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martes, 15 de octubre de 2013

CANÍBAL


Película: Caníbal. Dirección: Manuel Martín Cuenca. País: España.Año: 2013. Duración: 117 min. Género: Thrillerdrama.Interpretación: Antonio de la Torre (Carlos), Olimpia Melinte(Nina), Alfonsa Rosso. Guion: Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández; libremente inspirado en la novela “Caríbal”, de Humberto Arenal. Producción: Manuel Martín Cuenca, Fernando Bovaira, Simón de Santiago y Alejandro Hernández Díaz.  Fotografía: Pau Esteve Birba. Montaje: Ángel Hernández Zoido.Dirección artística: Isabel Viñuales. Vestuario: Pedro Moreno. Distribuidora: Golem.Estreno en España: 11 Octubre 2013. Calificación por edades: No recomendada para menores de 16 años.


“Caníbal” narra la historia de Carlos, el sastre más prestigioso de Granada. Un hombre respetable. Su vida es el trabajo y comer. Pero no cualquier cosa. Carlos es caníbal. Se alimenta de mujeres. Turistas, forasteras, desconocidas con las que no tiene ningún vínculo emocional. Pero todo eso cambia el día que conoce a Nina, una joven rumana que busca desesperadamente a su hermana gemela, desaparecida días atrás. La hermana se llama Alexandra, trabajaba como masajista… y era vecina de Carlos. Nina está desesperada y necesita ayuda. Carlos es su única esperanza.


.....«Me gusta vivir solo». Técnicamente impecable, se mantiene estética y estáticamente en la línea de su anterior y notable “La mitad de Óscar”(2010). Planos perfectamente encuadrados, hasta cotas pictóricas; una fotografía limpia, inquietante, pura; un montaje que carga sobre sus espaldas con el tempo narrativo de la historia; y una edición de sonido sencillamente imponente, que rasga el ánimo en su claridad y sorprendente lucidez. Además, el cineasta vuelve a servirse del entorno ─increíble Sierra Nevada─ para atrapar al palco con una tragedia mayúscula en la que el más limpio de los horrores se atasca ante la llegada del más limpio de los sentimientos, la inocencia del amor. Tremendo.
Como demonio prácticamente ajeno a sí mismo en un micromundo de religiosidad ─pocas veces el entorno de las procesiones y las cofradías ha sido tan efectivo en términos dramáticos─ y refinamiento, Antonio de la Torre realiza un trabajo de composición de su personaje sencillamente espectacular, paseando por el filo con una seguridad y un apetito tan naturales que arrancan incluso sonrisas imposibles en el observador.Olimpia Melinte no lo tiene nada fácil para hacerse notar en su presencia incluso siendo el detonante de todo, pero responde al reto dejándose llevar por una tierna delicadeza tan necesaria como irresistible. “Caníbal” es más que un menú del día. Es el menú de toda una vida.(LA BUTACA).


La mitad de Óscar leída al revés. O como si donde terminase aquélla, en esa habitación con vistas a un amanecer en plano fijo, comenzaseCaníbal y de las entrañas de un personaje callado saliese otro con un secreto peor. El nuevo filme deMartín Cuenca, teñido del ocre cálido de las fábulas frente a la hoguera, es más bien un cuento negrísimo, una parábola del Mal en la civilización occidental y un dedo que nos señala porque, no nos vayamos a hacer los sorprendidos ahora, el Mal no nos rodea, nosotros somos el Mal, nosotros lo rodeamos a él.
Con la pericia del sastre que empezó en el oficio recogiendo los hilos del suelo, pero también con el genio del que espera que delante de la cámara suceda lo mágico, Martín Cuenca compone en tonos caravaggiescos este retrato casi documental, sutil, silencioso, dramático, de un hombre normal –sastre como él aunque en sentido literal– que por las mañanas corta patrones y viste vírgenes granadinas, pero que por las noches asesina mujeres para comérselas. Como si el cuento de Caperucita Roja lo hubiese contado un lobo con mal de amores, Martín Cuenca se pregunta qué sucedería si en la vida de este asesino que no siente ni padece apareciese una vecina –como el fantasma de Vértigo– que le enseñase la diferencia entre querer a una mujer y querérsela comer.
Noir o drama amoroso, retrato de una Granada tan luminosa como sombrío es el personaje que la habita,Caníbal contiene algunos de los momentos más terroríficos del último cine español –ojo a la escena en la playa–. Asombra comprobar que una película tan sencilla sea tan compleja por dentro. La depuración a la que Cuenca la ha sometido no comienza en el guión, ni en el rodaje, ni junto al montador. Es una purga que el director almeriense lleva realizando durante toda su filmografía, buscando el traje perfecto, y que en su última película, la otra mitad de Óscar, casi no contiene palabras sino mucha quietud, silencio y la exquisita interpretación de Antonio de la Torre, impecable, terroríficamente natural. Como el mal que llevamos dentro aunque no pase nada.(CINEMANIA).


Como si su trayectoria fuera una continua carrera de obstáculos, Manuel Martín Cuenca vuelve a sorprender con una historia de amores terminales (y nunca mejor dicho), que parte de dos intenciones tan extremas como apasionantes: una, la reflexión sobre los límites del amor a partir de la peripecia de un apocado sastre de provincias; otra, cómo hacer para que, sin abandonar nunca el punto de vista del asesino, el espectador no se limite a juzgarlo.
Ambos desafíos los supera el director, y con creces. Y lo hace gracias a un crescendo dramático que dosifica sabiamente el accionar criminal del personaje, y algunos elementos contextuales que, sin ser nunca subrayados, arrojan no poca luz sobre su retorcida psicología: sus rutinas o el tipo de gente con la que se relaciona. Y por encima de todas, la ritualidad religiosa, algo así como un signo de puntuación en sus crímenes, pero también una irónica, elegante sugerencia de Martín Cuenca sobre la literalidad con que el personaje ha podido tomar las enseñanzas del catolicismo, al fundir creencia y deseo, ritual y muerte.(FOTOGRAMAS).

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