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lunes, 30 de enero de 2017

LION





Película: Lion. Dirección: Garth Davis. Países: AustraliaReino Unido y USAAño: 2016. Género: Drama. Interpretación: Nicole KidmanRooney MaraDev PatelGuion: Luke Davies; basado en la novela “A long way home”, de Saroo Brierley. Producción: Angie Fielder, Iain Canning y Emile Sherman. Estreno en España: 27 Enero 2017.


El pequeño Saroo, de cinco años, se pierde en un tren en el que recorrerá miles de kilómetros por la India, lejos de su casa y de su familia. Saroo tendrá que aprender a vivir solo en Calcuta, antes de que una pareja australiana lo adopte. Veinticinco años después, y contando tan sólo con sus recuerdos, una determinación inquebrantable y las posibilidades que le proporciona la herramienta de búsqueda Google Earth, comenzará a buscar a su familia perdida, para reencontrarse con ellos.


Tras una serie de desdichas, un niño mendigo de La India se separa primero de su madre, y después de su hermano. Acaba en un orfanato, donde le recoge una familia australiana que decide adoptarle. Años después, nacerá la inquietud de reencontrarse con los suyos.
El australiano Garth Davis, forjado en el ámbito de la publicidad y en series como Top of the Lake, debuta con buen pie en la realización cinematográfica, versionando una historia real, recogida por el propio protagonista en su libro “A Long Way Home”. Habrá que seguir los pasos de esta joven promesa, que convierte un film que funciona como excelente publicidad de Google Earth –herramienta que ayuda bastante al protagonista en la trama– en un drama de primer orden, con algunos momentos conmovedores. Se le perdona que atraviese un pequeño bache hacia la mitad del metraje, pues aborda con sobriedad temas como la identidad personal, y la necesidad de conocer las raíces.
Por un lado Dev Patel se consagra como actor adulto, años después de Slumdog Millonaire, tras una serie de papeles bien ejecutados, como el protagonista de El hombre que conocía el infinito. No sólo mantiene su fotogenia con el paso del tiempo, sino que cada vez interpreta mejor. Choca más que Nicole Kidman vuelva a trabajarse un personaje, defendiendo con vigor a la madre adoptiva, en sus escasas escenas. Por encima de ellos, se convierte en rey de la función el debutante Sunny Pawar, comunicativo niño que interpreta en el primer tramo al protagonista.
El relato tiene puntos en común con Rastros de sándalo, si bien resultaría extraño que sus responsables conocieran el film español.(DE CINE 21).

Nunca dejaré de ser un conjunto de piezas pegadas, en el fondo siempre habrá algo roto en mí”, decía A. M. Homes en su novela autobiográfica La hija de la amante, en la que contaba cómo su madre biológica había irrumpido en su vida cuando ella tenía 31 años. De piezas pegadas y profundos rotos también habla Lion, adaptación de Un largo camino a casa, de Saroo Brierley, que lleva a la gran pantalla el australiano Garth Davis.
Contada cronológicamente, Lion es la historia de Saroo, un niño que se pierde en India y acaba en un orfanato en la otra punta del país. Allí es donde lo encuentran sus padres adoptivos, una pareja australiana que ha decidido altruistamente adoptar niños en vez de tener los suyos propios. Después de unas cuantas penurias de niño huérfano –filmando a Sunny Pawar sin sensacionalismos, con un naturalismo de agradecer para una película que ambicionaba estar en la carrera a los Oscar–, la adaptación de Saroo al nuevo medio es total, y sólo la incómoda presencia de su hermano Mantosh, también adoptado, evidencia que lo que une las piezas pegadas de esta perfecta familia es sólo eso, pegamento.
Dev Patel interpreta con calidez al Saroo universitario que, al entrar en contacto con compañeros indios, al oler sus cocinas y al verse en sus rasgos, recuerda de pronto lo que durante todos esos años no ha querido ver: sus orígenes. Es así cómo se embarca en un viaje tecnológico para buscar a la madre y los hermanos a los que perdió, y de paso, a sí mismo. Un viaje en Google Earth que parecería de broma si la historia no estuviese inspirada en un caso real. De todas formas, no es en ese viaje donde subyace la capacidad emotiva de Lion, sino en su acercamiento honesto a la adopción, al sentimiento del adoptado y del que adopta –maravillosa Nicole Kidman–, a las piezas pegadas, al inevitable vacío de no saber de dónde venimos y quiénes somos.(CINEMANIA).

Pocas veces se puede hallar en un largometraje porciones dramáticas tan claramente divididas (para bien y mal) como dentro de este estimable primer crédito cinematográfico de Garth Davis (da reparo decir debutante cuando uno ve en su ficha créditos como la rutilante teleserie 'Top of the Lake'). La película posee un arranque narrativa y tonalmente cautivador, el cual progresa con un brío sostenido que, llegando incluso más allá del tercio de su metraje, hace pensar que podríamos disfrutar finalmente de una experiencia inolvidable.
No obstante, acaba por evidenciar ciertas flaquezas, no sólo por la progresiva relajación en sus ambiciones de originalidad, sino, sobre todo, al perder el control sobre su cantidad de caramelo visual y tonal. Considerando sólo sus momentos mejor resueltos y efectivos, casi todos ubicados en la primera mitad, calificar 'Lion' como obra tremendamente conmovedora sería incluso quedarse corto. Eso pesa más que algunos previsibles minutos de soluciones formularias que, aun desluciendo algo el conjunto, tampoco llegan a arruinar la experiencia.(FOTOGRAMAS).

lunes, 16 de enero de 2017

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND)




Película: La ciudad de las estrellas: La La Land. Título original: La La Land. Dirección: Damien Chazelle. País: USAAño: 2016. Duración: 128 min. Género: Comedia dramáticamusicalromance. Interpretación: Emma Stone, Ryan Gosling, Finn Wittrock, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons. Música: Justin Hurwitz. Estreno en España: 13 Enero 2017. Calificación por edades: Apta para todos los públicos.


La película empieza como todo en Los Ángeles: en la autopista. Aquí es donde Sebastian conoce a Mia, gracias a un desdeñoso claxon en medio de un atasco, que refleja a la perfección el estancamiento de sus respectivas vidas. Los dos están centrados en las esperanzas habituales que ofrece la ciudad. Sebastian intenta convencer a la gente en pleno siglo XXI de que les guste el jazz tradicional y Mia solo quiere acabar por una vez una prueba de casting sin que la interrumpan con un “gracias por venir”. Ninguno de los dos espera que su inesperado encuentro les va a llevar por un camino que jamás habrían podido recorrer solos.

“Not quite my tempo”. Si alguna vez lo fue, no es este precisamente el mejor momento para creer que los sueños se cumplen, para sincronizarse con expectativas vitales demasiado halagüeñas. Pero ahí está siempre el musical, inasequible al desaliento del público perezoso, que aparece por Hollywood periódicamente con su abrasivo poder de apelar al revival nostálgico, capítulo Clásicos Revisitados, ganando la partida a base de abrumarnos con su grandilocuencia (Los miserables),su despliegue de luz (Mamma Mia!) o su aparatosidad (Chicago, Nine). Incluso en su vertiente de estudiada rebeldía,el musical a contracorriente (Todos dicen I Love You, Bailar en la oscuridad, Hedwig…) busca siempre un milagro. Pero, ¿cree el espectador del siglo XXI aún en los milagros? Hollywood piensa que sí, y Damien Chazelle se apunta al voluntarismo. Los milagros sólo existen si hay gente dispuesta a creer en ellos. Esto es cine del espíritu, ese que confronta la parte íntima del espectador con sus ilusiones y le pone ritmo al saldo negativo resultante.
Chazelle, con maneras de chico prodigio que se hace pasar por tu colega (algo que ya generó haters en Whiplash) consigue que el buen rollo no llegue nunca a dar mal rollo. Estamos (esto sigue siendo Hollywood) ante un intento de rehabilitación del sistema (la casta), que sabe incluir píllamente las autocríticas. Nada funciona ahí fuera, pero todavía podemos ser felices. Algunos dirán que es adocenamiento, mainstream o un engaño capitalista más, otro lavado de cara, un canto a los (maravillosos) anuncios de Coca-Cola de los 80. Seguramente, pero asumámoslo pronto: como trampantojo de musical a contracorriente, es perfecto. Un artilugio formidable, un vendaval de encanto arrollador no apto para prejuiciosos. Para empezar porque, volviendo a Whiplash, retrata con humor (nota mental: jamás unir samba con tapas) y música el miedo al fracaso (y no tanto la búsqueda del éxito, como antaño) a través de una historia de amor de gente con talento, otro de los mantras del director y guionista. Para continuar, porque música y coreografía, esenciales, son de una distinción apabullante, incluso en medio de un atasco. O tal vez por eso. Y, para acabar, porque hay truco: da un revolcón al concepto de final feliz. Apelando al jazz, estas Melodías de Hollywood trasladan inteligentemente, como Coppola llevándose Corazonada a Las Vegas, el rito del musical clásico (esencialmente unido a Nueva York y Europa) a la Costa Oeste. Había musicales en los estudios (Cantando bajo la lluvia lo sublimó), pero La La Land convierte el paisaje imposible de Los Ángeles en el mejor No Lugar para replantearse el género con apariencia low cost. De la mano de unos tan intensos como afortunados Stone y Gosling, carismáticamente reunidos en una función a dos, combina cheek to cheek el alma del musical optimista con la profunda desolación tapizada de terciopelo, resacosa de champán barato en Nochevieja de la contundente New York, New York de Scorsese. Oh, milagro, saldrás del cine bailando y lo proclamarás al mundo cantando. Luego te irás dando cuenta de que, a la postre, este extraordinario musical pone en duda el triunfo del amor con una sonrisa. La La Land tararea nuestro fracaso.(CINEMANIA)

Una de las mejores películas que vamos a ver este año. Lección de cine.
Normalmente no me interesa el cine musical, pero tengo que reconocer que desde su arranque esta película me enganchó y a medida que avanza en su desarrollo crece hasta convertirse en una de las mejores películas del año que ahora acaba de empezar. Tiene además el ADN de la película nominada a los Oscar y muchas papeletas para ser una de las ganadoras. Me dio la impresión de que Damien Chazelle, que ya nos había sorprendido muy gratamente con su trabajo en Whiplash, ha conseguido todo aquello que se propuso lograr, pero no logró, Francis Coppola con una de sus películas más arriesgadas pero peor comprendidas en su momento: Corazonada.
Chazelle, como Coppola, cabalga el peligroso y a veces indomable caballo del homenaje al cine clásico de Hollywood en su variante musical, pero en mi opinión lo que le da ventaja sobre el director de El Padrino es que está liberado de intentar servir al mismo tiempo a un intento de aplicar la novedad tecnológica que inevitablemente se convirtió en el protagonista y el peor enemigo de Corazonada. Chazelle está más centrado en los personajes y la historia como vehículos para sacar adelante una visión al mismo tiempo homenaje y de guiños a títulos clásicos del género como Cantando bajo la lluvia, Un americano en París o Melodías de Broadway, sin por ello perder la oportunidad de elevar la propuesta de su película más allá de los lastres habituales de la fórmula del género, chico encuentra chica, para convertirla en una lúcida reflexión sobre los juguetes rotos del mundo del espectáculo y todo lo que queda en el camino en la persecución de la fama y el éxito. De manera que puede trabajar sobre los esquemas de la comedia romántica sin caer en la trampa de la ingenuidad o las falsas fórmulas de la misma y al mismo tiempo les saca todo el jugo como pretexto para desplegar una ácida y crítica mirada al mundo del espectáculo en Estados Unidos, servida además con un despliegue de talento visual absolutamente arrollador.
Chazelle cuenta además con dos aliados en este proyecto que dos sólidos pilares sobre los que construir su catedralicia intentona de cubrir todos los aspectos esenciales que hicieron grande al género musical en el cine clásico del Hollywood dorado pero además le permiten instalar en el relato cierto tono agridulce que explota brillantemente en los últimos momentos del relato, cuando Emma Stone y Ryan Gosling ponen broche de oro a su trabajo en este largometraje que está a la altura de los mejores clásicos del género que homenajea y al mismo tiempo nos permite mirar el mismo de una manera más madura y adulta, menos escapista, incorporando a través del personaje de Gosling y sus diálogos esa crítica a la capacidad para rendir homenaje superficial a tantas cosas sin llegar a apreciarlas realmente que tiene no sólo la industria audiovisual estadounidense, sino por extensión toda nuestra sociedad actual.
Una muy buena película.(ACCIÓN DE CINE).

Entre los varios modos posibles de enfrentar a cuantos cineastas existen, uno particularmente crucial (y que menos importa al público, la verdad) es aquel que distingue a quienes basan su estilo en la puesta en escena de aquellos otros que llegan a él mediante el montaje. Con 'Whiplash' (2014), Damien Chazelle logró convertir su materia prima (es decir, lo escrito, filmado e interpretado) en oro de posproducción algo cuestionado desde el rigorismo antiefectista y pro verdad. Bien distinto es lo que hallamos en su nuevo film, todo un canto (y nunca mejor dicho) a la acción continua y al ilusionismo escénico. Una reivindicación del complicadísimo arte de conseguir que todo fluya ante la cámara siguiendo unos muy precisos patrones rítmicos y tonales, pero sin dejar de exudar tanta magia (engañosamente espontánea) como (irreal) veracidad.
Estamos ante una metódica, a ratos fascinante, recuperación de la alquimia formal del musical clásico, que se afana en negar esa posmodernidad de sala de edición omnipresente en el género desde hace un tiempo.(FOTOGRAMAS)

......Como si el CinemaScope se hubiera inventado ayer; como si lo cursi fuera en realidad cool (y así es); como si el flare azul fuera el complemento perfecto para el aroma a celuloide quemado. La adoración hacia la tradición es sólo comparable al compromiso para con el futuro. Modernamente clásica, o clásicamente moderna (qué más da), 'La La Land' es una maravilla de la coreografía, del plano secuencia (el primero de ellos mantuvo la boca abierta de quien escribe durante exactamente cinco minutos y medio) y de las notas como raíles en una montaña rusa emocional irresistiblemente encantadora. Damien Chazelle, consciente de que no se puede contagiar la pasión si ésta no se siente en la misma piel, vuelve a entender mejor que nadie que no hay sentidos que se complementen mejor que la vista y el oído. El que banda sonora y guión sean prácticamente lo mismo (algo que ya se daba en 'Whiplash') por supuesto no es fruto de la casualidad. "No sólo hay que escucharlo, también hay que verlo", le dice Sebastian a Mia en una escena del film. Se refiere al jazz, pero en un meta-guiño que no por obvio deja de ser bello, no es difícil imaginarse al propio Chazelle pronunciando las mismas palabras, refiriéndose ahora a una certeza que con él adquiere una nueva (?) dimensión: No hay cine sin música... y por lo visto, tampoco puede haber música sin cine. No es conveniencia, es puro flechazo. Es, ni falta hace decirlo, la auténtica historia de amor que alimenta "La ciudad de las estrellas", ese atasco gigantesco, lleno de insensatos que se atreven a soñar. "Es algo conflictivo, comprometedor y muy, muy excitante". De nuevo, lo dice Sebastian... y Chazelle, claro, a través de un cine que igualmente hace soñar.(EL SEPTIMO ARTE)

martes, 3 de enero de 2017

COMANCHERÍA



Película: Comanchería. Título original: Hell or High Water. Dirección: David Mackenzie. País: USA. Año: 2015. Duración: 102 min. Género:Drama. Interpretación: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster. Guion: Taylor Sheridan. Música: Nick Cave y Warren Ellis. Estreno en España: 30 Diciembre 2016.


Tras la muerte de su madre, dos hermanos organizan una serie de atracos, eligiendo solo distintas sucursales del mismo banco. Solo les quedan algunos días para evitar el desahucio de su propiedad familiar y pagar al banco con su propio dinero. Tras ellos, un Ranger cerca de retirarse y su segundo, están decididos a atrapar a los ladrones.

En Pat Garrett y Billy el Niño (1973) no era el personaje de Bob Dylan quien pronunciaba la famosa frase (“los tiempos han cambiado”), sino el sheriff encarnado por James Coburn, antiguo pistolero ya resignado a la desaparición de la cultura de frontera y la libre circulación de forajidos. Por ‘desaparición’ se entiende su sustitución por entidades chupópteras más respetables en el mundo civilizado que los atracos a mano armada, claro, como las entidades de crédito. Así llegamos hasta la ambientación contemporánea de un western como Comanchería, donde los bancos no se roban a caballo sino en coche, los indios regentan casinos y los sheriffs siguen resignándose al devenir de los tiempos. Esto último lo encarna un Jeff Bridges enorme, quizás hermano de leche del Tommy Lee Jones de No es país para viejos (2007), que, tan astuto y quejumbroso como su acento texano, se debe al cumplimiento de la ley como último lazo con el mundo.
Un mundo, erosionado por el viento y las baladas de Nick Cave, donde dos hermanos (Chris Pine y Ben Foster a tope de empatía) intentan pagar con su propia moneda al banco que ahoga la granja familiar: saqueándolo. El guión de Taylor Sheridan (Sicario) prefiere que la crítica política llegue a cañonazos y suministra las mismas pinceladas de (anti)heroísmo a policías y ladrones; en un país de comanches, todos somos enemigos.(CINEMANIA).

...La película de David Mackenzie habla de todo esto, del mundo moderno, de la injusticia y del crimen que provoca, a través de una historia clásica de policías y ladrones. El prestigioso guionista Taylor Sheridan (SicarioHijos de la anarquía) se muestra muy lacónico en el entramado narrativo, tan parco en explicaciones como escaso de elementos es el territorio del que habla. Gentes duras, almas en pena, como las de los dos hermanos, de los que con cuentagotas nos enteramos de sus problemas, de qué les ha llevado a la situación que viven. Al igual ocurre con la relación entre los dos policías, el veterano con olfato y el fiel cumplidor del deber. Cuatro vidas que se persiguen y se enfrentan en el oeste, que juegan a la vida salvaje del pasado. A tal efecto, quizá el film apuntaba al principio a algo más, a una suerte de hondura existencial, que finalmente apenas se ofrece. El resultado es bueno pero queda el sabor de que podría haber sido extraordinario.
Ante el sencillo planteamiento, en Comanchería resulta sobresaliente la atmósfera y la ambientación nostálgica de una época legendaria de bandidos, de buenos y malos que se enfrentaban cara a cara, en un duelo personal. De gran lirismo son los largos planos de las desérticas llanuras texanas y notables para tal fin son también las evocadoras notas de la reconocible banda sonora de Warren Ellis y Nick Cave, muy similar en su instrumentación a la que sirvieron en La propuesta o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Los actores –Jeff BridgesChris PineGil Birmingham– brillan en sus duros personajes, mientras que el eficaz rol tarambana de Ben Foster resulta más convencional, típico de su filmografía.(DE CINE 21)

Han transcurrido casi dos siglos desde que los hermanos James se hicieron forajidos por culpa de la voracidad de los bancos que arrebataron la granja familiar, pero parece que todo siga igual. Los dos hermanos, separados por la vida, protagonistas de 'Comanchería', un neowestern más cercano al universo desesperado del escritor John Steinbeck que a Terrence Malick o Cormac McCarthy, son un eco de aquellos fueras de la ley rodeados por un hálito romántico y trágico. Al igual que los dos vagabundos de 'De ratones y hombres' o los indignados (y esta es una película sobre indignados) de 'Las uvas de la ira', el paisaje, la huída y puntuales oasis/refugio que no dejan de ser espejismos son incluso más importantes que las personas.
Una Texas desértica y quemada por el Sol, vista por el estilista director con mucho humor negro, como escenario de un film sobre la pérdida (de fronteras, ideales, familiares, de la esperanza) pero también sobre el encuentro y el conocimiento, aunque se trate de toparse con la muerte y saber que en ella está la verdad.(FOTOGRAMAS)