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domingo, 10 de marzo de 2013

LOS AMANTES PASAJEROS





Película: Los amantes pasajeros. Dirección y guion: Pedro Almodóvar.País: EspañaAño: 2013. Duración: 90 min. Género: Comedia.Interpretación: Javier Cámara (Joserra), Carlos Areces (Fajas), Raúl Arévalo (Ulloa), Lola Dueñas (Bruna), Cecilia Roth (Norma Boss), Antonio de la Torre (Álex Acero), Miguel Ángel Silvestre (novio), Hugo Silva (Benito Morón), Guillermo Toledo (Ricardo Galán), José Luis Torrijo (Sr. Más),  Penélope Cruz  (Jessica), Antonio Banderas (León), Paz Vega (Alba), José María Yazpik (Infante), Laya Martí (novia), Blanca Suárez (Ruth), Carmen Machi (portera). Producción: Agustín Almodóvar y Esther García. Música: Alberto IglesiasFotografía: José Luis Alcaine.Montaje: José Salcedo. Dirección artística: Antxon Gómez. Vestuario: Tatiana Hernández. Distribuidora: Warner Bros. Pictures International EspañaEstreno en España: 8 Marzo 2013Calificación por edades: No recomendada para menores de 16 años.


En “Los amantes pasajeros”, un grupo de pasajeros viajan en avión a Ciudad de México. Pero un severo problema en el vuelo provoca que todos ellos sientan que su muerte se acerca, de modo que comenzarán a sacar a relucir aspectos íntimos de sus vidas y hacer confesiones de todo tipo en una catarsis generalizada.


Pedro Almodóvar regresa a la comedia con una película divertida, ácida y surrealista. Totalmente acorde a los tiempos que nos ha tocado vivir, por desgracia, el director manchego nos trae en su última película un relato que, ante todo, es políticamente incorrecto. Y no es que Almodóvar haya sido nunca sospechoso de lo contrario, de intentar no ofender a nadie, es que en Los Amantes Pasajeros parece decidido a hacer volar por los aires las ideas preconcebidas de mucha gente, y si alguna vez se le ha acusado de incorporar personajes raros o estrafalarios (los críticos a veces también somos un poquito meapilas… o muchas veces), aquí los tiene todos. Absolutamente todos son para echarlos de comer a parte. Del piloto de tan peculiar vuelo al último pasajero, incluyendo a los que ni siquiera van en el avión. Bordando el surrealismo en ocasiones, pero manteniendo siempre al espectador atento a la pantalla pendiente de lo que pueda suceder a continuación. Porque, créanme, en este avión cualquier cosa es posible.
Hay que reconocerlo sin complejos y sin problemas. Almodóvar es, sin mucho lugar a dudas, uno de los mejores directores de nuestro tiempo, y no hablo sólo de cine español. Otra cosa es que nos guste o no, pero con poco que uno entienda de esto sus virtudes son evidentes. Sabe componer personajes con cuatro trazos de guión, es un maestro de los diálogos, maneja los repartos con un toque tan especial que sus actores siempre suelen llevarse más de un premio, sabe componer con la cámara de forma brillante y tiene una puesta en escena impecable. ¿Que no comulgas con sus temas y filias personales? Perfecto. Nadie tiene que hacerlo. Pero es justo reconocerle el talante de genio. El no pensar nunca si algo va a gustar a la mayoría o si algún detalle puede resultar demasiado estrafalario. El punto de irreverencia. Y más aún en una comedia como ésta, que nos enseña que, para ser divertido de verdad, hay que ser políticamente incorrecto. Y mucho. Con un par.
La película nos presenta un peculiar vuelo de una desconocida aerolínea, camino a México. Pero con un problema técnico las cosas empiezan a salirse de madre y, entre unos pocos pasajeros y el personal de abordo, montarse un cacao de esos que marcan época. Y no conviene revelar mucho más porque en las sorpresas del guión andan algunas de las claves y mejores momentos, chistes incluidos, de la película. Perfecta para los tiempos que corren porque nos habla de la crisis que vivimos, pero no sólo de la económica, que también, sino de la de las personas, cada vez más intransigentes y egoístas, cada vez más ensimismadas. Cada vez menos interesantes. Lo hace con sutileza en cuanto a los temas, que va dejando aquí y allá en las escenas de la película, pero como un elefante en una cacharrería en cuanto a los modos, sin dejar títere con cabeza respecto a muchas de las miserias del ser humano. Pero riéndose con ellas, de ellas, de nosotros mismos.
En un espacio reducido del que saca el mejor partido posible gracias al encuadre y la puesta en escena (hay planos en los que uno no sabe si está viendo una comedia o una de intriga, porque su puntito de intriga tiene la película), se mueve como pez en el agua, sabiendo trasladar la acción en determinados momentos a otro lugar, para no saturar al espectador con la cabina del avión y la zona de clase business. Jugando a ser dios con las casualidades de la película, que hay muchas, pero que en una comedia, por el absurdo y el surrealismo, quedan de lujo. Y mostrando una serie de personajes arrolladores, divertidos y bastante salvajes.
Desde los tres azafatos gays al banquero corrupto, pasando por una pasajera vidente, otra tocanarices, dos pilotos colgados, un actor famoso o una pareja de recién casados. De todos ellos extrae momentos que nos sacarán sonrisas y carcajadas, momentos de ternura y de locura, momentos de despiste absoluto. Con un reparto sensacional, de esos que pueden llenar salas de cine y que, en más de una ocasión, nos sorprenderá con ciertas interpretaciones. Javier Cámara a la cabeza, aunque sea reparto coral, sin dejar de mencionar a Cecilia Roth, Willy Toledo, Antonio de la Torre, Hugo Silva, Lola Dueñas, José María Yazpik, Miguel Ángel Silvestre, Raúl Arévalo, Carlos Areces, Blanca Suárez, Paz Vega y los cameos de Antonio Banderas y Penélope Cruz, entre otros. Todos con sus momentos de gloria. Todos descabellados. Todos magníficos.
Porque en este universo tan particular y surrealista que Almodóvar ha creado para la ocasión, las situaciones rocambolescas se suceden continuamente, haciendo reír o sonreír según el momento, y dejando de lado cualquier tipo de corrección. Desde cómo se llaman entre ellos los azafatos, a la verborrea del sobrecargo, pasando por las charlas de los pilotos (ojito a Hugo Silva y su charla definitiva con Antonio de la Torre), a los momentos de gloria de Lola Dueñas (y la respuesta tajante de Cecilia Roth), el tema de la dominatrix y sus clientes, las llamadas telefónicas, la madre de Paz Vega, la portera Carmen Machi… Aquí o caen todos o no cae nadie. Como ese número musical impagable de Areces, Árevalo y Cámara. O el agua de Valencia…
Y de paso aprovecha para tocar lo justo el mundo en crisis en el que vivimos. Con ese banquero corrupto, con los periódicos, con el aeropuerto… Dejando claro que es mayor vergüenza ser corrupto que ser dómina por dinero, sin ir más lejos. Aliviando con una carcajada los malos tiempos que nos han tocado vivir. Aunque el personaje del banquero sea un pelín (sólo un pelín) estereotipo. No deja de ser nunca una película de Almodóvar y sus detractores se cebarán con ella por eso. Pero no es más que muestra de personalidad, humor y buen hacer. Quizá no será tan recordada como Todo sobre mi Madre o Mujeres al Borde… pero la hora y media que nos hace pasar es muy de agradecer. Y, repito, con un par.(REVISTA ACCIÓN).



Siempre he defendido una postura clara; la crítica más constructiva y rentable es la que uno hace de sí mismo. Porque desde dentro es mucho más fácil extraer el jugo para criticar, y desde luego, puede resultar mucho más divertido. En una época como la que estamos viviendo actualmente, no son muchos los que se atreven a echar la vista dentro para reirse a nuestra propia costa, pero quien lo hace, al menos que lo haga bien. Y qué mejor para dicho cometido que Pedro Almódovar, quien regresaba del Olimpo del cine español con la promesa de divertir a su pueblo en una época en la que un minuto de diversión puede valer su precio en oro. El machego nos ofrece 90, por el precio de una entrada de cine.

Tras varias películas lejanas al característico estilo de sus inicios, el doblemente Oscarizado director español vuelve a pintarnos un variopinto y extravagante cuadro de personajes y situaciones absurdas, esta vez enmarcado en un único escenario aéreo. Un viaje con destino a México se ve abordado por un problema que les impide aterrizar, lo que creará una situación de catarsis generalizada donde las pasiones y problemas más íntimos y profundos saldrán a relucir entre ellos. Una especie de ‘Aterriza como puedas’ adaptada a la era moderna. O lo que es lo mismo: una comedia sin prejuicios que huye de la pretenciosidad y cumple a la perfección con su cometido, el del entretenimiento puro y duro, el de divertir y hacer disfrutar de forma entrañable al espectador. Una cinta tan absurda e inverosímil que por desgracia, también acaba por ser demasiado exagerada, e incluso predecible, aunque por suerte se da cuenta de ello a tiempo para finalizar el metraje.

El “trío dinámico” formado por Carlos Areces, Raúl Arévalo y Javier Cámara lideran, o mejor dicho, acaparan la película aportando la mayor parte de la vena humorística y protagonizando la mejor escena de la cinta. Un momento musical que, me atrevo a decir, pasará de manera prácticamente instantánea a la meca de nuestro cine. Entre el resto del reparto encontramos grandes estrellas de la televisión como Miguel Angel Silvestre o Hugo Silva, viejos conocidos del cine de este director como Cecilia Roth, una radiante Blanca Suárez, un gran Willy Toledo y las fantásticas actuaciones (como siempre) de Lola Dueñas y Antonio de La Torre. Una gran diversidad de estilos que ayuda en la labor de fortalecer el variopinto ambiente retratado en la cinta. Una metáfora de la España actual que Almódovar critica de una forma fácil pero profundamente simbólica y efectiva.

El director realiza una de sus películas más desenfrenadas y sin ningún tipo de prejuicios. Su película, según él, más “gay”, donde sus fans más incondicionales encontrarán una vuelta a su estilo más puro y una vuelta a su comedia más alocada y divertida, mientras que el resto de mortales pasarán un buen rato alejados de las preocupaciones que da la verdadera realidad. Ni es de las mejores del machego ni pretende serlo. Almodóvar es Almodóvar, para lo bueno y para lo malo. (ELSEPTIMO ARTE).



Hay ocasiones en que a un director le da por irse de picnic y, de paso, desarticular los elementos más reconocibles de su discurso en un limbo lúdico y juguetón: ahí está, por ejemplo, el 'Pero… ¿quién mató a Harry?' (1955) de Alfred Hitchcock, que, en el libro 'La bestia anda suelta', Álex de la Iglesia y Marcos Ordóñez emparentaban con otra estrategia de desconcierto, la del álbum 'Las joyas de la Castafiore', un islote sin aventura ni exotismo en el corpus canónico del Tintín de Hergé. Otros casos similares: 1) sucumbir al impulso irrefrenable de largarse de safari para acabar descubriendo que lo más importante no es la cacería, sino el tiempo que pasa, la amena compañía, las conversaciones a la luz de la luna, como le ocurrió al Howard Hawks de 'Hatari!' (1962); 2) aceptar un encargo en apariencia engorroso, porque lo que en ese momento reclama el cuerpo es una cacería de zorros: sin ir más lejos, la participación de John Huston en la delirante y gratamente monstruosa 'Casino Royale' (1967).

¿A la caza del éxito?

Quizá detrás de una película como 'Los amantes pasajeros' haya razones (aún) más prosaicas –¿un éxito teledirigido tras dos películas tan ásperas, fascinantes, difíciles y en ocasiones maltratadas como 'Los abrazos rotos' (2009) y 'La piel que habito' (2011)?–, pero, a primera vista, esta comedia luminosa y ligera parece ocupar un mismo lugar, desconcertante y edénico, en la trayectoria almodovariana. En Los amantes pasajeros, Pedro Almodóvar encuentra su particular Casa Encima del Mundo, su Arcadia politóxica, poligámica y hedonista, en un avión de línea aérea imposible (incluso la tapicería de sus asientos, presumiblemente rellenos de plumazas, es un grito pop), obligado a postergar su aterrizaje forzoso. La cabina y la clase business encierran un sintético laberinto de pasiones, atendido y glosado por un irresistible trío de azafatos pertrechados de eucarísticas mescalinas, mientras una clase turista narcotizada podría estar soñado lo que contemplamos en inflamados colores.
Habrá quien le eche en cara a Los amantes pasajeros su recurso al extremo artificio para convocar una alegría que, en el primer Almodóvar, era respiración espontánea y contracultural. Pero el placer que reparte esta película esencialmente feliz tiene poco de impostura. Su trama toma un desvío a tierra firme para establecer un balance de esos daños colaterales melodramáticos que genera el deseo cuando convive con el subterfugio y la culpa. ¿Qué ha querido contarnos esta vez Pedro Almodóvar? Quizá nada. O todo: que la utopía pasa por la carne, el placer, el deseo satisfecho, la autolegislació del extravío, la hipervisibilidad y la celebración del tabú felizmente enterrado de una vez por todas.(FOTOGRAMAS).n

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