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martes, 9 de abril de 2013

EFECTOS SECUNDARIOS




Película: Efectos secundarios. Título original: Side effects. AKA: The bitter pill. Dirección: Steven SoderberghPaís: USAAño: 2013. Duración: 106 min. Género: DramathrillerInterpretación: Jude Law (Dr. Jonathan Banks), Rooney Mara (Emily Taylor), Catherine Zeta-Jones (Dra. Victoria Siebert), Channing Tatum (Martin Taylor), Vinessa Shaw (Dierdre Banks).Guion: Scott Z. Burns. Producción: Scott Z. Burns, Lorenzo di Bonaventura y Gregory Jacobs. Música: Thomas NewmanFotografía: Peter Andrews. Montaje: Mary Ann Bernard. Diseño de producción: Howard Cummings. Vestuario: Susan Lyall.Distribuidora: eOne Films SpainEstreno en USA: 8 Febrero 2013. Estreno en España:5 Abril 2013.menores de 12 años.


Emily y Martin son una próspera pareja neoyorkina cuyo mundo se desmorona cuando Emily intenta suicidarse. Incapaz de superar su depresión, Emily acepta seguir una nueva medicación recetada por su psiquiatra, el Dr. Jonathan Banks, pensada para calmar la ansiedad. Pero el fármaco comienza a tener inesperados efectos secundarios que amenazan con destruir las vidas de todos los implicados.


Como algunos titulares, como algunas piezas de los telediarios, hay películas que arrojan luz sobre sucesos de rabiosa actualidad más para alarmar que para iluminar. Dejamos de comer bigmacs, alimentamos nuestro odio a los mercados y sus gurús, nos concienciamos sobre los diamantes de sangre, descubrimos los sucios trucos de las tabaqueras, lloramos a los delfines masacrados por los pescadores japoneses… Por el precio de la entrada nos indignan con argumentos que entretienen en lugar de obrar cambios. Píldoras camufladas como chucherías que escupimos en cuanto pierden el sabor.
Dicho esto, por la puerta entra Steven Soderbergh, al que Hollywood integró cuando nos informó-escandalizó con Traffic, poniendo sobre la mesa un dossier sobre la guerra contra el narcotráfico. “No hay esperanza, estaba perdida de antemano, pero ahí tienes los datos”, parecía decir. En parte, lo volvió a hacer en Contagio, y habrá quien piense que Erin Brockovich es una película de denuncia social. Probablemente sólo Julia Roberts, pero bueno… El caso es que Soderbergh, con su maestría como narrador, ha contribuido a que miremos el dedo en vez de la Luna. El entretenimiento devoró a la información. Piensa en Pedro Piqueras.
Efectos secundarios llega como la película con la que Soderbergh se despide de esto del cine. Pero, más importante, también se presenta como el documento con el que desnuda las vergüenzas de la industria farmacéutica, que ha encontrado un filón en las consultas de psiquiatras para colocar su stock. Por fin toda la verdad sobre cómo nos manipulan para que a nuestra tristeza la diagnostiquemos como depresión, la información con la que desenmascarar a tanto farsante que se aprovecha de las debilidades del alma.
Una esposa ejemplar (Rooney Mara) se viene abajo cuando su marido (Channing Tatum) regresa a casa tras cuatro años en la cárcel, cumpliendo sentencia por un delito fiscal. Cuando todo debería ser feliz y maravilloso, ella comienza a presentar tendencias suicidas. Nada que no se pueda solucionar con unas pastillas. Se las administra un doctor (Jude Law) deseoso de recetar el nuevo medicamento que le está pagando su lujoso apartamento neoyorquino. Los trágicos efectos secundarios de la droga y del título –y hasta aquí puedo leer– habilitan a Soderbergh para hacer un drama legal, un thriller de investigación y hasta una reflexión sobre la socialización de las enfermedades mentales. En un país en el que los antidepresivos se anuncian en las vallas publicitarias, cualquiera de estas tres cosas sería bien recibida. Pero ésa no es manera de despedirse, por mucho que a este cineasta le guste ejercer de artesano de género.
Lo que tiene preparado es más interesante, una subversión de ese engendro bautizado comoinfortenimientouna maravillosa pedorreta en la cara de todos aquéllos que esperan su ración de pasmo complaciente, ergonómico y momentáneo de una película sobre un tema polémico. Cachondeo o análisis, lo uno o lo otro, pero recetar los dos juntos es una frivolidad coctelera que Soderbergh, metódico y concienzudo, no se permite. Su elección –imperdonable spoilearla– es el último destello de genialidad de un hombre que se (y nos) quita importancia. (CINEMANIA).



De las dos películas que viven dentro de esta extraña 'Efectos secundarios', sin duda alguna, la más interesante es la primera, que también lo es en un orden cronológico. En ella, asistimos a la desesperación de una mujer joven (la magnética Rooney Mara) por las oscuras circunstancias en que se produjo la quiebra de sus sueños, y su cada vez más desaforada recurrencia a fármacos que le permitan vivir su día a día. Eso deriva hacia un cuestionamiento en toda regla de la medicamentación que parece la cara más horrenda del capitalismo avanzado. Ejecutivas, hombres de empresa y hasta psicólogos recurren a los ansiolíticos, y Soderbergh pone su oficio en aras de la denuncia de sus excesos, así como de la rapacidad de la industria farmacéutica en la promoción de su uso.
Pero... siempre hay en un pero en este tipo de planteamientos, porque pronto se abre paso lo que verdaderamente interesa al guión, que no es esa denuncia, sino su instrumentalización para crear una tensión dramática que lleve a un sorprendente, y muy impostado, crescendo final. Bien rodada, se ve sin desdoro, pero hay que lamentar que la aparente ambición de la primera mitad sucumba en aras de la creación de una trama hecha para contentar a los amantes del género.(FOTOGRAMAS).



Efectos secundarios. Buen puzle de intriga en el que nada es lo que parece. Soderbergh nos sorprende con gran estilo y elegancia.
Steven Soderbergh vuelve loco al espectador con su última propuesta como director. Y lo digo en el buen sentido, porque es muy de agradecer que a estas alturas de partido un director se arriesgue tanto como éste para contar una historia con solvencia y un adusto y sobrio tratamiento del ritmo que va en contra de toda la trepidación en ocasiones algo histérica que sacude el cine de nuestros días.
En Efectos secundarios se nos propone uno de los ejercicios de cine de intriga más conseguidos e interesantes que recuerda quien esto escribe. Un puzle capaz de sorprendernos con una película camaleónica que cambia ante nuestros ojos en dos momentos de su metraje y saca el máximo partido a nuestra identificación con sus dos principales protagonistas, Rooney Mara, la paciente, y Jude Law, el psiquiatra, que vienen a ser como los Dioscuros Castor y Pólux, los hijos de Zeus que viajaron con Jasón y sus argonautas para encontrar el Vellocino de Oro en la mitología griega. Salvo que en este caso, si bien los dos buscan su propio Vellocino de Oro, lo cierto es que la paciente y el psiquiatra hacen viajes completamente distintos, como comprobamos al final de la película.
Así pues, deben mirar Efectos secundarios en primer lugar como una especie de juego o rompecabezas en el que al principio podemos creer que estamos ante una película al estilo de una de las anteriores del director, Contagio. De hecho el planteamiento visual y su ritmo, tocado también por algunos momentos de Nouvelle Vague (todo lo referido a la presentación y desarrollo del personaje de Rooney Mara me recuerda mucho Vivir su vida, de Jean-Luc Godard), sería el mismo que el de Contagio. Pero a partir de su minuto 45, la película da su primer giro y su proceso narrativo se acelera ligeramente. Deja atrás ese aire discursivo de sus primeros compases, más contemplativo en torno a los personajes, y se convierte en otra cosa. Incluso habrá quien llegado ese momento piense, como yo mismo, que vamos a entrar en un discurso narrativo más próximo al de las intrigas, estilo El soplón, o Erin Brokovich, una conspiración… pero nuevamente Soderbergh consigue sorprendernos, y cuando lleguemos al final del viaje podemos llegar incluso a la conclusión de que hemos estado en una trama más próxima a Las diabólicas de Clouzot, un suspense que se acerca a las tramas de Alfred Hitchcock pero eludiendo el histrionismo y el exhibicionismo de las películas del maestro de este subgénero para asentarse sobre una propuesta de ritmo y un planteamiento visual que me ha recordado el desarrollo de otro regalo imprescindible para el espectador en la filmografía de este director, El halcón inglés.
Tal y como hiciera Hitchcock, Soderbergh juega con los espectadores a base de darnos información trucada con la que consigue que nos identifiquemos alternativamente con los dos personajes protagonistas. Para ello elabora dos películas distintas que se juntan en una sola al final del relato con plena coherencia, dando lugar a un ejercicio de intriga notable capaz de sorprendernos totalmente.
Todo eso con una gran elegancia y estilo.
Este director siempre ha estado dispuesto a jugar con fuego a la hora de proponer sus proyectos al espectador, arriesgándose al máximo en su planteamiento narrativo para proponernos un cine interesante y con auténticas tripas en su interior. Soderbergh es en mi opinión sinónimo de calidad y al mismo tiempo de atrevimiento, algo que se ve poco en el cine adocenado, previsible, de fórmula repetida, de secuela, saga y franquicia sobreexplotada que nos ha tocado vivir. Su obra está visualmente cada vez más cerca del cine de los sesenta y setenta, sea cual fuere el género o historia que haya decidido abordar. Eso sí, siempre, aunque trabaje en géneros, deja clara su huella como autor en el resultado final del relato. Tiene además desde sus comienzos una de esas dobles carreras, la personal y la comercial, que combina con una astucia y una inteligencia que no siempre se le reconocen, y especialmente en los últimos tiempos, yo diría que desde que dirigió en 2006 El buen alemán, ese guiño al cine clásico de Hollywood que incluía entre otras muchas cosas homenajes a Casablanca y Testigo de cargo, entre otras. Cumplido la obligación de rodar una floja tercera parte de la saga de Ocean´s Eleven, Soderbergh decidió empezar a rodar un cine que le metía en serios problemas. Y desde entonces ha entrado en un montón de huertos o campos de minas como director con una serie de películas que están entre lo mejor que ha dado el cine en los últimos años, aunque no hayan conseguido siempre el apoyo del público y de la crítica que merecen. Tacharle de cineasta incomprendido sería simplista, pero es cierto que su propuesta en títulos como las dos películas sobre el Ché Guevara, El soplón, Contagio, Indomable o Magic Mike, añadiendo ahora Efectos secundarios es que a Soderbergh le importa más hacer buen cine que entrar en el juego de convencer a la gente para que vea sus películas. Y eso a pesar de que en todas las películas citadas el espectador es una pieza central de su planteamiento. Lo que ocurre es que el director parece empeñado en cometer la osadía de rodar lo que quiere y como le parece más oportuno, sin ajustarse a fórmulas o mandatos de tipo comercial que puedan emponzoñar sus historias convirtiéndolas en algo distinto de lo que él quiere que sean.
No se confundan: lo de Soderbergh es amor por su trabajo como contador de historias, no pedantería o esnobismo. No es un desafiante prepotente empeñado en enseñarnos nada o un exigente realizador que considera al espectador un borrego inútil e inculto al que hay que denostar si no entiende o disfruta con su cine. Nada más lejos de su planteamiento. Lo que le ocurre a Soderbergh, o al menos lo que un servidor ha podido deducir después de haberlo entrevistado para la revista Acción con motivo del estreno de Ché. Guerrilla, es que le gusta el cine. Según me dijo tiene como ritual cotidiano ver una película cada noche. Esa cinefilia como espectador le lleva a perseguir un tipo de calidad y planteamientos que se alejan de la propuesta de ocio audiovisual dominante en nuestros días. Su cine está entre lo mejor que se puede ver en la cartelera de los últimos años, pero comprensiblemente no está concebido para público masivo, sino para gente que busque y aprecie algo más que simplemente un rato de saludable evasión y entretenimiento. Pero en su caso, al contrario de lo que ocurre con otros directores, no se muestra exigente con el espectador. Nadie podrá recriminarle que sus películas no sean entretenidas. Al contrario. Y Efectos secundarios lo demuestra. Podríamos decir que es, como el resto de su filmografía, un tipo de cine envolvente, que nos lleva a un ritmo más pausado y reposado de narración. Es como una isla de relajación en el estridente paisaje del ocio audiovisual que se estila en nuestros días.(REVISTA ACCIÓN).

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