arquitectura precisa vuelve a repetir una vez más el estilo narrativo característico en el dibujo de personajes y situaciones . Áspero y económico, frío como el escalpelo te va diseccionado las líneas de acción que a él le interesa contar.
Mantiene el detalle en el sentimiento, en la emoción, en la carne, en como una situación que no puede mejorar, más bien al contrario, va cambiando o potenciando las naturalezas que son realmente ambos protagonistas y con una honestidad y realidad que son de agradecer por mesuradas, por controladas. Haneke huye del exhibicionismo fácil y evita mostrarnos lo terrible del trabajo físico que requiere el día a día de semejante situación en toda su profundidad, cosa que tampoco se le reprocha ya que lo hace y sobrada y magistralmente en la exposición que hace a pecho descubierto a la hora de explicar el deterioro mental y personal de la realidad de ambos, del “tú, mi, me, conmigo”.
Así, de una manera tranquila, pausada y a golpe de escenas teatrales vamos asistiendo a los pequeños cambios que gravitan sobre una situación nueva y que hay que gestionar porque llegan para quedarse dejando el poso más terrible .
Cuando el descenso galopante se inicia, sobran todos los demás y lo demás que excedan y exceda a la pareja. Aparecen personajes colindantes como motas de polvo ocasionales que brindan ayuda y palabras de ánimo pero nuestros personajes ya están en otra historia. Esa hija interpretada por Isabelle Huppert es el prototipo del familiar ausente que quiere comerse el mundo y ayudar desde el supuesto conocimiento y total ignorancia. Sólo entiende de llanto y distancia (esa escena en la que llora desconsoladamente mientras su padre la mira con asombro y le brinda una taza de té para calmarla, es simplemente maravillosa por todo lo que cuenta)
Haneke nos deja claro que a partir del hecho detonante de ese ictus cerebral, el matrimonio estará ya siempre solo. Nunca se brindará más ayuda y nunca se denegará más, como si el inconsciente del ser humano decidiera envolverse en mantas, metros de tela encaminados a sudar los recuerdos y aislarse y resolver la vida por si sólo bajo una intimidad que horroriza por tanta soledad.
Y ahí arrancan otras preguntas: ¿qué otro camino queda cuando se quiere en profundidad y realmente y lejos de ese concepto del amor romántico del tente mientras cobro sino entregarse al otro y cuidarle y mimarle y demostrarle que lidiar con una situación así puede ser también un paso posíble en la vida en común?.
"Amour" trata diferentes conceptos de la lucha: el enérgico e impotente de la hija que ve los saltos de gigante de la enfermedad cebándose en su madre; el real, conformista y resolutivo desde el " hacer poco a poco" del padre que lo sufre a diario en el cuidado que le brinda a su mujer en esas eternas veinticuatro horas que desearía que fueran menos.Otro es el concepto de la lucha en la relación entre Georges y Anne y cómo ésta se va transformando también es especialmente llamativo . La relación es tierna, de amantes que se cuidan y que se saben siempre estarán juntos; los inícios siempre son lo más dulce y llega lo innombrable que lo descalabra todo, la relación cambia de idioma, se vuelve más monosilábico y urgente, algo más susceptible y algo más tirano. Se intenta que el idioma recupere humanidad, cariño y ternura porque es la único que resuelve y es capaz de obrar el milagro de un paso, de una palabra entendíble, de una mejora que dé algo de ilusión al que cuida y espera.
Ingredientes reconocibles son la aparición del egoísmo que no entiende del otro al que parece que no sentimos que está ahí con nosotros y al que de una manera inconsciente le fustigamos sin querer; la pérdida de la paciencia de ese hombre bueno que ama con locura a su compañera, porque es así, porque él no lo concebiría de otra manera cuando la ve vencida y él que también sufre su infierno particular compartiendo el de ella, no puede hacer otra cosa que disculparse y pensar en una solución final.
Igualmente asistimos al deterioro de él al mismo tiempo que se consume ella. Ella le mira y se anuncia; él ya sabe que a partir de ahí le acompañará en su declive. Ambos marchitan sus días en un abandono que también, como sus vidas fueron, van parejos.....y poca imaginación nos hará falta para descubrir el final de estos dos seres que se retroalimentaron en vida como también lo harán en la muerte.
¿Cómo se conjuga el verbo amar cuando uno concibe un nuevo comienzo mientras el otro ya emprendió el viaje de despedida?. ¿Qué hacer cuando hay tanto por lo que luchar pero el otro ya tiró la toalla?.¿Somos espíritus vencidos desde antes de cualquier batalla?
En un momento dado entra un atisbo de vida por una ventana accidentalmente abierta y con ello una posibilidad de captar una señal que puede que signifique algo. Hacerla propia, arrullarla y quedártela o dejarla libre parecen, todas, opciones posibles y puede que algún presagio para una mente supersticiosa. La vida parece que se cuela por una ventana pero ya no interesa que haya vida en esa casa y se la deja libre porque este ya no es su sitio...la elección parece clara en esta historia de amor y muerte, toda una obra maestra que debería ser de obligado visionado para cualquier espíritu sensible(.ACCIÓN DE CINE).



El título puede parecer cínico, sobre todo porque aparece en pantalla después del hallazgo de un cadáver. ¿La muerte como acto de amor defnitivo, como en 'La pianista' (2001)? No, algo ha cambiado en Michael Haneke: por primera vez, ha rodado un film infnitamente triste. La tristeza era una emoción ausente en su cine, tal vez porque la crueldad de sus intelectuales ejercicios teóricos era la carne de la que estaban hechos sus personajes. Quizás es muy fácil conmover cuando se encierra a un anciano y a su mujer, y la cámara registra la decadencia, la pérdida de referentes. Y la supervivencia del amor, el temblor de dos monstruos gentiles reconociéndose en los balbuceos de la enferma y en la desesperación taimada del cuidador.
No es fácil, sin embargo, que el melodrama se convierta en una película de terror, porque, en esa metamorfosis, Haneke demuestra que es su mirada la que teme y se abisma. E incluso en sus titubeos, el abismo es sincero, el dolor es transparente: no hay trucos de prestidigitador que impacten tanto como las manos de Jean-Louis Trintignant acariciando el rostro de Emmanuelle Riva.(FOTOGRAMAS).



Silencio sepulcral y totalmente respetuoso en la sala. El maestro, el mismo que en su última clase magistral de realismo histórico conquistó la práctica totalidad de la comunidad cinéfila, vuelve a nosotros, y perdonen el tono mesiánico, tras tres años sin saber prácticamente nada de él. Además es como si el público lo hubiera olvidado. Solo hay que recordar la última edición del Festival de Cine de Cannes, en la que una falsa filtración evidenció que toda la atención estaba monopolizada por lo nuevo de Paul Thomas Anderson (que por cierto finalmente fue a parar a Venecia). Al final no vino 'The Master', pero si un 'Amor' que, al igual que la magistral 'La cinta blanca', conquistó la Palma de Oro... y va camino de hacer lo propio con todos los premios cinematográficos de mayor prestigio.

Pero antes... se apagan las luces, y puede verse a Jean-Louis Trintignant y a Emmanuelle Riva sentados en el patio de butacas de un teatro. Terminado el recital de piano que han ido a ver, vuelven a casa, se dan las buenas noches, y se ponen a dormir. A partir de ahí, Haneke toma las riendas... y póngase todo el mundo a temblar. Y con razón, porque cuando uno de los más letales agentes de la destrucción más perversa nos promete ''amor'', más que esperar una comedia azucarada, hay que prepararse para una tormenta devastadora. Perfecto, pues lo peor que puede hacer una película es dejar frío al sujeto al que iba dirigida; que no quede poso en él cuando abandone la sala. El director alemán lo sabe, por esto sitúa siempre todos sus productos a las antípodas de las temperaturas árticas (a pesar de que su estilo formal sea ciertamente gélido), provocando en el gallinero sensaciones fuertísimas.




Como debería ser siempre que se paga una entrada de cine (más ahora que ésta se ha convertido en algo cercano a un producto de lujo). 'Amor' no es la excepción a su modus operandi, y sale uno de la proyección destrozado... como debería ser siempre que se va a ver un drama. Éste filme corresponde sin duda a este género, pero entra al mismo tiempo en aquel subgrupo tan difícil de localizar: los dramas sinceros. No hay en esta cinta una banda sonora que le diga al corazón cómo debe sentirse (el patetismo de las cansinas notas tristonas de piano / violín es un recurso de cobardes). No hay primerísimos primeros planos teledirigidos a la fibra sensible. De hecho sí los hay, pero su impacto emocional es más bien el efecto colateral provocado por alguien para el que el séptimo arte no parece guardar ya ningún secreto.

Por mucho que las múltiples referencias a las artes escénicas clásicas puedan hacernos pensar en el carácter teatral de un filme en el efectivamente parece que se respeten a rajatabla las tres unidades universales de acción lugar y tiempo, no deja de ser ésta una de las muchas falsas pistas con las que tanto le gusta jugar a Haneke. Sí, los personajes de la obra pueden contarse con los dedos de una sola mano; la práctica totalidad de la historia se desarrolla en el mismo apartamento; por su parte, los saltos temporales jamás obstaculizan el fácil seguimiento de la trama. No obstante, el 'Amor' de Haneke solamente puede concebirse en el cine; en el seno de unas reglas del juego que si se comprenden -y no es fácil- hacen que lo aparentemente intrascendente adquiera una nueva dimensión.

Así, las paredes del aburguesado piso de los protagonistas dialogan con el espectador, lo mismo que el crujir de la madera que se dobla ligeramente ante el inexorable paso del tiempo. Los silencios pueden revelar más que los diálogos, y las palabras adquieren un significado universal. Por si a estas alturas todavía persistían dudas, Michael Haneke vuelve a demostrar que es un director que está por encima de tendencias, estilos y modas. Es un director que ha hecho suyo el cine en su estado más puro, que consigue que la cámara fija y las tomas alargadas no cansen sino que cautiven, que deja respirar a sus actores (inconmensurables tanto Trintignant como Riva) para que muestren lo mejor de sí... que deja que las emociones verdaderas salten ellas solas de la pantalla a las entrañas del público. Su último trabajo narra a la perfección el terror de la degeneración y la decadencia, e irónicamente usa este escenario para reconciliarse con la condición humana; habla además con maestría del amor, en lo que seguramente sea una de las relaciones sentimentales más preciosas jamás filmadas, pero por encima de todo, duele. Duele muchísimo. Como debe ser. Chapeau.(EL SEPTIMO ARTE).

No hay comentarios:

Publicar un comentario