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viernes, 26 de abril de 2013

IRON MAN 3







Película: Iron Man 3. Dirección: Shane BlackPaíses: USA y China.Año: 2013. Duración: 130 min. Género: Acciónciencia-ficción.Interpretación: Robert Downey Jr. (Tony Stark / Iron Man), Gwyneth Paltrow (Pepper Potts), Don Cheadle (James Rhodes / War Machine), Guy Pearce (Dr. Aldrich Killian), Ben Kingsley  (Mandarín), Rebecca Hall (Maya Hansen), James Badge Dale (Eric Savin), Jon Favreau (Happy Hogan), Stephanie Szostak (Ellen Brandt), William Sadler (Sal). Guion: Shane Black y Drew Pearce; basado en los cómics de Jack Kirby, Stan Lee, Don Heck y Larry Lieber. Producción:Kevin Feige. Música: Brian TylerFotografía: John Toll. Montaje: Jeffrey Ford y Peter S. Elliot. Diseño de producción: Bill Brzeski. Vestuario: Louise Frogley. Distribuidora: The Walt Disney Company SpainEstreno en USA: 3 Mayo 2013. Estreno en España: 26 Abril 2013. Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.


En “Iron Man 3″, el descarado pero brillante empresario Tony Stark se enfrentará a un enemigo cuyo poder no conoce límites. Cuando Stark comprende que su enemigo ha destruido su universo personal, se embarca en una angustiosa búsqueda para encontrar a los responsables. Este viaje pondrá a prueba su entereza una y otra vez. Acorralado, Stark tendrá que sobrevivir por sus propios medios, confiando en su ingenio y su instinto para proteger a las personas que quiere. Durante su lucha, Stark conocerá la respuesta a la pregunta que le atormenta en secreto: ¿el hábito hace al monje o es al contrario?


Hay relevos que, de repente, se sobrecargan de significado: como la llegada de Shane Black, guionista de “Arma letal” (1987) y nombre clave del post-pulp wisecrackero de los 80, a la franquicia que inauguró, en pertinente tono cínico-distanciado, Jon Favreau. Sí, Tony Stark podría ser un personaje de Black, el cineasta que auto-desmontó su propia mitología en la nunca suficientemente reivindicada “Kiss Kiss, Bang Bang” (2005), anticipado por el universo Marvel. Del mismo modo, Stark puede funcionar como reflejo simbólico de las respectivas redenciones profesionales de Robert Downey, jr. y su director: ambos renacen como zorros viejos, con flexibilidad para usar la memoria de viejos excesos como válida unidad de medida para calibrar la imponencia de su presente.
“Iron Man 3” también puede servir para acallar el lugar común que insiste en que el blockbuster es, ya, un territorio vaciado de toda sorpresa y ambición: Black es generoso en gratificaciones epidérmicas, pero la película cuida su letra pequeña para no subestimar a los conocedores del canon marveliano, al tiempo que juega con ideas estimulantes –la falibilidad del superhéroe; el fan como monstruo; el villano como espejismo espectacular- que colocan al conjunto entre el gran espectáculo resonante y la auto-reflexión lúdica.(FOTOGRAMAS).



Iron Man 3 es mejor película que las dos anteriores del personaje y un digno ejercicio de continuidad para Los Vengadores.
Misión cumplida. Después de la muy buena propuesta de cine de superhéroes que fue Los Vengadores y teniendo dos películas con el personaje por delante, a Iron Man 3 le tocaba estar a la altura de las circunstancias y completar la trilogía con sin defraudad las expectativas creadas en el público por todos esos antecedentes, pero sin dejarse atrapar por la sombra de los mismos, esto es: encontrando su propia personalidad como tercera pieza de lo que claramente es un primer ciclo de las aventuras de Iron Man en el cine, como nos deja intuir esa especie de resumen de toda la saga incorporado a los títulos de crédito finales de la película. Y es un broche de lujo para ese primer ciclo, tanto en su guión, capaz de aportar cosas nuevas e interesantes sobre el personaje y su mundo en lugar de limitarse a ser una continuación o copia de Iron Man e Iron Man 2, como en su manera de establecer un giro necesario para el propio personaje central.
Ese giro es el que hace que Iron Man 3 me parezca la más madura y sólida de las tres películas rodadas hasta el momento sobre este superhéroe de los comics Marvel. Es la más interesante en su propuesta y la menos dispuesta a ser simple pretexto para la explosión de efectos visuales respaldados por las indudables cualidades como caricato de sí mismo del personaje de Tony Stark, en el que Robert Downey Jr. ha encontrado de paso un territorio perfecto para poner a prueba un ejercicio de espejo de su propio estrellato. Desde la primera película, la saga de Iron Man se ha nutrido de la capacidad de Robert Downey Jr. para autoparodiarse como estrella con la misma elocuencia humorística del propio Tony Stark en la ficción. Eso es lo que hizo que Downey Jr., a través del personaje de Tony Stark, fuera el alma de Los Vengadores ejerciendo su en mi opinión no suficientemente valorada y destacada capacidad para combinar al mismo tiempo esa función como motor humorístico y autoparódico del grupo con la construcción de la figura del héroe épico. Downey Jr. y Stark alcanzaron su cota más alta de rendimiento dramático en Los Vengadores, y por eso no era ejercicio fácil proseguir sus aventuras en solitario en Iron Man 3. No obstante la película pasa la prueba con un notable muy alto y se convierte en opinión de quien esto escribe en la propuesta más completa de la trilogía, cinematográficamente hablando.
......Salvando todas las distancias que separan ambas producciones y ambos personajes, que son completamente distintos, la película de Nolan y esta tercera aventura cinematográfica de Iron Man abordan los mismos asuntos: el héroe herido y caído, su descenso a los infiernos y su redención y renacimiento una vez conseguido su objetivo, que no es otro, en ambos casos, que llegar a conocerse a sí mismos. Lo mejor es que Iron Man 3 es totalmente fiel a la personalidad de su protagonista y a las claves de tono disparatado y optimista del resto de la saga y como consecuencia de ello allí donde reinan los tonos más trágicos y oscuros de la siempre muy trágica y oscura historia de Batman, la búsqueda de sí mismo más allá de la máscara de Tony Stark se traduce en odisea trepidante pero esencialmente alegre, trufada de humor, parodia y chistes verbales y visuales que la convierten en una lúcida sátira capaz de ir más allá del propio género de superhéroes, llegando a parodiar a través del personaje del Mandarín la xenofobia y la entrega apasionada a los tópicos etnocentristas inspirados por el miedo y la inquietud social que presidió el cine de acción y evasión estadounidense de los años 80 y 90. Es una parodia pero al mismo tiempo es también en cierto modo un homenaje nostálgico del director y guionista de Iron Man 3, Shane Black, a esa cosecha de peripecias de acción y evasión que conoce de primera mano por haber aportado a la misma como escritor algunos de sus ejemplos más destacados, como la saga de Arma Letal, El último Boy Scout, la injustamente minusvalorada pero interesante El último gran héroe, o la fallida Memoria letal, que no obstante se anticipó a las tramas de chicas guerreras posteriormente popularizadas por la serie Alias y películas como Resident Evil, Tomb Raider o Underworld. La película está adornada con distintos guiños visuales y verbales a esas producciones entre los cuales, por ejemplo, destaca el diálogo del protagonista cuando está atrapado por los villanos pero no se priva de amenazarlos, un eco de una situación similar interpretada por Bruce Willis en El último Boy Scout y otras interpretadas por Mel Gibson en la saga de Arma Letal.
La imagen de Tony Stark arrastrando su armadura por la nieve es el mejor resumen del verdadero tema de este tercer acercamiento cinematográfico al personaje de Iron Man que tiene abundantes momentos capaces de hacernos olvidar incluso que estamos viendo una película de superhéroes, lo cual me parece un éxito para su intención de separar al personaje de Stark de su armadura y tratarlo como un individuo que va dejando atrás su temperamento más infantil para perseguir la madurez, un proceso en el que en pleno ejercicio de coherencia se incorpora un jovencísimo compinche de aventuras y se bromea con la posibilidad brillante de que incluso los miembros de los Héroes Más poderosos de la Tierra puedan sufrir estrés postraumático.
Eso me lleva a destacar también como elemento positivo la fluidez con la que se incorporan elementos de continuidad, que es una de las claves del Universo Marvel en los cómics, relacionados con los acontecimientos narrados en Los Vengadores, a través del diálogo principalmente, pero plenamente integrados en la trama de la película. Es un ejercicio de continuidad que suma y completa la trama en lugar de limitarse a ser un guiño, aunque aprovecho para avisar que hay un toque final a modo de chiste después de los largos títulos de crédito finales de más de siete minutos.
Sospecho que algunos puristas seguidores de los cómics originales de Iron Man no verán con buenos ojos el desarrollo aplicado al personaje del Mandarín interpretado por Ben Kingsley para cubrir las necesidades de giro inesperado de la trama tras presentarlo como una especie de nuevo BinLaden, pero incluso a estos puristas les reto a que nieguen la necesaria capacidad de sorpresa y huida de los tópicos más tradicionales del cine de acción y evasión que dicho giro aporta y el corolario de ese planteamiento empeñado en equilibrar el viaje del héroe para conocerse a sí mismo con la sorpresa que es el desarrollo final del personaje de Pepper Potts, la novia del héroe interpretada por Gwyneth Paltrow.
Sumen a todo lo anterior a Guy Pearce como el villano con más personalidad de las tres películas, por delante de los argumentalmente más previsibles y esquemáticos antagonistas de las dos películas anteriores, y tendrán completo el esquema que me lleva a afirmar que la tercera es la más sólida y mejor de las tres películas rodadas hasta el momentos sobre Iron Man.(REVISTA ACCIÓN).



A primera vista, Iron Man 3 sería menos propiedad de Shane Black que la tercera entrega de una trilogía de éxito, definida por el respeto a los rasgos de estilo de sus dos predecesoras. Sin embargo, decir eso sería olvidar hasta qué punto se inspiró Jon Favreau en Black para perfilar a Tony Stark en primer lugar, y que pese a incluir más robots voladores que cualquiera de esas dos películas previas, Iron Man 3 es una película distinta por varios motivos.
De entrada porque aquí, por primera vez en la saga, nos encontramos con un héroe maltrecho y gastado, enfrentado a un villano impecablemente dedicado a sembrar el caos en un mundo azotado por los dilemas post-11/S, en el que en medio del maratón de Boston estallan bombas. ¿Es que este hombre de hierro se parece al caballero oscuro de Christopher Nolan? No es eso. En última instancia, las referencias al terrorismo de Al Qaeda –un barbudo líder con turbante en la cabeza, campos de entrenamiento en el desierto, amenazas suministradas en vídeo, bombas que explotan sobre falsos templos de la decadencia occidental– son sólo el medio para ofrecer poco más que un chiste. Y mientras Nolan es un autor encantado de conocerse que probablemente no estaría dispuesto a hacer adaptaciones de tebeos de no ser para convertirlas en epopeyas morales,Black es un tipo algo macarra demasiado agradecido por haber recibido esta nueva oportunidad de salvar su carrera como para dárselas de nada.  
En segundo lugar, esta vez Stark ya no es un playboy arrogante que se dedica a hacer el bien porque con la armadura de hierro va hecho un pincel. Es un hombre enamorado y que, por tanto, tiene algo muy valioso que proteger y mucho que perder. La ansiedad y el miedo son síntomas de su crisis de identidad, pero no los únicos. Su armadura lo traiciona, lo deja solo, y por momentos se convierte literalmente en una carga, un peso muerto. A la manera del Bond de Daniel Craig, pues, Tony Stark aparece en esta tercera entrega completamente transformado de mera figura de acción a personaje de carne y hueso cargado de equipaje emocional. Y, como el protagonista de Skyfall, en un mundo en el que las nuevas tecnologías y la ubicuidad de las pantallas proporcionan grandes posibilidades a los agentes del terrorismo global, decide combatir esa amenaza a la vieja usanza. Porque en realidad Iron Man 3 sí le pertenece sobre todo a su director.
En 1986, Black escribió Arma letal y se convirtió en chico maravillas de Hollywood por dar nueva vida con sus guiones al género de las buddy movies y por sentar las bases de la mezcla de músculo y sentimiento y de explosiones y risas que define buena parte del cine de acción moderno. Sirviéndose del mismo método, probablemente haya convertido Iron Man 3 en la mejor entrega de la saga a pesar del excesivo metraje y la arritmia narrativa, de los personajes que desaparecen de escena durante demasiado tiempo y de la estupidez que impera en todo lo concerniente a los enemigos de Stark y, en general, a la ciencia que la película plantea. Tras el fracaso de Memoria letal (1996), Black  pasó una larga temporada en el infierno, y ni siquiera gracias a la sensacional Kiss Kiss Bang Bang (2005), su debut como director, pudo salir de él. Tal vez ahora lo logre. (CINEMANIA).

sábado, 13 de abril de 2013

ALACRÁN ENAMORADO




Película: Alacrán enamorado. Dirección: Santiago A. ZannouPaís:EspañaAño: 2013. Duración: 100 min. Género: Dramathriller.Interpretación: Álex González (Julián “Alacrán”), Miguel Ángel Silvestre  (Luis), Carlos Bardem (Carlomonte), Judith Diakhate (Alyssa), Javier Bardem (Solís), Hovik Keuchkerian (Pedro). Guion: Santiago A. Zannou y Carlos Bardem; basado en la novela de Carlos Bardem. Producción: Álvaro Longoria.Música: Wolfrank Zannou. Fotografía: Juanmi Azpiroz. Montaje: Jaume Martí y Fernando Franco. Dirección artística: Llorenç Miquel. Vestuario: Irene Orts y Manuel Bonillo. Distribuidora: Alta ClassicsEstreno en España: 12 Abril 2013.


“Alacrán enamorado” nos cuenta la historia de Julián, un chico de barrio que junto con su mejor amigo, Luis, integra un grupo de violentos neo-nazis liderado por Solís. Julián empieza a  entrenar en un gimnasio y se ve transformado por la disciplina del boxeo, la nobleza de su entrenador, Carlomonte, y el amor de una joven mulata, Alyssa. Julián intenta alejarse de su antiguo grupo, pero Luis no puede permitir que abandone “la manada”.


Es llamativo que el cine español no aprovechase en su momento el tirón del llamado género quinqui que cuajó a finales de los setenta para ir adaptando a los nuevos tiempos toda la rebeldía de barriada y su despojo (otros dirían libertad) formal. Si los británicos llegaron a Trainspottingdesde el Free Cinema, quién sabe dónde habríamos podido llegar desde El Torete, a poco que se hubiese encontrado recambio a la música de Los Chichos y a los pantalones campana, cuando surgieronskins, rapados, neonazis y demás derivas tribales: más allá de la (in)justificación moral e ideológica de sus fechorías, al retratar esa juventud airada el espíritu cinematográfico hubiese podido ser el mismo. Lejos de aquel camino, pero con una propuesta atractiva, la solvencia visual de Santiago Zannou (El truco del manco) y el trabajo de un elenco bien controlado recogen la violencia y algunos de los eternos peligros de la calle, los actualizan, y nos los presentan con el acento puesto en la lógica interna de la narración antes que en la denuncia social, por oportuna que esta parezca. Bien masticada, funciona bien esta apuesta por el relato, por la deriva de un par de roles con recorrido y mucho carácter, que dotan de perfil humano la ya clásica historia de redención a través del deporte. No uno cualquiera: el más cinematográfico de todos, aunque hoy muy poco comprendido en España: el boxeo. La trama, sin embargo, se aparta inteligentemente de lo deportivo (esos combates que primarían en Hollywood), e incluso del género de bandas (filón del cine de hooligans británico) para centrarse en la única salida posible para los personajes de Álex González (una fuerza de la naturaleza) y Carlos Bardem (ajustado, compone una espléndida dupla a lo Million Dollar Baby junto a Hovik Keuchkerian). Quizá esa solución final agridulce, matizada por el triunfo de los que mueven el árbol y recogen lo que cae (con Javier Bardem en un curioso personaje) reste algo de fuerza a una historia potente que se niega a aceptar la fatalidad del destino. (CINEMANIA).


........Burlando clichés con bastante soltura en su cabalgada por los aledaños del ring, pululando por una urbe descontextualizada y por ello aún más reconocible, Zannou se subraya también como un buen director de actores. Porque logra exprimir de Álex González un verosímil arco emocional a la hora de dibujar su personaje, una gran noticia para el limitado catálogo de válidos actores patrios de cierta generación; Carlos Bardem y Hovik Keuchkerian están ciertamente estupendos, Judith Diakhate aporta fortaleza y fragilidad a un tiempo desde su papel e incluso Miguel Ángel Silvestre, en cierto modo irreconocible, se defiende con soltura dentro de un reparto coronado por la versatilidad artística y (evidentemente) comercial de Javier Bardem. “Alacrán enamorado” es muy recomendable para buceadores de los sentimientos más animales, más encontrados, más irreprimibles. Para amantes irreductibles.(LA BUTACA).


Lo mejor de esta película es lo que no vemos. Esa trama de poder económico que se deja entrever detrás del personaje de Javier Bardem, dispuesta a manipular a jóvenes descerebrados y sin futuro; esa historia de Carlo Monte que adivinamos trágica; esa vida de Alyssa que intuimos en pequeños apuntes. Eso es lo más interesante de este film. En cambio, lo evidente, la historia de Julián, nos la han contado ya tantas veces y de manera tan parecida que parece que la hemos visto mil veces. Chico de barrio periférico, familia desestructurada, carne de cañón para grupos parafascistas y nazis, se siente lleno de contradicciones y encuentra en el boxeo la fórmula mágica para escapar de esa tela de araña. Todo lo que le pasa a Julián es previsible y lo sabemos desde que empieza la película. Es probable que la novela de Carlos Bardem en que está basado el film, tenga mas matices en la descripción de los personajes, sobre todo Luis, el que le ha tocado interpretar a Silvestre, el más esquemático y tópico de todos. También es probable que en la novela los diálogos suenen mejor (es literatura al fin y al cabo)que en la película de Santiago Zanou que hace todo lo posible para escapar del peso literario a través de los espacios, y con la ayuda inesperada pero muy eficaz de Alex González, un Julián creíble y Hovik Keuchkerian, perfecto como Pedro.(FOTOGRAMAS).

martes, 9 de abril de 2013

EFECTOS SECUNDARIOS




Película: Efectos secundarios. Título original: Side effects. AKA: The bitter pill. Dirección: Steven SoderberghPaís: USAAño: 2013. Duración: 106 min. Género: DramathrillerInterpretación: Jude Law (Dr. Jonathan Banks), Rooney Mara (Emily Taylor), Catherine Zeta-Jones (Dra. Victoria Siebert), Channing Tatum (Martin Taylor), Vinessa Shaw (Dierdre Banks).Guion: Scott Z. Burns. Producción: Scott Z. Burns, Lorenzo di Bonaventura y Gregory Jacobs. Música: Thomas NewmanFotografía: Peter Andrews. Montaje: Mary Ann Bernard. Diseño de producción: Howard Cummings. Vestuario: Susan Lyall.Distribuidora: eOne Films SpainEstreno en USA: 8 Febrero 2013. Estreno en España:5 Abril 2013.menores de 12 años.


Emily y Martin son una próspera pareja neoyorkina cuyo mundo se desmorona cuando Emily intenta suicidarse. Incapaz de superar su depresión, Emily acepta seguir una nueva medicación recetada por su psiquiatra, el Dr. Jonathan Banks, pensada para calmar la ansiedad. Pero el fármaco comienza a tener inesperados efectos secundarios que amenazan con destruir las vidas de todos los implicados.


Como algunos titulares, como algunas piezas de los telediarios, hay películas que arrojan luz sobre sucesos de rabiosa actualidad más para alarmar que para iluminar. Dejamos de comer bigmacs, alimentamos nuestro odio a los mercados y sus gurús, nos concienciamos sobre los diamantes de sangre, descubrimos los sucios trucos de las tabaqueras, lloramos a los delfines masacrados por los pescadores japoneses… Por el precio de la entrada nos indignan con argumentos que entretienen en lugar de obrar cambios. Píldoras camufladas como chucherías que escupimos en cuanto pierden el sabor.
Dicho esto, por la puerta entra Steven Soderbergh, al que Hollywood integró cuando nos informó-escandalizó con Traffic, poniendo sobre la mesa un dossier sobre la guerra contra el narcotráfico. “No hay esperanza, estaba perdida de antemano, pero ahí tienes los datos”, parecía decir. En parte, lo volvió a hacer en Contagio, y habrá quien piense que Erin Brockovich es una película de denuncia social. Probablemente sólo Julia Roberts, pero bueno… El caso es que Soderbergh, con su maestría como narrador, ha contribuido a que miremos el dedo en vez de la Luna. El entretenimiento devoró a la información. Piensa en Pedro Piqueras.
Efectos secundarios llega como la película con la que Soderbergh se despide de esto del cine. Pero, más importante, también se presenta como el documento con el que desnuda las vergüenzas de la industria farmacéutica, que ha encontrado un filón en las consultas de psiquiatras para colocar su stock. Por fin toda la verdad sobre cómo nos manipulan para que a nuestra tristeza la diagnostiquemos como depresión, la información con la que desenmascarar a tanto farsante que se aprovecha de las debilidades del alma.
Una esposa ejemplar (Rooney Mara) se viene abajo cuando su marido (Channing Tatum) regresa a casa tras cuatro años en la cárcel, cumpliendo sentencia por un delito fiscal. Cuando todo debería ser feliz y maravilloso, ella comienza a presentar tendencias suicidas. Nada que no se pueda solucionar con unas pastillas. Se las administra un doctor (Jude Law) deseoso de recetar el nuevo medicamento que le está pagando su lujoso apartamento neoyorquino. Los trágicos efectos secundarios de la droga y del título –y hasta aquí puedo leer– habilitan a Soderbergh para hacer un drama legal, un thriller de investigación y hasta una reflexión sobre la socialización de las enfermedades mentales. En un país en el que los antidepresivos se anuncian en las vallas publicitarias, cualquiera de estas tres cosas sería bien recibida. Pero ésa no es manera de despedirse, por mucho que a este cineasta le guste ejercer de artesano de género.
Lo que tiene preparado es más interesante, una subversión de ese engendro bautizado comoinfortenimientouna maravillosa pedorreta en la cara de todos aquéllos que esperan su ración de pasmo complaciente, ergonómico y momentáneo de una película sobre un tema polémico. Cachondeo o análisis, lo uno o lo otro, pero recetar los dos juntos es una frivolidad coctelera que Soderbergh, metódico y concienzudo, no se permite. Su elección –imperdonable spoilearla– es el último destello de genialidad de un hombre que se (y nos) quita importancia. (CINEMANIA).



De las dos películas que viven dentro de esta extraña 'Efectos secundarios', sin duda alguna, la más interesante es la primera, que también lo es en un orden cronológico. En ella, asistimos a la desesperación de una mujer joven (la magnética Rooney Mara) por las oscuras circunstancias en que se produjo la quiebra de sus sueños, y su cada vez más desaforada recurrencia a fármacos que le permitan vivir su día a día. Eso deriva hacia un cuestionamiento en toda regla de la medicamentación que parece la cara más horrenda del capitalismo avanzado. Ejecutivas, hombres de empresa y hasta psicólogos recurren a los ansiolíticos, y Soderbergh pone su oficio en aras de la denuncia de sus excesos, así como de la rapacidad de la industria farmacéutica en la promoción de su uso.
Pero... siempre hay en un pero en este tipo de planteamientos, porque pronto se abre paso lo que verdaderamente interesa al guión, que no es esa denuncia, sino su instrumentalización para crear una tensión dramática que lleve a un sorprendente, y muy impostado, crescendo final. Bien rodada, se ve sin desdoro, pero hay que lamentar que la aparente ambición de la primera mitad sucumba en aras de la creación de una trama hecha para contentar a los amantes del género.(FOTOGRAMAS).



Efectos secundarios. Buen puzle de intriga en el que nada es lo que parece. Soderbergh nos sorprende con gran estilo y elegancia.
Steven Soderbergh vuelve loco al espectador con su última propuesta como director. Y lo digo en el buen sentido, porque es muy de agradecer que a estas alturas de partido un director se arriesgue tanto como éste para contar una historia con solvencia y un adusto y sobrio tratamiento del ritmo que va en contra de toda la trepidación en ocasiones algo histérica que sacude el cine de nuestros días.
En Efectos secundarios se nos propone uno de los ejercicios de cine de intriga más conseguidos e interesantes que recuerda quien esto escribe. Un puzle capaz de sorprendernos con una película camaleónica que cambia ante nuestros ojos en dos momentos de su metraje y saca el máximo partido a nuestra identificación con sus dos principales protagonistas, Rooney Mara, la paciente, y Jude Law, el psiquiatra, que vienen a ser como los Dioscuros Castor y Pólux, los hijos de Zeus que viajaron con Jasón y sus argonautas para encontrar el Vellocino de Oro en la mitología griega. Salvo que en este caso, si bien los dos buscan su propio Vellocino de Oro, lo cierto es que la paciente y el psiquiatra hacen viajes completamente distintos, como comprobamos al final de la película.
Así pues, deben mirar Efectos secundarios en primer lugar como una especie de juego o rompecabezas en el que al principio podemos creer que estamos ante una película al estilo de una de las anteriores del director, Contagio. De hecho el planteamiento visual y su ritmo, tocado también por algunos momentos de Nouvelle Vague (todo lo referido a la presentación y desarrollo del personaje de Rooney Mara me recuerda mucho Vivir su vida, de Jean-Luc Godard), sería el mismo que el de Contagio. Pero a partir de su minuto 45, la película da su primer giro y su proceso narrativo se acelera ligeramente. Deja atrás ese aire discursivo de sus primeros compases, más contemplativo en torno a los personajes, y se convierte en otra cosa. Incluso habrá quien llegado ese momento piense, como yo mismo, que vamos a entrar en un discurso narrativo más próximo al de las intrigas, estilo El soplón, o Erin Brokovich, una conspiración… pero nuevamente Soderbergh consigue sorprendernos, y cuando lleguemos al final del viaje podemos llegar incluso a la conclusión de que hemos estado en una trama más próxima a Las diabólicas de Clouzot, un suspense que se acerca a las tramas de Alfred Hitchcock pero eludiendo el histrionismo y el exhibicionismo de las películas del maestro de este subgénero para asentarse sobre una propuesta de ritmo y un planteamiento visual que me ha recordado el desarrollo de otro regalo imprescindible para el espectador en la filmografía de este director, El halcón inglés.
Tal y como hiciera Hitchcock, Soderbergh juega con los espectadores a base de darnos información trucada con la que consigue que nos identifiquemos alternativamente con los dos personajes protagonistas. Para ello elabora dos películas distintas que se juntan en una sola al final del relato con plena coherencia, dando lugar a un ejercicio de intriga notable capaz de sorprendernos totalmente.
Todo eso con una gran elegancia y estilo.
Este director siempre ha estado dispuesto a jugar con fuego a la hora de proponer sus proyectos al espectador, arriesgándose al máximo en su planteamiento narrativo para proponernos un cine interesante y con auténticas tripas en su interior. Soderbergh es en mi opinión sinónimo de calidad y al mismo tiempo de atrevimiento, algo que se ve poco en el cine adocenado, previsible, de fórmula repetida, de secuela, saga y franquicia sobreexplotada que nos ha tocado vivir. Su obra está visualmente cada vez más cerca del cine de los sesenta y setenta, sea cual fuere el género o historia que haya decidido abordar. Eso sí, siempre, aunque trabaje en géneros, deja clara su huella como autor en el resultado final del relato. Tiene además desde sus comienzos una de esas dobles carreras, la personal y la comercial, que combina con una astucia y una inteligencia que no siempre se le reconocen, y especialmente en los últimos tiempos, yo diría que desde que dirigió en 2006 El buen alemán, ese guiño al cine clásico de Hollywood que incluía entre otras muchas cosas homenajes a Casablanca y Testigo de cargo, entre otras. Cumplido la obligación de rodar una floja tercera parte de la saga de Ocean´s Eleven, Soderbergh decidió empezar a rodar un cine que le metía en serios problemas. Y desde entonces ha entrado en un montón de huertos o campos de minas como director con una serie de películas que están entre lo mejor que ha dado el cine en los últimos años, aunque no hayan conseguido siempre el apoyo del público y de la crítica que merecen. Tacharle de cineasta incomprendido sería simplista, pero es cierto que su propuesta en títulos como las dos películas sobre el Ché Guevara, El soplón, Contagio, Indomable o Magic Mike, añadiendo ahora Efectos secundarios es que a Soderbergh le importa más hacer buen cine que entrar en el juego de convencer a la gente para que vea sus películas. Y eso a pesar de que en todas las películas citadas el espectador es una pieza central de su planteamiento. Lo que ocurre es que el director parece empeñado en cometer la osadía de rodar lo que quiere y como le parece más oportuno, sin ajustarse a fórmulas o mandatos de tipo comercial que puedan emponzoñar sus historias convirtiéndolas en algo distinto de lo que él quiere que sean.
No se confundan: lo de Soderbergh es amor por su trabajo como contador de historias, no pedantería o esnobismo. No es un desafiante prepotente empeñado en enseñarnos nada o un exigente realizador que considera al espectador un borrego inútil e inculto al que hay que denostar si no entiende o disfruta con su cine. Nada más lejos de su planteamiento. Lo que le ocurre a Soderbergh, o al menos lo que un servidor ha podido deducir después de haberlo entrevistado para la revista Acción con motivo del estreno de Ché. Guerrilla, es que le gusta el cine. Según me dijo tiene como ritual cotidiano ver una película cada noche. Esa cinefilia como espectador le lleva a perseguir un tipo de calidad y planteamientos que se alejan de la propuesta de ocio audiovisual dominante en nuestros días. Su cine está entre lo mejor que se puede ver en la cartelera de los últimos años, pero comprensiblemente no está concebido para público masivo, sino para gente que busque y aprecie algo más que simplemente un rato de saludable evasión y entretenimiento. Pero en su caso, al contrario de lo que ocurre con otros directores, no se muestra exigente con el espectador. Nadie podrá recriminarle que sus películas no sean entretenidas. Al contrario. Y Efectos secundarios lo demuestra. Podríamos decir que es, como el resto de su filmografía, un tipo de cine envolvente, que nos lleva a un ritmo más pausado y reposado de narración. Es como una isla de relajación en el estridente paisaje del ocio audiovisual que se estila en nuestros días.(REVISTA ACCIÓN).