sábado, 25 de mayo de 2013

UN AMIGO PARA FRANK





Película: Un amigo para Frank. Título original: Robot & Frank.Dirección: Jake Schreier. País: USAAño: 2012. Duración: 89 min. Género: Comedia dramáticaciencia-ficciónInterpretación:  Frank Langella (Frank), James Marsden (Hunter), Liv Tyler  (Madison), Susan Sarandon (Jennifer), Jeremy Strong (Jake), Jeremy Sisto (sheriff Rowlings), Peter Sarsgaard (voz del robot).Guion: Christopher Ford. Producción: Lance Acord, Jackie Kelman Bisbee, Sam Bisbee y Galt Niederhoffer. Música: Francis & The Lights.  Fotografía: Matthew J. Lloyd. Montaje: Jacob Craycroft. Diseño de producción:Sharon Lomofsky. Vestuario: Erika Munro. Distribuidora: A Contracorriente Films.Estreno en USA: 17 Agosto 2012. Estreno en España: 24 Mayo 2013. Calificación por edades: No recomenadada para menores de 7 años.


“Un amigo para Frank” está ambientada en el futuro y cuenta la historia de Frank (Frank Langella), un viejo y solitario cascarrabias que tiene una gran pasión por los libros. De hecho, su única amistad es la que mantiene con una bibliotecaria (Susan Sarandon). Aparte de eso, su vida es muy tranquila, si bien todo cambia cuando sus hijos (Marsden, Tyler) deciden llevarle un robot que se encargará de cuidarle. Por increíble que parezca, poco a poco el anciano comenzará a hacerse amigo de la máquina.


‘Reset’ a la demencia senil y a la dicotomía entre el hombre y la máquina: ésta es la propuesta deUn amigo para Frank, por mucho que el desengaño y la melancolía prevalezcan en la secuencia final. Y así lo entendió el público de un festival genérico como Sitges, al conceder a la película su Gran Premio, pese a que ésta tiene tanto de comedia familiar-romántica (o incluso de thriller), como de fantasía. Nos encontramos en un futuro próximo en lo residencial, acomodado en el soft focus y también en los diseños de artilugios tales como el móvil transparente o el coche ecológico. Aunque las distancias son prácticamente virtuales (Frank se relaciona con sus dos hijos mediante videoconferencia, quienes tan pronto están, como desaparecen), el espectador presiente la exclusión y la desigualdad en los márgenes. Por eso, la cleptomanía del senil y bibliófilo Frank es un acierto más del guionista Cristopher D. Ford (un cómico, a tenor de su foto y curriculum en IMDb). La inteligencia artificial la pone el robot anónimo, doméstico, y delictivo, cuyo vínculo emocional con Frank sirvió al distribuidor español para transmutar el título original del film: Un amigo para Frank resulta más cálido, pero… ¿tan sustancial? Bagatelas, en cualquier caso, en cuanto el “boca a oreja” se desencadene y el público alumbre los misterios de una película que atenúa el discurso en torno a la conciencia robótica de películas como El hombre bicentenario o A.I. Inteligencia Artificial, al imbricarlo en un terreno genérico movedizo. Y es que, en la ópera prima del cineasta Jake Schreier, lo que importa primero es cómo se reconoce Frank en los demás (mediante la amistad, o a través del amor), y después la autoconsciencia (del propio mal de Alzheimer). Es por esto que el robot se convierte para Frank en algo así como un amigo imaginario que le permite disfrutar de una postrera juventud (y se me viene a la cabeza el desternillante cortometraje producido por la ESCAC Mi amigo invisible) y conquistar esa amarga lucidez magníficamente revelada en el plano del geriátrico. El robo de un incunable de El Quijote, la sempiterna compostura y belleza de Susan Sarandon, y la partitura musical de Francis Farewell Starlite implementan el encanto de esta fábula de estilo retro futurista, problemática vigente y alcance universal.(CINEMANIA).

Ambientada en un futuro cercano, esta película narra la extraña amistad entre un anciano solitario y el robot que le ha regalado su hijo para que le haga compañía y todas las labores del hogar; un robot fiel y servicial (aunque sin sentimientos humanos) como el Robin Williams de 'El Hombre Bicentenario' (Chris Columbus, 1999), blanco y rutilante como la EVA de 'Wall·E' (Andrew Stanton, 2008). No hay ni una onza de ternurismo en esta trama central de la película, que complementan otras paralelas: el renacido interés del protagonista por su antiguo oficio (ladrón de guante blanco), las distantes relaciones con su hijo y su hija y la no menos esquiva que mantiene con la bibliotecaria local.
Un personaje raro, entre la avería senil (pérdida de memoria) y la lucidez de viejo zorro (burla al sherif que sospecha de él de manera brillante) y del que hace una gran composición el veterano Frank Langella, que antes fue Richard Nixon, y, antes de antes, el mismísimo Drácula. Sometida por el debutante Schreier a una caligrafía pulcra, templada, es una comedia a la que le falta gas y trepidación, perodestila una persuasiva melancolía existencial que recuerda la tristeza profunda de 'Gattaca' (Andrew Niccol, 1997).(FOTOGRAMAS).
Divertida, humana y sencilla película sobre el paso de los años y la enfermedad. Un Amigo para Frank ahonda en los estragos del paso del tiempo y de una enfermedad tan terrible como el Alzheimer, pero lo hace con sencillez y sin rasgarse las vestiduras, apostando por el sentido del humor y la ternura de sus personajes antes que por el drama y la tragedia, que ya han sido muy trillados y muchas veces se pasan de largo. Porque, asumámoslo, todos nos hemos enfrentado a la enfermedad en nuestra familia de una y otra forma. A la enfermedad y a la muerte. Y el único modo para sobrellevar todo es el sentido del humor. El drama ya lo pone la vida. Son las sonrisas y las carcajadas lo que nos lleva a seguir adelante. Y esas las ponemos nosotros. Es lo que muchas veces no entienden tipos como Michael Haneke, excelente director, pero carente de sentido del humor. Jake Schreier, director de ésta, sí que entiende eso.
Un Amigo para Frank nos cuenta la historia de un hombre que vive sólo en un futuro no muy lejano y tiene principio de Alzheimer (nunca nos lo dicen, es algo que vemos), con una hija viajera y un hijo preocupado que no sabe qué hacer para ayudar a su padre, así que le compra un robot asistente para que le ayude con la dieta, la casa, el ejercicio y un horario sano. Lo que marca la diferencia es que Frank era un ladrón, condenado en dos ocasiones, y que la llegada de su robot le hará recordar viejos tiempos y ponerse manos a la obra preparando un último golpe.
El choque entre Frank, a quien da vida un sensacional (como siempre) Frank Langella, y su robot, sus tira y afloja, sus paseos, sus diálogos, son el espíritu de toda la película que se basa en esa peculiar amistad que se forja. Ese humor, pese a la tragedia de la enfermedad de Frank, esas ganas de vivir recuperadas, esa luz que ayuda a seguir al personaje y le cambia la vida, todo eso es la base de la película, que mantiene con mucha energía el pulso entre drama y humor. Sólo hay que ver la llegada de la hija a casa de su padre, la conversación en el bosque, la visita a la biblioteca o la resolución de la historia. Es una película vitalista, pero con un punto de amargura. Como esa situación en la que Frank se niega a borrarle la memoria a su robot, porque sabe lo importantes que son los recuerdos que él está perdiendo.
Si a todo eso le añadimos un reparto completado por James Marsden, Liv Tyler, Susan Sarandon, Jeremy Sisto y la voz de Peter Sarsgaard, tenemos una película excelente, divertida, honesta y perfecta para ver en familia. Indica que el camino siempre es no rendirse, que la vida siempre nos guarda alguna sorpresa y que, incluso ante un enemigo tan temible, no todo está perdido. No mientras queden ganas de vivir.
Evidentemente una película así está en la línea de otras vistas recientemente como Intocable, El Lado Bueno de las Cosas o incluso Ruby Sparks, por su componente de ciencia ficción y fantasía. Cine divertido y vitalista. Pero, qué quieren que les diga, me recordó continuamente a Tipos Legales, la película de Pacino, Walken y compañía. Por ese espíritu de una persona que decide que no quiere irse de este mundo sin hacer ruido, que quiere seguir luchando y liarla parda una vez más.(REVISTA ACCIÓN).

viernes, 17 de mayo de 2013

EL GRAN GATSBY






Película: El gran Gatsby 3D. Título original: The great Gatsby 3D.Dirección: Baz LuhrmannPaíses: Australia y USAAño: 2013.Duración: 143 min. Género: DramaromanceInterpretación:Leonardo DiCaprio (Jay Gatsby), Tobey Maguire (Nick Carraway),Carey Mulligan (Daisy Buchanan), Joel Edgerton (Tom Buchanan),Isla Fisher (Myrtle Wilson), Jason Clarke (George Wilson),Elizabeth Debicki (Jordan Baker). Guion: Baz Luhrmann y Craig Pearce; basado en la novela homónima de F. Scott Fitzgerald.Producción: Baz Luhrmann, Catherine Martin, Douglas Wick, Lucy Fisher y Catherine Knapman. Música: Craig ArmstrongFotografía: Simon Duggan. Montaje: Jason Ballantine, Matt Villa y Jonathan Redmond. Diseño de producción: Catherine Martin.Distribuidora: Warner Bros. Pictures International EspañaEstreno en USA: 10 Mayo 2013. Estreno en España: 17 Mayo 2013



El gran Gatsby” nos cuenta la historia de un aspirante a escritor,  Nick Carraway, que deja el medio oeste y llega a Nueva York en la primavera de 1922, una época de relajamiento moral, deslumbrante jazz, reyes del contrabando y en la que la bolsa sube como la espuma. Nick, que busca su propia versión del sueño americano, tiene como vecino a un misterioso millonario que da muchas fiestas, Jay Gatsby, y al otro lado de la bahía están su prima Daisy y el mujeriego marido de sangre azul de ésta, Tom Buchanan. Así es como Nick se verá inmerso en el mundo cautivador de los supermillonarios, sus ilusiones, amores y engaños.


Un sensacional DiCaprio lidera una película con momentos de grandeza. Y dicho esto me coloco hoy mismo al frente de aquellos que pedimos el Oscar para Leonardo DiCaprio desde hace tiempo, y al que la Academia ha ninguneado una y otra vez, sin dejarle obtener no ya una estatuilla, sino una simple nominación, más que merecida por trabajos como Django Desencadenado, J. Edgar u Origen, y que no ganó las otras veces que sí estuvo nominado, aunque la última fue por Diamante de Sangre, hace ya seis años. Así que desde aquí empiezo la campaña para que al menos le den una nominación por su enorme interpretación de Jay Gatsby, una de las mejores de su carrera (y van ya…), y que además es el gran motivo por el que la película ha recaudado más de 50 millones de dólares en su primer fin de semana. Eso y el excelente trabajo que han hecho vendiendo la película. Porque por Tobey Maguire no me imagino al público llenando salas así. Aceptemos la realidad, DiCaprio es un pedazo de actor como la copa de un pino, de los mejores de su generación, capaz de pasar de un personaje tan peculiar y exagerado como el de Django a los rasgos sutiles de este Gatsby. Una bestia de la pantalla. Todo lo que digamos de él es poco, porque sólo por su presencia merece la pena ir a ver esta película.
Tampoco nos engañemos con el estilo de Baz Luhrmann, director de Moulin Rouge (con la que ésta comparte el gusto por muchas cosas, y no todas buenas), Australia o Romeo y Julieta. Un tipo reconocido por esa forma tan peculiar de abigarrar las escenas con elementos de todo tipo, para alcanzar un estilo visual único, recargado y muy potente de cuando en cuando. Quizá aquí consigue su película más redonda hasta la fecha, ni tan recargada e imposible como Moulin Rouge, ni tan ridícula por momentos como Romeo y Julieta (aquí me crucifica alguien fijo), ni tan sosa como Australia. Ha tomado elementos de sus trabajos anteriores para construir esta adaptación que tiene momentos de grandeza, momentos de genialidad. Es fascinante, hipnótica y fastuosa. Como la propia novela.
La historia nos lleva a los años 20 en Estados Unidos, cuando un joven con espíritu de escritor pero que trabaja en la bolsa, se encuentra ante la posibilidad de conocer a su misterioso y millonario vecino, Jay Gatsby, quien le tiene que pedir un peculiar favor que afecta a la prima del joven. Porque todo lo que hace Gatsby, todos sus errores y aciertos, todo el lujo y el poder, todo el misterio, es sólo para conquistar el corazón de una mujer y encontrar su lugar. Y en esa vorágine se ve envuelto el personaje de Nick Carraway al que da vida Tobey Maguire, narrador y voz de la historia a través de sus recuerdos expuestos en un trozo de papel. Su papel de narrador, como en la novela, nos sitúa en la piel del personaje, aunque el auténtico protagonista sea Gatsby.
He decir también que no he podido ver la película en 3D porque prefería disfrutar de la versión original y escuchar a los actores propiamente, con su cadencia, sus acentos y el ritmo de sus diálogos. Imagino que algunos de los momentos de la película en tres dimensiones tienen que ser apabullantes, pero tampoco sé hasta qué punto es necesario hacer una versión de la novela de F. Scott Fitzgerald en ese formato. Si en algún momento puedo hincarle el diente comentaré lo que opino de un formato que, la verdad, empieza a cansarme un poco. ¿Qué será lo siguiente, Woody Allen en 3D? Aunque si fuese Allen, lo haría aunque sólo fuese como sátira.
Lo cierto es que El Gran Gatsby se apoya sobre unos cimientos sólidos como rocas, que son los hombros de DiCaprio, un perfecto Gatsby, encantador, atractivo, de sonrisa única, pero al mismo tiempo, con todo su dinero y poder, un hombre asustado, casi un niño, cuando se encuentra cerca de su sueño. Tobey Maguire le acompaña muy bien, aunque en el lado masculino destaca más la presencia del siempre interesante y aquí sensacional Joel Edgerton. De las mujeres Carey Mulligan se lleva la palma como la sosa en apariencia Daisy, un personaje con más miga y fuerza de la que aparenta, Isla Fisher tiene menos que rascar, pero Elizabeth Debicki clava su papel de la sarcástica e inteligente Jordan Baker. Sólo por ver al reparto merece la pena ver la película. Si no, vean la primera aparición de Gatsby con la fiesta, y cómo reaccionan los personajes de Maguire y Debicki. O la tensa resolución en el hotel con DiCaprio, Mulligan y Edgerton hablando. Una pasada.
Lo que nos lleva también a ese aspecto visual del que hablaba antes y que pasa de los momentos más reales y cercanos de Australia, a los más visualmente recargados de Moulin Rouge, pero manteniendo el equilibrio, jugando con lo que puede y no puede llegar. La Nueva York que presentan es una ciudad casi irreal, un sueño, el americano, forjado de hormigón y cristal, pero a medio construir. A veces juega en su contra porque tanto apabullar al espectador le hace distraerse de lo que importa, la historia y sus personajes, como sucede en el club ilegal o en la primera gran fiesta. Pasa algo similar con la música moderna, un toque habitual de Luhrmann, metida a veces con calzador en la época del jazz. Pero hay momentos de una fuerza y un despliegue de sensaciones que son perfectos.
Fiel al espíritu de la novela, la película nos habla de los riesgos del sueño americano, del viejo mundo frente al nuevo representado por Gatsby. Un mundo de ilusiones rotas y de sueños malinterpretados, un viejo mundo que no se deja avasallar, sus tremendas consecuencias… Algo tan actual como la vida misma. La película será inevitablemente comparada con la obra anterior de Luhrmann (ya hemos dicho que tiene que ver con toda ella), y con la anterior versión en cine de la novela, la que tenía a Robert Redford de protagonista, algo más encorsetada que ésta. Alguien la ha comparado también, muy acertadamente, con Cotton Club, de Coppola. A mí ciertas cosas me recordaron a Largo Domingo de Noviazgo. Con todo eso, cine adulto para todo el mundo, con alma juvenil, con grandes actores y con una historia eterna. Muy recomendable.(REVISTA ACCIÓN).



El decadente lenguaje literario de F. Scott Fitzgerald es transformado aquí en decadente lenguaje cinematográfico que desafía la sutileza de aquel modelo de forma despiadada. También el mordiente del libro ha desaparecido, y a modo de recambio Baz Luhrmann recurre a una grandiosidad situada a medio camino entre el refinamiento y la vulgaridad, entre George Gershwin y Jay Z. Como resultado, y del mismo modo que ya hiciera en Romeo + Julieta(1996), el cineasta ofrece una adaptación que esmitad reverencia mitad travestismo.
En El gran Gatsby, recordemos, Fitzgerald tan solo necesitó unas 150 páginas para hablar de casi todo: su tercera novela captura el hedonismo, el libertinaje y la autodestrucción de las élites privilegiadas que nadaban en la abundancia a mediados de los años 20, relata cómo la obsesión de un hombre por recuperar el pasado destruye su presente, y escenifica un romance casi tan trágico y condenado como el que, decíamos, Luhrmann deconstruyó al principio de su carrera. Todos esos temas están presentes en esta película, que sin embargo está menos interesada en el subtexto y que también sacrifica asuntos como la estructura, el desarrollo de personajes o, en general, todo aquello que no proporcione oportunidades para amplificar el espectáculo, a pesar de que la verdadera enormidad del libro era temática. Con todo, considerando que El gran Gatsby es el retrato de un hombre de estilo de vida profundamente inmodesto e inmoderado, el obsceno modo que Luhrmann tiene de derrochar dinero en pantalla resulta del todo pertinente. 
De hecho, El gran Gatsby es menos una versión fílmica de la novela homónima que una versión fílmica del mismo Jay Gatsby. Al fin y al cabo, tanto él como Luhrmann piensan y sueñan en términos excesivos, ambos imaginan un mundo mucho más exuberante y lleno de posibilidades que aquel en el que el resto de mortales vivimos y, como consecuencia, en última instancia ambos son incapaces de dar a sus abigarradas fantasías una utilidad del todo satisfactoria. Y quizá sea por el amor que siente hacia su alma gemela que Luhrmann a punto está no sólo de ignorar la condena de la élite neoyorquina de la época que propuso Fitzgerald sino de transformarla en una glorificación. Aunque, bien pensado, tras una opulencia tan hiperbólica necesariamente debe haber una moraleja.(CINEMANIA).

Lo más sorprendente de El Gran Gatsby luhrmaniano es su vocación de película literaria. A la manera del David Cronenberg de Cosmópolis(2012), el cineasta australiano ha sido inmensamente fiel al lirismo decadente de la prosa de F. Scott Fitzgerald. La voz en off de Nick Carraway (Tobey Maguire) se incrusta, desde la literalidad, en las imágenes de la Gran Tragedia Americana de este hombre (excelente Leonardo DiCaprio) que se reinventó a sí mismo a la medida de su megalómana medida; que quiso ser más rico que Dios para recuperar a su primer y único amor (Carey Mulligan); y que aprendió a esperar a que la luz verde del otro lado de la costa iluminara su suntuoso Xanadú, su palacio edénico, su triste torre de marfil. Letras y frases de la confesión de Carraway se incrustan en un libro que parece ilustrado por Peter Greenaway, y la palabra conquista la imagen.
La conquista porque Baz Luhrmann necesita demostrar al mundo que es mucho más que un Vincente Minnelli colgado de ácido, o que un Luchino Visconti adicto a los after hours. Y demuestra con creces que, lejos del decorativismo acartonado de la versión que Jack Clayton firmó en 1974 con Robert Redford y Mia Farrow, ha sabido llevar a su terreno la crónica del declive americano que Scott Fitzgerald escribió en los años 30 sin saber que estaba siendo visionario.

Dinero, fiestas y Visconti

A Baz Luhrmann no le interesa demasiado establecer paralelismos entre la dolce vita pre Crack del 29 y el orgasmo de los mercados pre Lehmann Brothers. En su cine, todo es superficie, todo nos habla en plano detalle. Al espectador no le costará demasiado percibir la facilidad con que el discurso socioeconómico de El Gran Gatsby se proyecta en la contemporaneidad. La primera parte de la película es una fiesta eterna bañada en Veuve Clicquot, una orgiástica y condensada reformulación de la escena del baile de El Gatopardo (Luchino Visconti, 1963) a ritmo hip-hopero.

Aprender a calmarse

Parece que Luhrmann, el rey de la intertextualidad, el kistch y el anacronismo, estilista que hace de la vulgaridad una radical forma de refinamiento, está dispuesto a repetir la operación estética de Moulin Rouge(2001) hasta que llega el primer encuentro entre Gatsby y Daisy. En esta hermosa secuencia, que revisita la escena de la pecera de Romeo + Julieta de William Shakespeare (1996), la película aprende a calmarse y atender a lo que le importa: el amor postergado y sublimado, los obstáculos que el destino coloca entre los amantes, el orgullo de clase como veneno mortal para la pasión verdadera. Nada que no le hubiera gustado escribir a Shakespeare, nada que el propio Jay Gatsby no hubiera suscrito con una sonrisa tensa y un brindis maníaco.(FOTOGRAMAS).

viernes, 3 de mayo de 2013

TOMBOY














Película: Tomboy. Dirección y guion: Céline Sciamma. País: FranciaAño: 2011.Duración: 82 min. Género: DramaInterpretación: Zoé Héran (Laure / Mickäel), Malonn Lévana (Jeanne), Jeanne Disson (Lisa), Sophie Cattani (madre), Mathieu Demy (padre).Producción: Bénédicte Couvreur. Música: Para One. Fotografía: Crystel Fournier.Montaje: Julien Lacheray. Diseño de producción: Thomas Grézaud. Distribuidora:Abordar Distribución – Casa de Películas. Estreno en Francia: 20 Abril 2011. Estreno en España: 1 Mayo 2013. Calificación por edades: Apta para todos los públicos.







Tras instalarse con su familia en un barrio de las afueras de París, Laure, una niña de diez años, aprovecha su aspecto y su corte de pelo para hacerse pasar por un chico. En su papel de Michael, se verá inmersa en situaciones comprometidas; por ejemplo, Lisa, una chica del grupo, se enamora de ella. ¿Cuáles serán las consecuencias cuando se descubra su engaño?

¿Qué es “Tomboy”? Se puede traducir del inglés como “marimacho”.  La directora francesa (que ya abordó el tema del lesbianismo en su primera película: Naissance des pieuvres), no oculta sus intenciones ideológicas. “La protagonista tenía una clara meta y jugaba un dinámico doble juego para conseguirla. Esa historia me permitía tomarme el tiempo suficiente para relatar una vívida crónica sobre la infancia con aspectos documentales y giros impredecibles. Y, además, estaba muy comprometida con el tema de la identidad sexual y las cuestiones de género. Se califica a menudo la infancia como la edad de la inocencia; pero creo que es también una época de la vida llena de sensualidad y de emociones ambiguas. Quería retratar esto”.
La película tiene una buena fotografía e interpretaciones adolescentes. Pero poco más… El mensaje es más evidente en las declaraciones de la directora que en la película. Aún así es evidente la intención pedagógica de educar a los jóvenes en una defensa muy superficial de la homosexualidad. Pero dudo que muchos jóvenes se acerquen a ver está lentísima película, herida del tono documental y distante que se puede ver con cierta frecuencia en el cine francés.(FILA SIETE).


Casi como un esqueje de alguna de las películas de los hermanos Dardenne –La promesa o El niño de la bicicleta, por ejemplo– nos llega esta obra de Sciamma que, lejos de estar hipotecada por el pesado influjo de nadie, posee una enorme personalidad propia. Retrata la directora el conflicto de una niña que decide hacerse pasar por niño. No conocemos al detalle sus motivaciones y es que no es ésta una película de evidencias, sino de sugerencias, de intuiciones más que de certezas. De ahí su valor, su capacidad para seducirnos, hablarnos de miradas, de gestos imperceptibles, de aprender a escupir, de los primeros celos y deseos escondidos, proscritos por la prudencia, el desconocimiento y el miedo. La mirada es sensible y luminosa, rehúye oscuridades y truculencias. Al contrario, la escena es siempre soleada, la cámara siempre busca la luz, nunca la tiniebla. Es cierto que se ensimisma a ratos en escenas familiares o costumbristas que no aportan demasiado, más allá de una notable aunque a ratos plana capacidad de observación. Pero lo importante es ese relato para nada inocente ni esterilizado, que sabe jugar con el espectador, prevenido ante la intuición de que tarde o temprano se descubrirá el pastel. Y entonces no tiene miedo a la incomodidad, no opta por una conclusión cómoda, por un happy end facilón y evidente. Todo un descubrimiento, un relámpago humano y humanista que merece ser visto. (CINEMANIA).

Planteada como un agradable cuento de verano, pero materializada con un prisma estético y cinematográfico propio de los hermanos Dardenne, la segunda película de la francesa Céline Sciamma tiene tanta sensibilidad para abordar el conflicto de identidad sexual de una niña de 10 años como ambición para trascender ese punto de partida argumental. Tomboy es una sutil aproximación al desconcierto que provoca vivir en un cuerpo equivocado (dos detalles del film para el recuerdo: el trozo de plastilina y un revelador partido de fútbol), pero también es una bellísima reflexión sobre los arquetipos sociales y el autodescubrimiento. Sciamma firma una película que puede funcionar perfectamente como reverso íntimo y desdramatizado de Boys Don’t Cry (Kimberly Peirce, 1999).(FOTOGRAMAS).